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“Magnifica Humanitas”: León XIV presentó su primera encíclica con advertencias sobre el poder, la IA y las guerras

El Pontífice alertó sobre el “riesgo de deshumanización” y advirtió: “Se está cayendo en la cultura violenta”. También se disculpó por el papel de la Santa Sede en la legitimación de la esclavitud.

Hoy 08:22

Ni en la Casa Blanca ni en la Casa Rosada caerá bien “Magnifica Humanitas”, la primera encíclica del papa León XIV, “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial (IA)”. En este nuevo documento —presentado este lunes por el propio Pontífice estadounidense en un evento en el Vaticano— no sólo se abordan los desafíos implícitos en la IA, una herramienta ya instalada en la vida cotidiana, que no es neutra y que, según advierte, debe ser regulada ante el “riesgo de deshumanización”. La encíclica va mucho más allá.

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Preocupado por el actual escenario internacional, León XIV deplora las guerras, la carrera armamentista, las crecientes desigualdades y la concentración de poder en pocas manos, en un contexto en el que “la fuerza del derecho internacional es sustituida por el ‘derecho del más fuerte’”. Además, recupera los fundamentos de la doctrina social de la Iglesia como guía para reencontrar sentido en una época en la que las “víctimas se reducen a datos” y disculpa el papel de la Santa Sede en la legitimación de la esclavitud.

“La guerra no solo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo. Cuando se atenúa la memoria histórica y se debilitan los criterios éticos que protegen a los civiles y a los más frágiles, se vuelve más fácil presentar la violencia como necesaria, inevitable o incluso ‘limpia’”, denuncia el texto. “Es en este clima donde la humanidad está cayendo en la cultura violenta del poder, donde la paz ya no se presenta como una tarea por asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos”, lamenta.

“Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la ‘guerra justa’, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto”, añade, en lo que aparece como un nuevo mensaje indirecto a su compatriota, Donald Trump, jamás mencionado en el documento, pero presente.

En la encíclica, León XIV repasa principios centrales de la doctrina social de la Iglesia, como la justicia social y el destino universal de los bienes. “Existe un derecho a la propiedad privada que tiene su sentido y su función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los bienes”, sostiene y advierte: “Dado que la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada, su función social no debe ser considerada como una mera opinión teológica, sino como doctrina cierta de la Iglesia, ya presente en las Sagradas Escrituras en los Padres. Por eso el Papa Francisco recordó que la solidaridad, vivida en profundidad, significa también ‘devolverle al pobre lo que le corresponde’”. Indica, por otro lado, que “en la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la ‘mano invisible’ del mercado”.

De 110 páginas (245 párrafos), una introducción, cinco capítulos y una conclusión, la encíclica, que puede interpretarse como el gran documento programático del primer Papa estadounidense, cita muchas veces a Francisco, al margen de sus otros predecesores. Denuncia el “paradigma tecnocrático y digital” actual, la “normalización de la guerra” y la crisis del multilateralismo. Y vuelve a hacer un urgente llamado a la paz, repitiendo las mismas palabras con las que se presentó al mundo tras ser electo en un cónclave de menos de 24 horas, el 8 de mayo de 2025.

A 135 años de la encíclica “Rerum Novarum” (Nuevos asuntos) en la que León XIII (1878-1903) reflexionó sobre “asuntos nuevos” como los desafíos de la Revolución Industrial, el Pontífice, que quiso llamarse con ese mismo nombre, analiza los “asuntos nuevos” de una actualidad dominada por las nuevas tecnologías. Y lanza un enérgico llamado a “seguir siendo humanos”.

A lo largo de todo el documento, invita a los cristianos a tomar una “elección decisiva”, utilizando dos imágenes bíblicas: levantar una nueva torre de Babel o construir la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos, es decir, una sociedad más humana y fraterna.

“La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias”, advierte. “En abstracto, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza. Por eso, la primera elección no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna”, plantea.

En los primeros dos capítulos, el Pontífice repasa los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia: la dignidad humana, los derechos humanos, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social.

Al referirse al principio del destino universal de los bienes, al margen de recordar que “la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada”, León asegura que “hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos”. “En un contexto donde la riqueza de las naciones depende cada vez más de conocimientos y tecnologías, cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre incluidos y excluidos, entre quienes pueden participar en la revolución digital y quienes permanecen al margen”, escribe. “Además, el cuidado de la Casa común y la responsabilidad hacia los pobres y hacia las generaciones futuras requieren que el uso de los bienes de la creación y de las nuevas posibilidades ofrecidas por la técnica esté regulado de tal modo que respete el ambiente y evite despilfarros y nuevas formas de estafa”, señala.

Al reflexionar sobre la justicia social —muchas veces definida como “un robo” por el presidente Javier Milei—, el documento recuerda que para la comunidad cristiana “es una forma concreta de seguimiento de Jesús y de fidelidad a su Evangelio”.

“El Magisterio reciente ha insistido en el hecho de que la justicia social exige una mirada cuyo punto de partida sean los últimos. San Juan Pablo II habló de una opción preferencial por los pobres que debe marcar las decisiones personales y sociales, mientras el Papa Francisco denunció una cultura del ‘descarte’ que provoca cada vez más formas nuevas de exclusión”, evoca. “En esta perspectiva, la justicia social exige mirar a las personas y a los pueblos comenzando por los que son más vulnerables: los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales”, sigue.

“En este tiempo, la justicia social debe confrontarse también con el ambiente creado por las tecnologías digitales. La difusión de redes globales, plataformas y sistemas de IA cambia el modo de informarse, de comunicar y de acceder a los servicios. La justicia exige que se impida el surgimiento de nuevas formas de exclusión y privación de la libertad: personas y pueblos a los que se les niega o dificulta el acceso a las tecnologías básicas, comunidades expuestas a vigilancia invasiva y grupos sociales perjudicados por algoritmos opacos que reproducen prejuicios y discriminaciones”, advierte. “Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos”, suma.

En el tercer capítulo, el Papa plantea que las innovaciones tecnológicas pueden convertirse en un acelerador del paradigma tecnocrático y, por eso, “necesitan de un nuevo marco espiritual, ético y político”. Allí cuestiona el poder acumulado por las grandes compañías tecnológicas y advierte sobre la concentración de datos e infraestructuras digitales en pocas manos.

“No basta invocar genéricamente la ética; se necesitan marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente, educación de los usuarios, una política que no renuncie a su tarea. De otro modo, el cambio será gobernado sólo por lógicas tecnocráticas y presentado como necesario e imprescindible, terminando por imponer reglas dictadas por quienes poseen datos, infraestructuras y capacidad de cálculo”, sostiene.

Advierte asimismo que, como ocurre con todo gran avance tecnológico, la IA tiende a aumentar sobre todo el poder de quien ya dispone de recursos económicos, competencias y acceso a los datos. “A la luz del bien común y del destino universal de los bienes, este fenómeno suscita seria preocupación: pequeños grupos muy influyentes pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir en las dinámicas económicas en beneficio propio, contradiciendo la justicia social y la solidaridad entre los pueblos”, indica.

Luego de criticar transhumanismo y posthumanismo, corrientes que interpretan el progreso como una superación del ser humano, la encíclica subraya que “la finitud, cuando se acoge a la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro” y que “la historia puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma realmente en serio la dignidad de todos”. Entonces menciona, entre otros, a Martin Luther King, Nelson Mandela, santa Teresa de Calcuta, Dorothy Day y a los mártires san Oscar Romero y, además, al beato Enrique Angelelli, obispo argentino que enfrentó públicamente a la dictadura, asesinado el 4 de agosto de 1976 en un falso accidente vial.

“Y, sobre todo, los ‘mártires de lo cotidiano’ que curan, educan, acompañan y consuelan discretamente, como los padres de familia, los enfermeros, los médicos, los voluntarios y las personas que están junto a los ancianos o a los excluidos. Su testimonio muestra que el bien no progresa de manera automática, sino que requiere perseverancia, memoria y una conversión que hace capaces de recomenzar incluso después de las derrotas”, destaca y continúa: “Por eso la humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor. A este punto se impone una pregunta decisiva: si existe un auténtico “más que humano”, ¿dónde se encuentra? La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo”, agrega.

En el cuarto capítulo, el documento llama a redescubrir la verdad como bien común, a proteger la dignidad del trabajo y a salvaguardar la libertad frente a toda dependencia y mercantilización de la IA. En este marco, destaca la importancia de la educación al uso de la IA. Después de constatar que tener un teléfono móvil personal demasiado pronto y utilizarlo sin control de los adultos puede acentuar la fragilidad y favorecer las adicciones en los jóvenes, exponiéndolos a dinámicas de aislamiento, acoso y ciberacoso, así como la presión para compartir imágenes íntimas o datos sensibles, León XIV también llama a una regulación.

“Es necesario oponerse, con decisiones públicas de largo alcance, a los intereses inmediatos de las plataformas —concentradas en pocas manos— cuando estos entran en conflicto con el bien de los menores. En esta perspectiva, son oportunas intervenciones legislativas que establezcan límites de edad, responsabilicen a los proveedores de servicios ―sin descargar sobre las familias el peso de la limitación― y prevean protecciones específicas contra toda forma de explotación y violencia sexual en internet, de modo que la infancia y la adolescencia se custodien verdaderamente como bienes preciosos confiados a nuestro cuidado. Al mismo tiempo, es necesario educar a los niños, adolescentes y jóvenes para que aprendan a reconocer las manipulaciones, a defender su propia dignidad y a respetar la de los demás, también en los entornos digitales”, indica.

Al hablar de una “cuarta revolución industrial”, afronta el problema del desempleo generado por la IA. “En algunos contextos, es realista temer una reducción significativa y rápida de los puestos de trabajo disponibles, con un efecto en cadena que afecta profundamente a las familias, a los jóvenes y a las economías locales. En muchos sectores, esto ya se traduce en nuevas formas de precariedad y desigualdad, con remuneraciones muy elevadas para una minoría altamente especializada y salarios cada vez más bajos para una gran parte de la población activa”, dice.

Propone, al respecto, que toda introducción de automatización y de IA sea acompañada por medidas de protección del empleo, de recalificación, para que no se genere exclusión. “Es necesario recordar que la libertad económica no es absoluta y debe medirse siempre en función del bien común y de la dignidad de cada persona (…) En realidad, una sociedad justa requiere un Estado presente e instituciones civiles capaces de superar la mera lógica de la eficiencia, orientando explícitamente los recursos, la creatividad y las normas a favor de los más vulnerables”, sostiene.

También habla de la creciente importancia de las finanzas, de su innovación con las criptomonedas y constata que, si bien la riqueza ha crecido en términos absolutos, “su concentración en pocas manos ha aumentado y los desequilibrios se han acentuado, tanto entre países como dentro de un mismo país: pocos tienen demasiado y demasiados tienen poco”, lamenta. “No cabe duda de que se necesitan leyes justas e instrumentos de redistribución que corrijan los desequilibrios, incluso mediante sistemas fiscales que alivien la carga sobre los más débiles y exijan más a quienes disponen de mayores recursos”, evalúa y sentencia: “En la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la ‘mano invisible’ del mercado”.

Al condenar por otro lado la cadena de explotación sobre la que muchas veces se basan las nuevas tecnologías, León sorprende al pedir perdón, en nombre de la Iglesia, por la esclavitud, tolerada durante demasiado tiempo en el mundo eclesiástico. “Hubo que esperar hasta el siglo XIX para encontrar una condena formal, absoluta y universal de la esclavitud, en particular con León XIII. Se trata de una herida en la memoria cristiana a la que no podemos considerarnos ajenos”, deplora. “Por eso, en nombre de la Iglesia, pido sinceramente perdón”, dice.

En el quinto y último capítulo, llama a enfrentar la “cultura del poder” de los tiempos actuales —que normaliza la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor, aprovechándose de la crisis del multilateralismo—, con la “civilización del amor”, término acuñado en verdad por san Pablo VI, que “no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente”.

Al tocar la cuestión de las armas y la IA, sostiene que “el desarrollo y el uso de la IA en el ámbito bélico deben estar sujetos a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana y de la sacralidad de la vida, evitando una carrera armamentista”.

Al lamentar la crisis del multilateralismo actual, destaca la “tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha”. “La simplificación en esquemas —'yo primero’, ‘amigo-enemigo’, ‘nosotros-ustedes’— facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones. La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto ‘derecho del más fuerte’, y sus instrumentos —desde los tribunales competentes en crímenes de guerra hasta los tribunales llamados a resolver las controversias entre estados— son a menudo eludidos o debilitados, con consecuencias devastadoras para la cultura política y la convivencia”, afirma. Y advierte que “cuando una cultura normaliza y justifica el conflicto, se abre una deriva peligrosa: lo que hoy parece impensable puede volverse mañana aceptable en base a cálculos de utilidad o de seguridad”.

Fuente: diario La Nación.