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“Parecía una película de terror”: el dramático relato de argentinos que vivieron el terremoto en Colombia

Cinco argentinos que residen en distintas ciudades colombianas contaron cómo atravesaron el sismo de magnitud 7,4, que dejó al menos 240 muertos, más de 1.300 heridos y miles de desaparecidos. Evacuaciones, daños, cortes de comunicación y temor a nuevas réplicas marcaron las horas posteriores.

Hoy 11:18

A las 7.34 del lunes, Mariano Valentino Álvarez desayunaba en su casa de Manizales cuando la tierra empezó a moverse. No era la primera vez. En los cuatro años que lleva viviendo en Colombia había atravesado otros temblores y conocía esa primera señal que obliga a ponerse en alerta. Esta vez, sin embargo, el movimiento no se detuvo. Se hizo cada vez más fuerte. La casa comenzó a crujir y Álvarez, psicólogo entrerriano de 38 años, salió hacia las escaleras. Mientras bajaba, escuchó los gritos de sus vecinos y vio cómo se desprendían pedazos de las paredes.

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Parecía una película de terror”, recordó en diálogo con LA NACION. Cuando finalmente llegó a la calle, se encontró con decenas de personas reunidas en busca de un lugar seguro. Frente a ellos, los edificios se sacudían. Algunas estructuras comenzaban a desprenderse. Todo, calcula, duró entre uno y dos minutos.


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Lo que vio la Argentina fue una de las escenas que dejó el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia y que, según el último parte oficial, provocó al menos 240 muertos, más de 1.300 heridos y 2.000 desaparecidos. Desde Cali, Manizales, Ibagué, Girardota y Caldas, cinco argentinos que viven en la zona del país más afectada por el sismo reconstruyeron ante LA NACION cómo atravesaron esos minutos, las primeras horas de incertidumbre y una jornada marcada por las comunicaciones interrumpidas, las evacuaciones, los daños y el temor a nuevas réplicas.

Álvarez nació en Concordia, Entre Ríos, y hace siete meses se instaló en Manizales. Vive en el sector de El Cable, sobre la avenida Santander, una de las zonas que, según relató, resultaron más golpeadas por el sismo. Cuando consiguió salir de su edificio, todavía no sabía qué había ocurrido fuera de su barrio ni cuál era la dimensión del terremoto.


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Su departamento quedó habitable, aunque aparecieron grietas y hubo pérdidas materiales: objetos guardados en las alacenas cayeron y se rompieron. Otros edificios cercanos, contó, sufrieron daños mayores. En medio de la evacuación había dejado todo atrás. “La prioridad era la supervivencia. Salí corriendo y mis documentos, mi celular, mis llaves, todo quedó adentro del departamento”, relató.

Sin teléfono, fue hasta la casa de un familiar. Desde allí pidió prestado un celular para hacer una de las llamadas que se repetirían entre los argentinos que atravesaron el terremoto: avisar a su familia que seguía con vida. Se comunicó con su madre, le contó que estaba bien y le advirtió que posiblemente no pudiera volver a hablar durante un tiempo porque las líneas estaban colapsadas.

La recomendación que recibió después fue no regresar a su departamento ante el riesgo de réplicas y posibles derrumbes. Pasó la noche en la casa de conocidos. En la ciudad, según contó, se dispusieron albergues para personas afectadas, mientras comenzaron a circular pedidos de donaciones de sangre, alimentos, artículos de higiene y ropa.


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A unos 250 kilómetros, en Cali, José Antonio Greco estaba en el cuarto piso del call center donde trabaja atendiendo clientes de Bancolombia. Tiene 42 años, nació en Miramar, vivió gran parte de su vida en Mar del Plata y lleva algo más de dos años instalado en Colombia. Su turno había comenzado a las seis de la mañana y, cuando empezó el movimiento, atravesaba uno de los momentos más tranquilos de la jornada.

Al principio, nadie se levantó. “Acá ya se está acostumbrado, o mal acostumbrado, a que el movimiento pasa y seguimos trabajando”, explicó. El temblor era leve y los empleados continuaron en sus puestos. Pero la intensidad comenzó a aumentar de manera paulatina hasta que el jefe dio la orden de evacuar.

Habían avanzado apenas unos metros cuando todo cambió. Al abrir una de las puertas, recordó Greco, comenzó el movimiento más fuerte. Partes de una pared se desprendían y caían vidrios. Su jefe gritaba. Dos trabajadoras que habían ido a buscar sus pertenencias al quinto piso intentaban bajar por la escalera habitual. El grupo tuvo que retroceder y atravesar nuevamente el interior del edificio para alcanzar la salida de emergencia.

“Fue una locura”, resumió.

Greco consiguió llegar hasta la planta baja. Allí tenía guardado su celular y algunas pertenencias personales. Otros compañeros no tuvieron la misma posibilidad: documentación, llaves y teléfonos habían quedado en el 5° piso, un sector que, según le informaron después, había sufrido importantes daños.

Una vez afuera, su teléfono se convirtió en una herramienta colectiva. Las llamadas convencionales no funcionaban y WhatsApp era una de las pocas vías disponibles, aunque de manera intermitente. Greco les propuso a sus compañeros que se organizaran. Los que no tenían celular formaron una fila y fueron dictándole números de familiares.

Él los agendaba, enviaba mensajes y les pedía que permanecieran cerca por si llegaba alguna respuesta. Se quedó allí cerca de cuatro horas.

La situación para muchos era angustiante”, describió. A la incertidumbre sobre el estado del edificio se sumaba otra, más urgente: saber dónde estaban sus familiares y si habían logrado ponerse a salvo.

Recién después pudo concentrarse en los suyos. A los 20 o 30 minutos de la evacuación llamó a sus padres, que viven en Mar del Plata. Sabía que las imágenes del terremoto no tardarían en llegar a la Argentina y quiso anticiparse. “Les dije que se quedaran tranquilos, que iban a ver noticias de mucho desastre en Cali, pero que yo estaba bien”, contó. Luego llegaron los mensajes de su hermano desde España y de familiares y amigos argentinos.

Su vivienda, ubicada a unas 25 cuadras del trabajo, no sufrió daños edilicios. El problema fue otro: permaneció casi todo el día sin electricidad. El servicio regresó alrededor de la 1 de la madrugada del martes y durante horas tuvo que buscar lugares donde cargar el teléfono. Tampoco durmió bien. La posibilidad de una réplica mantuvo a buena parte de la población en alerta.

En las calles que recorrió para regresar a su casa vio caos y daños, aunque en su barrio la situación era diferente. Con el paso de las horas, la conexión a Internet comenzó a estabilizarse y la electricidad se mantuvo. El edificio donde trabaja, en cambio, quedó fuera de funcionamiento y la empresa empezó a organizar a través de WhatsApp cómo continuar con las tareas.

La red solidaria argentina

En medio de esa incertidumbre apareció otra red. Los argentinos que viven en la zona mantienen un grupo de WhatsApp en el que, después del terremoto, comenzaron a consultar quién necesitaba ayuda. Algunos ofrecieron alojamiento; otros, asistencia o simplemente una vía de comunicación.

En Ibagué, Tolima, Carlos Gustavo León también estaba en su casa cuando empezó todo. Tiene 45 años, es oriundo de Concordia y vive en Colombia desde hace 15 años junto a su esposa, Jane Patricia Cortés Toledo, y su suegra. Se dedica a la remodelación de casas y departamentos y además tiene un emprendimiento de chorizos argentinos ahumados.

Minutos antes del terremoto había hecho una broma. En la calle estaban realizando trabajos viales y una máquina aplanadora hacía vibrar el suelo. León le dijo a su esposa que “ahora iba a empezar a temblar”. 5 minutos después, el movimiento llegó de verdad.

“Se movía todo. Era impresionante”, recordó. Vive en un segundo piso, en el barrio Belén, y aunque su casa no sufrió daños estructurales, cerca de allí se desplomaron paredes de un edificio y de un colegio. La diferencia con los temblores anteriores fue evidente para él desde los primeros segundos. En Colombia, dijo, los movimientos telúricos no son algo desconocido. Nunca había sentido uno así.

El terremoto también modificó su trabajo. Esta semana tenía previsto viajar a Armenia para realizar la remodelación de un departamento, pero decidió postergar el traslado por los derrumbes y las complicaciones en las rutas. Las réplicas, además, continuaron. “Ayer precisamente tembló nuevamente”, dijo a LA NACION.

En Girardota, a unos 20 kilómetros de Medellín, Gonzalo Pérez Pradella acababa de estacionar su auto cuando sintió que alguien parecía intentar chocarlo. Tiene 34 años, es de Tortuguitas, provincia de Buenos Aires, trabaja como coordinador de proyectos en el área de refrigeración y lleva apenas un mes y medio viviendo allí.

A las 7.28 había dejado en la escuela al hijo de su pareja. Seis minutos después llegó al estacionamiento del edificio de seis pisos donde vive, ubicado en el subsuelo. Primero creyó que el problema era el auto. Después escuchó los gritos.

Se bajó y corrió hacia la salida. En las escaleras se cruzó con vecinos que evacuaban mientras el edificio se sacudía. Ya en la calle buscó a su prometida y a la madre de ella, pero no las encontró. Tocó el timbre y, cuando le respondieron, decidió volver a entrar.

Subió hasta el segundo piso. En medio del nerviosismo tropezó en la escalera y se lastimó levemente una mano. Cuando llegó, encontró a su pareja ayudando a una vecina a bajar una silla de ruedas para su madre. Se sumó a ellas y las acompañó hasta la calle. Poco después terminó el movimiento.

Entonces apareció una nueva preocupación: el hijo de su pareja seguía en la escuela y no contestaba. Pérez Pradella fue personalmente hasta allí, comprobó que estaba bien y lo retiró. Regresaron a la casa, pero ante una alerta por una posible réplica volvieron a salir y permanecieron afuera hasta el mediodía.

Todo se movía en la calle: los autos, los cables, los edificios. Es una sensación que jamás había tenido”, describió. En Girardota, según su relato, no observó derrumbes ni daños de magnitud. En Medellín sí registró rajaduras en algunas paredes.

Juan Molina estaba en el piso superior de una casa de tres plantas en Caldas, Antioquia, cuando las ventanas comenzaron a moverse. Es correntino, tiene 40 años y lleva ocho meses en Colombia. Se dedica a inversiones inmobiliarias y vive allí con su familia.

El movimiento lo hizo bajar de inmediato. Salió con su esposa y se encontró con los vecinos en la calle. Su hija de 10 años estaba en la escuela. Mientras la tierra seguía moviéndose, comenzaron a sonar las alarmas de los autos alrededor.

Nunca en mi vida había visto algo así”, contó.