328 personas mueren en el Estadio Nacional, durante un partido Perú-Argentina clasificatorio para los juegos olímpicos de Japón.
“Si hubiera sabido que morían 300 personas, hubiera convalidado el gol y en ese momento colgaba el silbato para siempre” (Angel Eduardo Pazos, árbitro de fútbol).
“Yo ordené lanzar bombas lacrimógenas a las tribunas. No puedo precisar cuántas. Nunca imaginé las nefastas consecuencias” (Jorge de Azambuja, comandante de policía)
A la distancia, a cualquier distancia temporal, hay frases que no dejan de conmover. En la primera, un árbitro de fútbol impotente pensando que un acto de justicia deportiva, silbato de por medio, puede desatar una tragedia. En la segunda, el responsable de un operativo de seguridad que no fue capaz de imaginar que gases lacrimógenos lanzados en un estadio donde hay más de 45 mil personas enardecidas pueden desatar una tragedia.
Hace hoy 47 años, un 24 de mayo de 1964, 328 espectadores morían en el estadio Nacional de Lima, en lo que sigue siendo la mayor tragedia registrada en una cancha de fútbol.
Ese lluvioso domingo Perú enfrentaba a Argentina en un partido decisivo para determinar la clasificación para los Juegos Olímpicos de Japón, que se disputarían meses después. Ambos llegaban invictos y un empate los clasificaba.
La selección Argentina, conformada al igual que su rival por jugadores no profesionales, era dirigida por don Ernesto Duchini, quien esa tarde puso en cancha a Cejas; Bertolotti y Pazos; Morales, Mori y Perfumo; Cabrera, Malleo, Dominguez, Manfredi y Ochoa. En el buen equipo peruano lucían Chumpitaz (quien sería uno de los mejores defensores del fútbol de ese país), Casaretto y Victor “kilo” Lobatón.
Después de un primer tiempo que terminó 0 a 0, Néstor Menfredi señaló el 1 a 0 para Argentina y desde ese momento Perú se desesperó en busca del empate. Que parecía haber llegado a menos de diez minutos para el final, cuando Lobatón puso la suela de su pie izquierdo a un centro y colocó la igualdad. Pero el árbitro uruguayo Angel Eduardo Pazos entendió que el delantero peruano había incurrido en la tradicional plancha frente al marcador argentino Morales para impactar el balón y cobró jugada peligrosa, anulando el gol.
En medio de la indignación colectiva de un público convencido que el gol era legítimo y que Perú, ese buen Perú, tenía que ir a Japón, Victor Melasio Campos, el Negro Bomba, un espectador tan marginal como la vida que llevaba, decidió pasar a la acción e ingresó al campo de juego a agredir a Pazos. La policía se lo impidió. Sin embargo, un segundo hincha apareció en la cancha, Ediberto Cuenca, y allí las fuerzas de seguridad resolvieron aplicar una feroz paliza frente a miles de personas desencajadas, que observaban como una durísima represión era la respuesta a tanta bronca. Fue allí cuando salió la orden del comandante Azambuja de arrojar gases hacia las tribunas.
Miles de personas buscaron desesperadas la salida, decenas de esas puertas estaban cerradas, centenares murieron aplastados entre sí en el inútil intento de escapar de la masacre.
Mientras ello sucedía, recordaría años más tarde el periodista El Veco –quien se encontraba cubriendo el partido para El Gráfico- que al trasladarse al vestuario encontró al entonces presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, el peruano Teófilo Salinas, dirigiéndose “en forma amenazante al juez: ´salga a dirigir, todavía faltan algunos minutos, salga inmediatamente´. La voz de Pazos, decía El Veco, se escuchó clara: ´No hay garantías, el partido terminó´”.
Pazos pasó a ser “El angel de la muerte”, una persona que hoy con más de 80 años tiene que responder, para cierto morbo periodístico, qué cobró esa tarde, en medio del bronco espasmo de una persona mayor, que no le permite hacerse entender como en aquel vuelo de vuelta, donde su llanto inacabable de cuatro horas no le impidió decir claramente la frase del comienzo de este texto.
La foja de servicios del Comandante Azambuja se fue conociendo con el tiempo, por lo que los métodos aplicados aquella tarde marcaban todo una forma de trabajo represivo. Juzgado muchos años mas tarde, declaró en su momento que todo se había iniciado por la sanción del árbitro. En un documento oficial de la entonces Guardia Civil, a la que pertenecía Azambuja, se responsabilizó por los hechos a “la agitación comunista”, en tanto el juez Benjamín Castañeda, quien en principio estuvo a cargo de la frustrada investigación, concluyó que hubo “una siniestra conjura para avasallar al pueblo con un trasfondo que debe ser investigado”, colocando la mira en el gobierno que presidía Fernando Belaúnde Terry, quien a partir de estos hechos decretó la ley marcial por un mes.
Años después, en 1980, la novela del periodista y escritor peruano “La opera de los fantasmas”, premiada como la mejor por la Casa de las Américas, tomó aquella tragedia como eje de un relato en el que no queda de lado la idea de que los muertos de esa tarde no eran sólo producto de la asfixia y la desesperación sino de las balas policiales, incluso fuera del ámbito del estadio.
328 fueron los muertos. Una cifra que con el tiempo quedó como un piso numérico de la tragedia, una tragedia que encierra los componentes básicos que se han repetido en otros episodios similares, aunque nunca con tantos seres humanos juntos.