Tres años después de recibir el Oso de Plata en Berlín por 'El cielo rojo', Christian Petzold estrena este drama, también escrito y dirigido por él, cuya protagonista, interpretada por una soberbia Paula Beer, vuelve del más allá después de sufrir un grave accidente de coche.
Por Sergi Sánchez
Para Fotogramas
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Nos faltaba que un director tan cinéfilo como Petzold demostrara lo cerca que Hitchcock está de Pasolini o, citando títulos, lo mucho que 'Teorema' puede parecerse a 'Vértigo'. Es cierto que, en la confluencia de ríos desbordados que une los caudales del cine clásico y el moderno, todas las corrientes llevan a la obra maestra de Hitchcock. Pero Christian Petzold, tan amigo de las rimas y los reflejos, no podía evitar la tentación de explicar que aquel poema órfico, dedicado a mayor gloria de un fantasma femenino que vuelve de un infierno verde, podía inmiscuirse en la vida de una familia burguesa para reconstruirla. No podía ser menos en una película que, ya desde su título–'Espejos n.º 3', que toma prestado de una pieza musical de Ravel–, se brinda a un juego de inversiones especulares. No es la primera vez que Petzold mira con retrovisor a los clásicos: ya lo hizo en 'Phoenix' también con el 'Vértigo' de Hitchcock en la recámara, y en 'Transit', con los ecos de 'Casablanca' resonando sobre una Marsella anacrónica y fractal.
Laura, la chica que Paula Beer interpreta con su acostumbrado magnetismo, de una opaca calidez, es un ángel exterminado, que no exterminador, que vuelve a la vida después de un accidente de coche para reencarnarse en una ausencia que había disuelto la unidad armónica de una familia. La película gira alrededor de esa anécdota, que puede resultar exigua para el espectador más avispado, pero que deja espacio para un extraño, fantasmagórico trabajo de atmósfera, donde la fascinación mutua entre dos mujeres, una de ellas siendo el duplicado de una imagen vacía, de un recuerdo, revierte en un elogio de los cuidados.
En ese sentido, 'Espejos n.º 3' es el reverso, el contraplano, a las poéticas esencialmente pesimistas de Hitchcock y Pasolini: Petzold cree que desde la muerte y la destrucción, o desde la veneración necrófila, hay la posibilidad de construir refugios y ofrecer espacios seguros para volver a empezar, aunque todo renacimiento tenga un aura misteriosa, y toda cura se cierre con una cortina mecida por el viento, como si un espectro se escondiera tras ella.