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Un baúl que chorreaba sangre: dinero, incesto y las preguntas abiertas del caso Schoklender

Hace más 40 años, dos jóvenes asesinaron brutalmente a sus padres en Buenos Aires. La cárcel, el escándalo de “Sueños Compartidos” que mantiene a Sergio, el mayor, en la escena pública.

Hoy 07:45

La madrugada del 30 de mayo de 1981 parecía una más en la avenida Coronel Díaz, en la Ciudad de Buenos Aires. Pero un detalle mínimo, casi cinematográfico, rompió la rutina: unas gotas de sangre que caían desde el baúl de un Dodge Coronado patente C726713 de color ladrillo estacionado. Cuando la policía abrió el vehículo encontró una escena feroz. Dentro estaban los cuerpos de Mauricio Schoklender y Cristina Silva Romano. Los dos tenían los cráneos destrozados. Habían sido asesinados con una violencia inusual y brutal.

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Así comenzaba uno de los casos policiales más perturbadores y enigmáticos de la historia argentina. No se trataba solamente de un doble homicidio. El espanto aumentó cuando la investigación reveló que los autores eran los propios hijos del matrimonio: Sergio y Pablo Schoklender. Dos jóvenes pertenecientes a una familia acomodada, educados en colegios privados y criados en un ambiente de privilegios que, detrás de las puertas cerradas, escondía una trama de violencia, humillaciones, alcoholismo, manipulación psicológica y secretos sexuales que durante años alimentaron todo tipo de especulaciones.

Los padres  Los padres

El apellido Schoklender quedó grabado para siempre en la memoria colectiva. Primero por el parricidio. Después por las largas condenas. Y décadas más tarde por el resonante escándalo de “Sueños Compartidos” -programa de construcción de viviendas sociales impulsado por el Gobierno Nacional argentino y gestionado por la Fundación Madres de Plaza de Mayo que se convirtió en el epicentro de un resonante escándalo de corrupción y desvío de fondos públicos-, que volvió a colocar a Sergio Schoklender en el centro de la escena pública.

Mauricio Schoklender era un empresario vinculado al Grupo Pittsburgh y proveedor de armamento durante la dictadura militar. Hombre de dinero, contactos y carácter dominante, construía hacia afuera la imagen de una familia exitosa. Su esposa, Cristina Silva Romano, aparecía en los relatos posteriores como una mujer emocionalmente inestable, con problemas de alcohol y frecuentes episodios de violencia doméstica.


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Los hijos del matrimonio eran Sergio Mauricio, Pablo Guillermo y Ana Valeria. Con el correr de los años, tanto Sergio como Pablo describirían una convivencia enfermiza. Hablarían de humillaciones permanentes, maltratos físicos, manipulación psicológica y situaciones de fuerte carga sexual dentro de la familia.

Uno de los aspectos más oscuros que emergieron durante la investigación fue el descubrimiento por parte de Pablo de la bisexualidad de su padre. Como supo declarar, aquello habría generado una crisis interna y múltiples enfrentamientos. Paralelamente, aparecieron versiones sobre comportamientos incestuosos de Cristina hacia sus hijos, especialmente hacia Pablo, además de agresiones contra la hija menor.

Nunca quedó completamente claro cuánto había de verdad, cuánto de exageración y cuánto de estrategia defensiva en aquellos relatos. Pero el juicio convirtió esas acusaciones en parte inseparable del caso. La defensa de los hermanos sostuvo que ambos habían sido víctimas de un contexto familiar patológico y destructivo.

Para entonces, la convivencia era explosiva. Pablo discutía permanentemente con sus padres. Según reconstruyeron luego los investigadores, el conflicto había llegado a tal punto que decidieron alejarlo de la casa familiar: lo enviaron a vivir a un hotel y le daban dinero para mantenerse lejos. Sergio, el mayor, permanecía en el domicilio y mantenía una relación compleja con ambos progenitores.

Un diario contando el caso Un diario contando el caso

La noche del crimen comenzó con el regreso clandestino de Pablo a la vivienda familiar. Aprovechó la ausencia de sus padres para entrar y esconderse dentro del placard del cuarto de Sergio. Cuando el matrimonio regresó y la casa quedó en silencio, Pablo salió de su escondite. Los hermanos comenzaron a conversar durante horas sobre la situación familiar y sobre el deterioro emocional que vivían. En medio de la madrugada, Cristina los descubrió.

La secuencia posterior sería reconstruida a partir de confesiones parciales, pericias y testimonios. Según la versión más difundida, Pablo atacó primero a su madre con una barra de pesas. Sergio intervino inmediatamente después y terminó de matarla utilizando el mismo elemento. Luego envolvieron el cuerpo en mantas y bolsas. Faltaba Mauricio.

Los hermanos subieron al dormitorio matrimonial. El empresario dormía. Lo sorprendieron en la cama y comenzaron a golpearlo salvajemente hasta destrozarle el cráneo. Después intentaron ahorcarlo. La violencia del ataque impresionó incluso a los investigadores acostumbrados a escenas criminales extremas.

Pablo detenido Pablo detenido

Con los dos cadáveres ya sin vida, Sergio y Pablo los trasladaron hasta el Dodge Coronado familiar y los colocaron en el baúl. El plan inicial era deshacerse de los cuerpos y escapar. Pero nada salió como esperaban. Abandonaron el auto lejos del domicilio mientras intentaban decidir qué hacer. La aparición casi inmediata de los cadáveres aceleró el desastre. La policía comenzó a reconstruir los últimos movimientos de la familia y los hermanos entendieron que debían huir.

Intentaron escapar hacia Brasil, pero fracasaron. Luego se dirigieron a Mar del Plata, donde buscaron alquilar una avioneta para llegar a Entre Ríos y cruzar desde allí la frontera. Tampoco pudieron hacerlo. Finalmente decidieron separarse. La fuga duró poco.

Sergio fue detenido sobre la ruta 2 en Vivoratá, una pequeña localidad rural del partido de Mar Chiquita, ubicada al centro-sur de la provincia de Buenos Aires. Pablo cayó en Tucumán. Ambos quedaron presos y el caso explotó mediáticamente. La sociedad argentina, todavía atravesada por la dictadura militar, observaba fascinada y horrorizada a esos jóvenes de clase alta acusados de matar a sus propios padres.


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El proceso judicial fue larguísimo y estuvo cargado de polémicas. Durante el debate, los hermanos sostuvieron un pacto de silencio casi absoluto. Nunca se quebraron entre ellos ni intentaron responsabilizarse mutuamente. Los abogados defensores insistieron en que habían actuado luego de años de abusos físicos y psicológicos. La fiscalía, en cambio, describió el crimen como un asesinato planificado para liberarse del control familiar y quedarse con la herencia.

Sergio detenido Sergio detenido

El expediente estuvo atravesado por pericias psiquiátricas, testimonios contradictorios y un enorme interés periodístico. En aquellos años, el caso Schoklender ocupaba tapas de diarios y revistas y horas de televisión y radio. La combinación de riqueza, violencia intrafamiliar, sexo, parricidio y fuga convertía la historia en un fenómeno irresistible para la opinión pública.

En una primera instancia, Pablo obtuvo la libertad provisoria. Pero el desenlace judicial terminó siendo severo para ambos. Los dos fueron condenados a prisión perpetua por homicidio agravado por el vínculo. La cárcel marcaría caminos distintos.

Sergio Schoklender convirtió el encierro en una plataforma de reconstrucción personal y también de exposición mediática. Estudió Derecho en prisión y llegó a recibirse de abogado. Con el tiempo empezó a construir una imagen de preso intelectualizado, culto y reflexivo. Dio entrevistas, escribió textos y participó en debates sobre el sistema penitenciario.

Su perfil llamó la atención de organismos de derechos humanos y de sectores políticos. En los años finales de su condena comenzó a vincularse con personas cercanas a la Asociación Madres de Plaza de Mayo. A fines de 1995 obtuvo la libertad condicional. El impacto social fue enorme. Mucha gente no comprendía cómo alguien condenado por matar brutalmente a sus padres recuperaba la libertad tras catorce años preso. Pero la legislación contemplaba beneficios por buena conducta y estudio.

Sergio salió de la cárcel convertido en una figura más que particular: para algunos, un símbolo de rehabilitación; para otros, un manipulador brillante y peligroso. Pablo Schoklender siguió un recorrido completamente diferente. Siempre mucho más silencioso y alejado de los medios, evitó las cámaras y las entrevistas. Permaneció preso varios años más que su hermano y recuperó la libertad en 2001. Desde entonces prácticamente desapareció de la vida pública. Las escasas referencias sobre él hablan de una existencia discreta, lejos de Buenos Aires y sin exposición mediática.

Mientras Sergio se transformaba en personaje televisivo y figura polémica, Pablo eligió el anonimato absoluto. Esa diferencia entre ambos también alimentó interpretaciones sobre el crimen. Algunos investigadores sostuvieron que Sergio había sido el verdadero cerebro del plan y que Pablo actuó bajo una fuerte influencia psicológica de su hermano mayor. Otros consideraban que ambos compartían el mismo nivel de responsabilidad.

Ya en libertad, Sergio Schoklender construyó una segunda vida pública. Su cercanía con Hebe de Bonafini y la Fundación Madres de Plaza de Mayo lo llevó a convertirse en apoderado de la organización y principal administrador del programa Sueños Compartidos, destinado a la construcción de viviendas sociales. Durante varios años apareció como un ejemplo de reinserción. Participaba en programas de televisión, daba conferencias y se mostraba como un especialista en derechos humanos y temas penitenciarios. Pero todo volvió a derrumbarse en 2011. Ese año estalló el escándalo de Sueños Compartidos.

La Justicia comenzó a investigar presuntos desvíos millonarios de fondos públicos destinados al programa habitacional. Sergio Schoklender quedó acusado de administración fraudulenta y lavado de dinero, entre otros delitos. El caso provocó un terremoto político y mediático. Las imágenes de Schoklender manejando autos de lujo, viajando en aviones privados y exhibiendo un nivel de vida incompatible con el discurso social de la fundación reavivaron viejos fantasmas. Para gran parte de la opinión pública, el hombre que había asesinado a sus padres reaparecía ahora asociado a otro escándalo nacional.

Desde entonces, Sergio pasó años enfrentando causas judiciales, declaraciones indagatorias y embargos millonarios. Nunca dejó de defenderse públicamente. Acusó a ex funcionarios, habló de operaciones políticas y aseguró haber sido utilizado como chivo expiatorio. La causa avanzó lentamente durante más de una década, con innumerables demoras y planteos judiciales. Y aun hoy continúa generando repercusiones.

En los últimos días, Sergio Schoklender volvió a declarar en el expediente de Sueños Compartidos y otra vez consiguió ocupar titulares. Sus revelaciones judiciales reabrieron discusiones sobre responsabilidades políticas, manejo de fondos públicos y el rol que desempeñó dentro de la Fundación Madres de Plaza de Mayo.

A más de cuarenta años del doble parricidio, el apellido Schoklender sigue produciendo una mezcla de fascinación y rechazo. Porque la historia contiene todos los elementos del gran policial argentino: dinero, violencia, secretos familiares, sexo, fuga, cárcel, poder y política. Pero también porque nunca terminó de responderse una pregunta central: qué ocurría realmente puertas adentro de aquella familia antes de la madrugada sangrienta de mayo de 1981.

Los hermanos sostuvieron durante décadas que habían sido víctimas de un infierno doméstico. La Justicia, sin embargo, entendió que eso no alcanzaba para justificar semejante brutalidad. Mauricio y Cristina Schoklender murieron asesinados por sus propios hijos. Sergio y Pablo fueron condenados a perpetua. Ambos pasaron años presos. Uno eligió desaparecer. El otro jamás dejó de estar bajo los reflectores.

Quizás allí resida el verdadero motivo por el que el caso todavía impacta: porque Sergio Schoklender nunca terminó de convertirse en un ex convicto ni en un personaje del pasado. Cada nueva aparición pública, cada declaración judicial y cada entrevista vuelven a conectar al país con aquella noche helada de 1981 en la que unas gotas de sangre que caían de un baúl abrieron la puerta a una de las historias criminales más oscuras de la Argentina.