El sádico John Kramer regresa a la última entrega de la terrorífica saga dirigida por Kevin Greutert, pornotortura y carne roja y muy cruda.
Por Blai Morell
Para Fotogramas
Si alguno de ustedes cree que John Kramer es el nuevo JR Ewing o Diego Serrano, anda muy equivocado. Hoy en día todo es mucho más sencillo: en las sagas, como en la serialidad, ya no hay que recurrir a sueños para justificar lo injustificable. Por ejemplo, ¿que quieres resucitar físicamente al factótum de la saga en cuestión nacida hace casi 20 años y cuyo espíritu revolotea en todos los capítulos? Pues nada, tan solo hay que romper la línea temporal yendo atrás en el tiempo –vendría a ser como un ‘Saw 1 1/2’–, y listos. Eso sí, hazlo sin traicionar ese sádico espíritu marca de la casa, aunque en esta ocasión haya un par de cambios significativos.
En primer lugar, existe un efectivo intento de humanizar al matarife buscando una coartada para justificar sus actos del que sale bien parado. Y después, ya no se trata solamente de poner en imágenes las formas más retorcidas de pornotortura –ya pueden decir lo que quieran sus creadores: es lo que es–, en esta ocasión Kramer/Jigsaw no busca métodos más rebuscados, sino que quiere que la sangre y la carne salpiquen a la pantalla, incluso apelando a ‘El mercader de Venecia’ si hace falta. Aunque aquí no se conformen con una simple libra de carne.
Para incondicionales de la saga y amantes de la carne roja y bien cruda.