La frase que popularizó Carlos Menem a principios de los años 90 puede volver a utilizarse en la era Milei, pero con correcciones; el cambio en el clima colectivo que detectan las encuestas y el impacto del caso Adorni.
Por Carlos Pagni
Para La Nación
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Durante los dos primeros y sufridos años de su Presidencia, Carlos Menem popularizó una frase que diagnosticaba la situación nacional: “Estamos mal, pero vamos bien”. Javier Milei, que suele mirarse en el espejo de Menem, podría describir el trance actual invirtiendo esa fórmula: “Estamos bien, pero vamos mal”. El Presidente disfruta de niveles de aceptación superiores a los de quienes lo precedieron. Se puede ufanar de logros valiosos, como la reducción de la inflación y la mejora en la administración de la política social, que incluye la recuperación del espacio público para los transeúntes, en especial en la ciudad de Buenos Aires. Estamos bien. Sin embargo, las encuestas registran un fenómeno delicado: no sólo ha caído la imagen positiva de su administración; también se han deteriorado las expectativas sobre la capacidad del oficialismo para alcanzar algunos objetivos importantes. Vamos mal.
Esta modificación en el clima colectivo está determinada por tres factores que se potencian entre sí. Uno es la parálisis de la actividad económica en sectores que están muy asociados al humor popular. Sobre todo, el consumo. Otro, asociado al anterior, es el cambio en las prioridades de la ciudadanía. Comienzan a prevalecer la preocupación por la conservación del empleo y por el poder adquisitivo del salario. El tercer factor es la aparición de escándalos de corrupción, que se recortan con más nitidez sobre el paisaje del malhumor.
Desde el punto de vista político, hay una incógnita que todavía es imposible despejar. Cuándo la combinación de estos vectores negativos terminará facilitando la aparición de un actor capaz de convertirse en una alternativa a La Libertad Avanza. Eso todavía no está a la vista. Y tal vez no lo esté en el futuro inmediato, si es que el Gobierno logra revertir su declinación. Este último es el más importante de los interrogantes.
El nivel de aceptación de la gestión de Milei es muy razonable. Según el consultor Hugo Haime está en 37%. Es superior al que tenían Cristina Kirchner y Alberto Fernández, para el mismo momento, en sus respectivas presidencias: 33%. También al de Mauricio Macri: 35%. Sin embargo, es el más bajo desde que llegó a la Casa Rosada. Regresó al mismo piso en que estaba antes de las elecciones bonaerenses del 7 de septiembre pasado.
La Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés (Udesa) pinta un cuadro similar, aunque un poco más sombrío. La marcha general de las cosas despierta una satisfacción del 33%, lo que supone una caída de 7 puntos desde diciembre. La de Macri para la misma época era del 36%. La desaprobación de la administración actual es del 59%, lo que representa un aumento también de 7 puntos desde fin de año.
La imagen actual es razonable. El problema aparece en una dimensión dinámica. Según Haime, las expectativas de que haya una mejoría a un año cayeron 5 puntos en el último mes: están en 35%. Diez puntos menos que en diciembre. La percepción de una mejora en los últimos tres meses es de 16%. Quiere decir que se derrumbó 11 puntos en el último mes. La idea de que las cosas van a empeorar se mantiene en 53%.
Udesa detectó una visión del futuro más pesimista: 46% cree que el país estará peor en un año. En cambio, 30% espera una mejora y 16% supone que seguirá igual.
Las expectativas sociales siempre son cruciales para que el que gobierna conserve el poder. En el caso de un elenco que carece de mayorías en el Congreso y también de control territorial, son más importantes todavía. Los dirigentes de la oposición están dispuestos a colaborar con el Gobierno cuando advierten que su propia base bendice las decisiones que se están tomando. Cuando se percibe un clima negativo, los políticos se apartan del oficialismo, aunque crean que su gestión es aceptable. Hay una relación más o menos directa entre expectativas y gobernabilidad.
Sobre este cuadro se recortan los escándalos que despiertan sospechas de corrupción. Ayer volvió a ganar el primer plano la peripecia del jefe de Gabinete Manuel Adorni. La situación de Adorni es complicada no sólo por los hechos que protagonizó. También, y acaso más todavía, por las lagunas y contradicciones que él produce a la hora de explicarlos.
Las incoherencias son llamativas. Adorni alegó que su patrimonio se constituyó con los ingresos que tenía antes de ingresar al Gobierno. Pero cuando debió explicar por qué en su declaración jurada no aparecen determinados bienes, como una casa en un country de Exaltación de la Cruz, se justificó en que esa declaración jurada todavía no había vencido. Quiere decir que admitió que hay activos que no fueron declarados y que ya poseía antes de entrar al Estado. ¿Podrá mostrar las fechas de las escrituras? Adorni tiene una coartada: la casa del country está a nombre de su esposa, la monotributista Bettina Angeletti. ¿Figurará en la declaración jurada de Angeletti? Por ser su cónyuge está obligada a presentar una, que permanece como información reservada en los archivos de la administración, salvo que un juez la requiera.
Ayer se presentó otro inconveniente. Adorni tiene un departamento que tampoco declaró. Ya son varios inmuebles. Va en camino a ser Cristian Ritondo, quien acuñó, para risotadas de sus amigos de Mataderos, una frase memorable: “Los escándalos pasan, pero las propiedades quedan”. Los Adorni se han mudado a ese departamento de la calle Miró al 500. Figura a nombre del jefe de Gabinete. Quiere decir que hubo una omisión en la declaración. O hubo un incremento patrimonial a partir de diciembre de 2023. Porque el otro departamento, el de la calle Asamblea, en Parque Chacabuco, donde vivió hasta hace, todavía no se pudo vender. A propósito de esa vivienda: en la declaración jurada figura con 115 metros cuadrados, pero se ofrece en Zonaprop como si tuviera 191 metros cuadrados. Atención eventuales compradores con esa diferencia, aunque sea una minucia.
El malhadado viaje a Punta del Este también se transformó en un calvario para Adorni. Ayer dijo que pagó la parte proporcional a su familia. Se supone que la cobró su amigo Marcelo Grandio, contratista de la TV Pública, que está a cargo del jefe de Gabinete. Todavía no apareció ni una transferencia de Adorni a Grandio ni un recibo de Grandio a Adorni. Se habrán perdido en la mudanza de Asamblea a Miró. ¿Y el viaje de vuelta? Porque los Adorni regresaron solos. Es verdad, por ese tramo apareció una factura con fecha del 9 de marzo. Es decir, 20 días después de que se realizó la travesía. Con una curiosidad: 9 de marzo es la fecha en que se conoció la existencia de ese traslado. Como comentó un viejo dirigente peronista: “Se nota que a Adorni le falta mucho para ser casta. En la casta lo primero que te enseñan, si querés usar un avión privado, es que antes de despegar ya tenés que tener la factura”.
Cuando se supo que habría una conferencia de prensa de Adorni, se especuló con que ofrecería la documentación capaz de despejar todas las dudas. Por ejemplo, escrituras de propiedades y facturas y transferencias del pago de los vuelos. Adorni no pudo presentar nada. Al contrario, oscureció todo mucho más. Se quejó de que el periodismo informaba tergiversando la información sobre su nivel de vida. Y, al mismo tiempo, dijo que no daría esa información, que permitiría corregir esos supuestos errores. Arguyó que está en manos del Poder Judicial. Es un problema, porque si terminan por conocerse esos datos, aparecerá el ministro de Justicia Juan Bautista Mahiques diciendo que las causas deben ser anuladas porque hubo filtraciones.
Con su trabajosa manera de razonar, Adorni insistió en dos inconsistencias sorprendentes. Una es afirmar que hay decisiones, como la de viajar en un jet particular, que pertenecen a su vida privada. Adorni todavía ignora que como funcionario carece de vida privada, sobre todo a la hora de realizar gastos. En otros tiempos lo sabía: ayer María Eugenia Vidal publicó un tuit en el que él la felicitaba por hablar de su separación porque “su vida privada es pública”. Ahora olvidó la lección. La otra coartada de Adorni es que el gobierno de Milei puso la vara moral muy alta. Por eso los escándalos. Es decir: no es que él haya hecho cosas incorrectas; el problema es que el patrón moral establecido es muy exigente. ¿Habrá que relajarlo para evitar nuevas tormentas? Hay una nota del show de ayer que le da un aspecto extravagante: Adorni exhibe su falta de sagacidad y sus infinitas torpezas con una arrogancia tan infundada que viró del patetismo a la comicidad. El pobre jefe de Gabinete parece guionado por el genial Pedro Saborido.
La conferencia de prensa de ayer daña al oficialismo en una escala subliminal. Muestra a gente muy poco competente. Se supone que, antes de exponerse, Adorni se había entrenado con un equipo encabezado por Santiago Caputo, el “Mago del Kremlin”, y otros expertos en comunicación. ¿Esos especialistas permitieron que el funcionario aparezca ante las cámaras de TV tan desprovisto de pruebas y argumentos? ¿O los defectos en el entrenamiento son otra agresión a Karina Milei, madrina de Adorni? Si el mismo profesionalismo rige para otras decisiones de la administración se corroboraría el dictamen: estamos bien, pero vamos mal.
Al elenco que gobierna le faltará mucho para ser casta, pero ya reacciona como casta ante este tipo de problemas. Por ejemplo, selecciona a sus funcionarios para encontrar algún salvataje judicial. Así se entiende la llegada a Mahiques al Ministerio de Justicia. Sus primeras apariciones no estuvieron destinadas a explicar sus políticas en la materia. Las dedicó a ejercer la abogacía defensora de Milei y de su hermana, Karina, la secretaria general de la Presidencia, enredada también en problemas judiciales. Las declaraciones de Mahiques fueron llamativas porque parecían ser veladas instrucciones a los jueces sobre cómo manejar los expedientes para lograr un resultado absolutorio. Por ejemplo, declarar nulo un peritaje si se filtró a los medios. Aunque ya estuviera incorporado como prueba antes de la supuesta filtración.