La globalización de los 90’ ya no volverá. La de ahora será más dura, más lenta y más selectiva. Pero sigue siendo una oportunidad.
Por Karl-Heinz Paqué
Para Clarín
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En Washington, en la conferencia “El comercio en la era de la geoeconomía” presenté una advertencia que debería ser tenida en cuenta en Argentina: el comercio mundial está entrando en una nueva etapa, más política y más conflictiva. Y América Latina no puede ser un simple espectador.
Durante décadas la globalización fue un fenómeno económico, abrir mercados, reducir aranceles, aprovechar ventajas comparativas. Esa ola sacó de la pobreza a millones de personas y fortaleció a una clase media global. Pero también dejó cicatrices. Industrias enteras que desaparecieron en Occidente y empleos que dejaron de existir. A eso se sumó la automatización, que contribuyó más a destruir trabajos que al comercio en sí.
Hoy estamos en otra fase, la cual llamo la “nueva globalización”. Más lenta, más fragmentada y, sobre todo, más politizada. El comercio es utilizado como arma. Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump, reeditó un proteccionismo agresivo que difícilmente logrará sus objetivos pero que ya cambió las reglas del juego. China, por su parte, convirtió la economía en un instrumento de poder, desde la Nueva Ruta de la Seda hasta la restricción de minerales estratégicos, consolidando su influencia.
Europa, mientras tanto, sigue atrapada en su propia telaraña regulatoria, con un mercado interno incompleto y con acuerdos internacionales que se demoran años o incluso décadas. El fracaso del TTIP con los Estados Unidos y la demora en ratificar el tratado con Mercosur son pruebas elocuentes de esa parálisis.
En este contexto, hay tres puntos de la relación transatlántica que deberían hacer eco en América del Sur.
Estrategia común frente a China. Si Europa y Estados Unidos no coordinan, el tablero lo seguirá moviendo Beijing. Alemania regresó a los Estados Unidos como su principal mercado, pero los aranceles siguen envenenando la relación. Y aquí América Latina debería tomar nota. Depender en exceso de China, sin diversificar su mercado, es un error estratégico que ya se siente en países como Brasil y Argentina.
Seguridad y economía van de la mano. Europa se durmió en materia de defensa y ahora promete gastar 5 % del PIB en 2035. Suena bien, pero sin crecimiento no habrá recursos. La lección es clara, sin estabilidad macroeconómica y sin confianza de los inversores, no hay soberanía ni inserción internacional. Y en un mundo convulsionado, creer que se puede jugar solo es un lujo que nadie puede darse.
Europa debe fortalecerse… y cumplir con el Mercosur. La Unión Europea tiene que diversificar su comercio y ratificar acuerdos que están listos desde hace años. El tratado con Mercosur es clave, pero sigue trabado por los intereses agrícolas de Francia. Es inadmisible que el futuro de dos continentes quede bloqueado por un puñado de lobbies. Si Europa no avanza, América Latina se verá obligada a mirar hacia otros socios menos exigentes y más pragmáticos.
En esta nueva globalización, no alcanza con esperar inversiones o soñar con acuerdos. Se necesita estrategia propia. Argentina y sus vecinos deben dejar de oscilar entre la dependencia de China, la ilusión con Europa y la queja frente a los Estados Unidos.
La única salida es un Mercosur más dinámico, que sepa negociar en bloque, abrir nuevos mercados y no quedar rehén de los vaivenes ideológicos de sus gobiernos de turno. Por eso, la ratificación del acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur es urgente. La globalización de los 90’ ya no volverá. La de ahora será más dura, más lenta y más selectiva. Pero sigue siendo una oportunidad. El desafío es no quedar en la periferia de las decisiones, sino ocupar un lugar en la mesa.