En los últimos doce meses el dólar subió menos del 13%. Otros gobiernos hubieran dado lo que fuera por un dato asi. Sin embargo, el oficialismo no logra respirar tranquilo. Al contrario.
Por Pablo Vaca
Para Clarín
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Cristina, Macri y Alberto Fernández hubieran dado, tal vez no un brazo, pero seguro ambos dedos meñiques con tal de tener el dólar quieto durante sus mandatos.
La hoy encarcelada (en su hogar) expresidenta vio subir, en su segundo mandato, la cotización blue de la divisa de $4,73 a $14,77. Un 212%. Un enorme salto en un país donde la inflación volvía a ser un problemazo.
Macri, por su parte, lo agarró en 2015 a $14,77 y lo soltó en 2019 a $69,50. Un 370,55% más, aunque vale la pena entrarle al detalle: al asumir, Macri liberó el cepo impuesto por Cristina y Amado Boudou en 2011 y el dólar se mantuvo relativamente estable hasta mayo de 2018, pero luego directamente se descontroló, llegando a $63 en agosto de 2019, tras el triunfo de Alberto Fernández en las PASO, lo que obligó a un nuevo cepo.
Lo de Fernández, en este rubro, es coherente con el resto de su presidencia: impresentable. De los $69,50 -siempre hablando del precio del blue- con los que asumió, pasó a $990 cuando se fue. En porcentaje, 1324,46. No más palabras, señor juez.
Javier Milei, por su parte, asumió con el blue a $1000. Hoy, 855 días después, se consigue a $1390. Un 39% de diferencia. Es más: este martes 14 se cumple exactamente un año de la liberación del cepo, que eliminó el límite para la compra de dólares oficiales para personas físicas y el recargo del 30% a cuenta de Ganancias. Y la cotización, que aquel día estaba a $1230, ahora es de $1385. Menos de un 13% arriba (con un 31,21% de inflación en el mismo periodo).
Un último detalle, para tener mayor perspectiva: si bien tuvo picos de $1500 en septiembre, octubre y enero, en agosto del año pasado, ocho meses atrás, el dólar estaba a $1370. Casi como hoy.
Sin embargo, esto -mantener el dólar controlado- que durante años pareció la panacea para la Argentina, resulta no ser suficiente, al menos a juzgar por la tensión que hay en el ambiente. Como pasó a finales de los ’90.
Uno de los problemas, por supuesto, es propiamente económico. Más allá de la discusión del precio del dólar, que algunos estiman bajo, la inflación dejó de descender y desde mayo pasado sube. De hecho, se estima que el índice de marzo, que se conocerá este martes, llegará al 3%.
Además, la actividad industrial suma 19 meses en baja, las reservas recién empiezan a crecer, el riesgo país continúa alto, el salario real lleva 5 meses en el tobogán, la desocupación subió un punto, alquileres y servicios aumentaron exponencialmente y el consumo masivo no repunta.
Milei pidió “paciencia” la semana pasada. Necesita que alguien lo escuche, en un momento en que en las encuestas se empieza a repetir la palabra “cansancio”.
Pero el otro problema es político. La tensión que genera, en principio, un estilo de gobierno belicoso, que cuando se desorienta arranca por el insulto indiscriminado. Que en su cúpula demanda sumisión absoluta de opiniones. Obsecuencia. Esto lleva a un microclima que, como mínimo, confunde al que lo vive.
A eso se debe sumarle una interna feroz que no descansa. Y que repercute directamente en la gestión. La pelea entre karinistas y caputistas no se resuelve y nada indica que se resolverá, porque quien debería hacerlo, el Presidente, no sabe, no puede o no quiere hacerlo.
Por último, se acumulan las denuncias de corrupción, que pegan bajo el cinturón libertario, tras tanta campaña por el fin de la casta y el renacimiento de la moral en la política. Adorni se ha convertido en un collar de melones. El caso $LIBRA por ahora no se mueve, pero tampoco se apaga. Y vuelve a los títulos el escándalo en la Andis. Demasiado.
Así, el Gobierno se las arregló para encontrarse complicado pese a un dólar planchado como no se veía desde la Convertibilidad. Menos mal que la oposición sigue brillando por su ausencia.