Bienes sin declarar, fondos de origen incierto, molestia ante preguntas de la prensa: una de las grandes confusiones de los funcionarios es qué se entiende por vida privada cuando se ocupa un cargo público.
Por Silvia Fesquet
Para Clarín
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Cuenta Giuliano da Empoli en su libro “La hora de los depredadores” que, años atrás, cuando acompañaba al presidente del Consejo Italiano en sus viajes alrededor del mundo, había inventado un juego que consistía en distinguir tres grandes categorías de series de televisión políticas.
La primera, representada por una serie como The West Wing (El ala oeste de la Casa Blanca), era la de las heroicas, “en la que se representaba la política como una competición virtuosa entre personas capaces y bien intencionadas”. La segunda, que “describía la política como una jungla hobbesiana en la que nadie es inocente y cuya única regla es la supervivencia”, era la de House of Cards.
La tercera era la de las sitcoms al estilo Veep, que “mostraba la política tal cual es: una comedia de enredo permanente, en la que unos personajes, casi siempre ineptos para el papel que ocupan, tratan de salir de apuros en situaciones inesperadas, a menudo absurdas y en ocasiones ridículas”. Un 70% de lo observado al concluir cada jornada de trabajo se correspondía con Veep.
“Me equivoqué”, dijo Carlos Frugoni, secretario de Coordinación de Infraestructura del ministerio de Economía que conduce Luis Caputo, que fue echado este domingo. Aludía así a los siete departamentos en Miami y a las dos sociedades constituidas en Estados Unidos que omitió declarar como funcionario público y ante ARCA y admitía que tampoco había pagado impuestos por las propiedades en la Argentina, en comunicación con Nicolás Wiñazki, de Clarín. Lo más notable fue que señaló que “estaba rectificando esta situación porque ahora soy funcionario nacional”. ¿Qué hubiera pasado de no estar en la función pública y ser un simple ciudadano contribuyente? Es la pregunta del millón.
Cuando asomó el caso Manuel Adorni, con la inclusión de su mujer en el avión que trasladó a la comitiva presidencial a Nueva York, - poco después de la resolución del propio funcionario reduciendo al mínimo la presencia de funcionarios en esos viajes- y saltó lo del vuelo privado familiar a Punta del Este en el feriado de Carnaval, lo primero que exclamó el jefe de Gabinete fue que él no hablaba de su vida privada.
He aquí una de las grandes confusiones de muchos funcionarios: qué se entiende por vida privada cuando se ocupa un cargo público. A partir de ese vuelo a Uruguay se desató una catarata de revelaciones, con jubiladas prestamistas, compras varias de propiedades, abultados gastos en turismo en dólares y demás, causas que hoy investiga la Justicia por presunto enriquecimiento ilícito y negociaciones incompatibles con la función pública.
Por eso volvió a equivocarse el jefe de Gabinete cuando en su primera conferencia de prensa después del escándalo ninguneó a un acreditado diciendo que no iba a responderle una pregunta porque era “apenas un periodista”. Una de las obligaciones de quien ocupa un cargo en el Estado es la de rendir cuentas, y una de las obligaciones del periodismo, en una democracia, es la de pedírselas.
“Dios me puso sobre vuestra ciudad como un tábano sobre un noble caballo, para picarlo y tenerlo despierto”, es la frase atribuida a Sócrates que Natalio Botana eligió en 1921 como lema rector de su diario, Crítica, y que define muy bien la misión de la prensa.
Una misión que tampoco acaba de comprenderse. Por la filmación de unas imágenes, que interpretó como “un acto de espionaje”, el presidente Javier Milei, que repite “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, cerró el ingreso de todos los acreditados a la Casa de Gobierno, una decisión inédita en la historia de la democracia argentina. Que tiene impacto sobre la libertad de expresión, la transparencia institucional y el derecho de la sociedad a estar informada sobre los actos de gobierno.
Si da Empoli se asomara por la Argentina, ¿en qué categoría de las series políticas la ubicaría?