A tres años del comienzo del conflicto, historias de resiliencia y esperanza como la de Fatima Zakaria ponen rostro al drama de millones de personas que han sido forzadas a huir de sus hogares.
Por Isabel Márquez (*), en diario La Nación
La vida de Fatima Zakaria cambió para siempre en junio de 2023, cuando su ciudad natal de El Geneina, en Darfur occidental, fue atacada. A sus 27 años, esta licenciada en trabajo social se encontraba forjando un futuro prometedor en el Ministerio de Asuntos Sociales de su país mientras planificaba continuar sus estudios, pero sueños se vieron bruscamente interrumpidos. En medio de la huida, su familia se separó y su vida cambió drásticamente en cuestión de horas.
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“Estábamos dispersos. Mi familia huyó en distintas direcciones y yo me separé de mi madre y de algunos de mis hermanos”, recuerda Fatima.
Con el resto de su grupo, intentó escapar hacia Chad, pero fueron detenidos por hombres armados cerca de la frontera. Allí se enfrentó al horror: asesinaron a su padre, a su esposo y a sus tres hermanos frente a sus ojos. A ella le dispararon en la pierna.
Fatima sobrevivió por la solidaridad de otras familias que también huían. Gracias a esa ayuda, logró cruzar a Chad y llegar a la ciudad fronteriza de Adré, donde recibió atención médica. Más tarde, fue trasladada al asentamiento de Aboutengue, lugar en el que ocurrió algo que parecía improbable: se reencontró con su madre y sus otros hermanos. “Me enteré de que mi madre y mis hermanos seguían vivos, gracias a Dios. Pensaba que los habían matado a todos y que me había quedado sola en este mundo”, explica Fatima.
La historia de Fatima trasciende el dolor de la guerra y es un ejemplo claro de resiliencia. Apenas se recuperó, decidió volver a reconstruir su vida y ayudar a su comunidad, como lo hacía en Sudán. En el asentamiento Aboutengue, formó una asociación de mujeres refugiadas que llevan a cabo actividades para generar ingresos como producción de artesanías, inciensos y tejido de cestas. Convirtió su pequeña casa en un centro donde la asociación celebra reuniones semanales para compartir ideas y experiencias, y debatir los retos a los que se enfrentan. El espacio también funciona como un lugar abierto y seguro donde cualquier mujer del asentamiento puede expresar sus problemas y recibir apoyo emocional. “La mayoría de estas mujeres son viudas, algunas perdieron a sus esposos delante de sus ojos y otras desconocen su paradero”, cuenta Fatima.
En esa casa, entre relatos compartidos, algo empieza a sanar. “Lo que veo ahora, gracias a Dios, es que las mujeres pueden adaptarse a su nueva situación y criar a sus hijos... con la esperanza de un mañana mejor, y de que la situación cambie y un día puedan volver a casa”, agrega Fatima.
Además de retribuir a su comunidad, Fatima también sostiene su propio sueño: continuar su formación. “Quiero avanzar en mis estudios para poder cuidar de mi madre, quien es viuda como yo, y de mis hermanas, quienes enfrentan una situación similar... la educación nos ayudará a largo plazo”, asegura.
La historia de Fatima no es una excepción. Es la vivencia de muchas personas sudanesas, en un país que hoy atraviesa una crisis que se ha transformado en la mayor emergencia de desplazamiento en el mundo.
A tres años del inicio del conflicto, Sudán atraviesa una catástrofe humanitaria de una escala devastadora. Actualmente, más de 11,6 millones de personas han debido huir de sus hogares para salvar sus vidas. Entre ellas, más de 4,4 millones han cruzado las fronteras en busca de un lugar seguro fuera del país, mientras que 6,8 millones permanecen desplazadas dentro de Sudán, atrapadas en un contexto de violencia, colapso de servicios básicos y acceso humanitario limitado.
Quienes logran huir lo hacen principalmente hacia países vecinos: República Centroafricana, Chad, Egipto, Etiopía, Libia, Sudán del Sur y Uganda. Chad es hoy uno de los principales destinos de quienes escapan buscando protección, como Fatima. A finales de 2025, el país albergaba a más de 1,31 millones de refugiados sudaneses, una cifra que podría alcanzar 1,48 millones en 2026. La mayoría llega desde Darfur y Jartum, cruzando hacia regiones como Ouaddai, Wadi Fira y Sila. Son zonas con recursos limitados, donde la llegada masiva de personas ejerce una presión enorme sobre las comunidades anfitrionas. Aun así, la respuesta ha sido de una solidaridad extraordinaria: familias que apenas cuentan con lo indispensable están abriendo sus hogares y compartiendo lo que tienen.
Pero la magnitud de la crisis supera cualquier esfuerzo aislado. Así como crecen las necesidades de alimentos, albergue, atención médica y protección, aumentan los riesgos de desnutrición infantil, brotes de enfermedades, violencia y pérdida de medios de vida.
En este contexto Acnur, la Agencia de la ONU para los Refugiados, junto con las autoridades, gobiernos de acogida y organizaciones socias, brinda asistencia humanitaria dentro y fuera de Sudán a las personas refugiadas y desplazadas, pero la respuesta necesita sostenerse y ampliarse. El Plan de Respuesta Regional para Refugiados de Sudán, que prioriza la entrega de asistencia vital, incluidas soluciones de alojamiento de emergencia, reubicación desde áreas fronterizas a lugares más seguros, apoyo psicosocial, agua potable, atención médica y educación, requiere financiamiento urgente para alcanzar a millones de personas, principalmente mujeres y niñas, que dependen de esa ayuda para sobrevivir.
El 15 de abril no es una fecha más. Es un recordatorio de lo que se ha perdido y de lo que sigue en pie. Fatima, en una pequeña casa en Aboutengue, rodeada de mujeres que vuelven a tejer no solo cestas sino también esperanza, es prueba de ello.
En un mundo donde tantas historias quedan silenciadas, mirar hacia Sudán y elegir ayudar es una forma de acompañar y apoyar a millones de personas que lo necesitan. Nadie elige huir de su hogar, pero todas las personas podemos elegir no ser indiferentes.
(*) Representante Regional de Acnur para Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay.