Drama en el que Kiyoshi Kurosawa experimenta con los géneros y que demuestra que incluso el más acaudalado de los caudillos puede ser víctima de su ingenuidad.
Por Sergi Sánchez
Para Fotogramas
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Tal vez sea una cuestión meramente cultural, pero este crítico tuvo la impresión de que, si 'El samurái y el prisionero' invirtiera menos metraje en describir el frondoso, a veces inextricable, árbol genealógico de clanes y fidelidades que sostiene su argumento, la película sería fantástica. Puede parecer mucho más clásica de lo que en realidad es, acaso porque Kiyoshi Kurosawa, siempre tan riguroso en la composición de los encuadres y en el pausado ritmo narrativo, privilegia una suerte de transparencia formal que es puro trampantojo. Es cierto que su materia prima es el código de honor que corre por las venas del cine de samuráis, pero, como ocurre en otros filmes de Kurosawa que experimentan con las convenciones de los géneros, rema a contracorriente. Las luchas a espada pueden contarse con los dedos de una mano; el protagonista, el señor del castillo feudal, es alérgico a matar a sus enemigos; el elemento femenino tiene un peso específico en la trama poco común (a no ser que pensemos en 'Trono de sangre'); su tono es más intimista que belicista, y su estructura capitular, en base a cuatro misterios que resolver en clave de 'whodunit', es decididamente singular. Solo por esas anomalías, presentadas con el ropaje de la tradición, vale la pena acompañar al film en su disección de la lealtad (y su antónimo, la traición) masculina en las intrigas palaciegas de sus personajes para conservar el poder.
En esencia, la película, a veces un punto tediosa, es un thriller de engaños y conspiraciones, que pretende demostrar que incluso el más acaudalado de los caudillos puede ser víctima de su ingenuidad cuando se trata de mantener a salvo su honor sin mancharse las manos de sangre. Las escenas que comparte con el mensajero y estratega que decide encarcelar en los calabozos del castillo son de una extraordinaria ambigüedad: en ellas se debate precisamente dónde está la solución que puede desencallar los sucesivos enigmas que plantea la trama, pero lo que parece una verdad irrefutable puede esconder peligrosos dobles fondos.
Para amantes del cine del Japón feudal.