Brindar es el primer acto colectivo de cada uno de nosotros en el inicio de cada año.
Por Norberto Frigerio, en diario La Nación
Es un instante en el que se detiene la conversación, miramos a quienes nos rodean, decimos algunas palabras, expresamos un deseo común y estamos siendo parte de una ceremonia íntima pero también universal. Una suerte de pausa sagrada, en la que todos quedan, por segundos, del mismo lado, se aúnan esperanzas y algo sutil, invisible, nos une con los otros.
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
Cabe preguntarse de dónde viene el verbo “brindar”: del alemán ” bring dir s”, que significa, “yo te lo ofrezco”, o también “te lo dedico”. Suena parecido al gesto: uno ofrece algo al otro… La expresión se usó entre los soldados alemanes hacia el siglo XVI , y pasó al español como brindis: casi una dedicatoria líquida, un fugaz deseo, pero profundo, a veces secreto, que podrá suceder a poco o mucho de andar. No importa, lo trascendente es su intensidad, y el misterioso final, que no se conoce, pero que se espera con alegría.
Cada vez que brindamos estamos haciendo un pequeño acto de donación, ofrecemos un recuerdo, un anhelo, nos prodigamos en una alegría que puede suceder. Brindar es, ante todo, dar. Es un acto generalmente comunitario: se levanta la copa para expresar ese deseo común de salud, éxito, bienestar, acaso también la realización de un sueño propio que se comparte. Todo se conjuga en esa pequeña coreografía colectiva: en ese instante todos estamos juntos, queriendo lo mismo.
Si bien no hay registro exacto del primer brindis de la historia, y ningún escriba o pendolista dejó esa fecha señalada, sí sabemos que hace miles de años los griegos ya chocaban su copas de manera simbólica ,en ciertas circunstancias y con deseos comunes. También acompañaron las bodas con un brindis en el que luego se rompían las copas. Cuentan que tuvo y tiene aún múltiples sentidos: espantar la mala suerte, sellar el momento con un gesto casi dramático y simbolizar que ese momento no se reiterará jamás. Una copa rota es el recordatorio material de lo irrepetible.
Los romanos, fieles herederos, hicieron suya esta costumbre, pero le agregaron cierta teatralidad: levantaban la copa hacia los dioses, antes de beber, como implorando que lo requerido, lo soñando, o aquello muy deseado, sucediera.
En la Edad Media, la idea de “unir” el contenido mismo de las copas, acompañando el choque con más fuerza y con el propósito curioso de que se entremezclaran los líquidos, era una expresión de confianza mutua, con el objetivo de alejar dudas, sospechas o suspicacias respecto del uso de algún veneno, común en la época y usado justamente en esas ocasiones.
En Japón, el brindis tradicional es el ”kampai” que literalmente significa vaciar la copa, o simplemente, y no tan refinadamente, ” fondo blanco”, tan común ahora y con bebidas blancas, de alta graduación alcohólica, tan típicas de los países escandinavos.
Hungría durante casi 150 años vivió con una exótica curiosidad, prohibió, como gesto de duelo nacional, el brindis chocando las copas. Simultáneamente Austria optó por brindar con jarras por décadas. Está claro quién fue el derrotado y quién el ganador. Cosas de los hombres, de la historia y de las guerras.
Por nuestras tierras existe y suele verse el “brindis en cadena” quien lo propone choca su copa con cada uno de quienes participan del ágape, casi como un ritual diplomático perfecto, sin que nadie quede afuera de ese encuentro y de las intenciones.
Debemos recordar brindis memorables, como el de George Washington en 1789, durante su toma de posesión, cuando levantó su copa y auguró un futuro de unidad para Estados Unidos, la joven nación. El de Churchill, en los años más duros de la Segunda Guerra Mundial, cuando levantó su copa con whisky y rindió homenaje a la férrea resistencia del pueblo británico. O el de Pedro el Grande, el zar de todas las Rusias, que, cuando organizaba banquetes, brindaba por todo: la salud, la enfermedad, los presentes, los muertos, los beneficios del verano y también por el invierno.
Para concluir, quiero brindar por los brindis. Por lo que dicen, por lo que sueñan, por ese instante breve y sanador en el que cada uno desea algo bueno para los otros. Tal vez estemos brindando por la vida misma, en lo más esencial: el cariño pleno y afectuoso por nuestras familias y amigos. Y al hacerlo por la Patria y los argentinos abarcamos en nuestro anhelo a todos, sin grietas ni exclusiones, para que alcancemos lo mejor, en paz y en democracia.