El cineasta chino Bi Gan firma esta distopía dividida en cinco capítulos que corresponden a cinco géneros distintos y que se desarrolla en un mundo cuya humanidad ha perdido la capacidad de soñar.
Por Sergi Sánchez
Para Fotogramas
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¿Qué es el cine sino la infinita resurrección de los muertos? ¿Acaso no es la energía eléctrica la que levanta a Frankenstein de su lecho de costuras? ¿Acaso no es un relámpago el que lo pone a caminar? Bi Gan se acuerda de que, al principio, claro, fue la luz, y de que los monstruos son los únicos capaces de soñar en un mundo que se empeña en apagar los sueños. La suya es una película, en definitiva, que no se conforma con soñar una vez: encadena su onirismo como si despertarse, o llegar a la palabra 'fin', fuera dejar de creer en la luz y en la sombra.
El imperio de los sentidos
'Resurrection' también podría titularse 'Reencarnación', porque el director chino cree que el cine es un alma que va cambiando de cuerpo, o lo que es lo mismo, un cuerpo que va cambiando de alma. Por un lado, los cinco episodios que la conforman corresponden a cinco estilos y/o géneros, que oscilan entre la fantasmagoría del cine mudo hasta el plano secuencia de 40 minutos –un autohomenaje al 'tour de force' en 3D de 'Largo viaje hacia la noche'), entre el film noir estilizado y la película de vampiros posapocalíptica, entre la parábola tradicional y el cuento moral. Por otro, cada episodio está organizado a partir de un sentido, de modo que la suma de los cinco aspira a constituir una experiencia háptica que solo los cuerpos pueden experimentar. Y, por supuesto, para Bi Gan el cine es un cuerpo que late y respira, y huele y escucha, y toca y saborea. Y ve y da a ver.
Entre el aturdimiento y la emoción
Puede que las ambiciones narrativas de la película, que intentan buscar un hilo conductor en la figura del 'delirante', de ese soñador que Bi Gan identifica con un hambriento espectador de cine dispuesto a perderse en su intrincado laberinto, sean más confusas o débiles que su barroco, desbordante aparataje formal, que puede resultar abrumador para el que busque relatos convencionales. Y, sin embargo, más allá de lo experimental de la propuesta de hacer un 'Histoire(s) du Cinéma' en clave de superproducción de autor, Bi Gan no renuncia a emocionarnos: cuando el olfato de una niña ha de servir para reconciliar a un padre con su hija o cuando, al final, la llegada del amanecer clausura, en un gesto de inusual arrebato, una historia de amor vampírica, Bi Gan se revela acaso como uno de los últimos cineastas románticos. La luz, otra vez, cierra el círculo, para que el cine se haga eterno.
Para amantes del cine que salta sin red.