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Mundial 2026
Opinión. Ideológicamente se puede discutir hasta el cansancio sobre la conveniencia o no de una ingerencia mayor o menor del Estado en la vida de la sociedad, sin llegar a un acuerdo que deje conforme a todos.
Es un poco la historia de la humanidad, que más recientemente se concentra en la contraposición ideológica de Karl Marx y Adam Smith. Pareció concluir el debate con el fin de la Guerra Fría, la caída del Muro de Berlín y el estrepitoso fracaso económico de los regímenes comunistas de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URRS) y China, hoy convertidas en sociedades capitalistas pero con un marcado autoritarismo político alejado de la democracia republicana.
Sin embargo, la reciente crisis del capitalismo en Estados Unidos y Europa reabre permanentemente el rol del Estado y el del mercado en una discusión inacabable.
En la argentina ese debate se intenta reflotar en los claustros académicos o a través de algún discurso político oportunista, tan vacío de contenido como de aplicabilidad práctica.
La gente común, incluso la de mayor nivel cultural, es ajena a ese debate poco serio y para nada atractivo. Las conductas personales de quienes pregonaban unas y otras ideas colaboraron mucho para que reine el escepticismo, por aquello de Cambalache: “en un mismo lodo todos manoseados”.
Los gobiernos argentinos de los últimos 70 años sin distinción de color político ni de legitimidad de origen, han desarrollado sus políticas pro mercado o pro estado, haciendo como que el país tuviera
un Estado mínimamente eficiente o un mercado mínimamente sólido. En realidad se intentó hacer socialismo de Estado sin planificación y liberalismo económico sin mercado. Los fracasos argentinos están a la vista y hablan de una ineficiencia dirigencial pasmosa.
El contraste es Canadá o Australia. Lo que pudimos ser a partir de la generosidad divina que se nos ha dado y que hemos desperdiciado. Está claro que en esta etapa del kirchnerismo se ha decidido
profundizar las políticas de intervención del Estado en la vida de la sociedad en general, pero en la económica en particular, sin instrumentar una política de estado que jerarquice a la burocracia estatal para intervenir con un grado aceptable de eficiencia.
Asistimos entonces a la “morenización” del Estado, donde la decisión política y el impulso personal del funcionario de turno, sea Guillermo Moreno u otro, avanza por encima de las propias estructuras estatales, muchas veces violando todo tipo de reglamentación e incluso, en algunos casos puntuales, la ley misma.
El caso más paradigmático fue el del Indec y el que más ventiló el fracaso en todos los aspectos fue el de la carne. La inflación dibujada, cada vez se aleja más de la realidad al punto tal que las estadísticas oficiales no son consideradas seriamente ni por los propios funcionarios del gobierno. Cada vez hay menos carne en el país otrora abastecedor del mundo y su precio se encuentra por las nubes.
En el mismo período Brasil, Uruguay y Paraguay desarrollaron su ganadería exponencialmente aprovechando la oportunidad de los mercados mundiales.
El gobierno nacional acaba de profundizar al extremo la intervención del Estado en el comercio exterior, estableciendo un régimen de información anticipada aplicable a todas las importaciones a partir del 1 de febrero. En la práctica implica que será solamente la lapicera de Moreno la que autorizará, rechazará o postergará las importaciones.
En el texto de la resolución se aclara que es necesario para la Secretaría, a cargo de Moreno "contar con la información referida en dicha norma, con el objeto de realizar análisis tendientes a impedir que el mercado interno se vea afectado negativamente, ya que la importancia cualitativa y/o cuantitativa de las importaciones a efectuarse tiene la característica de impactar sobre el comercio
interior".
"Al mismo tiempo -agrega el texto- el acceso a la información contribuirá a una mejor y mayor evaluación del grado de competitividad de la actividad económica, posibilitando la tipificación de las estructuras de costos de los bienes que conforman el mercado".
Evidentemente cuando se conoció la noticia a principio de semana, la medida recopiló críticas desde distintos sectores empresariales argentinos, así como de socios del Mercosur, donde tanto Brasil como Uruguay coincidieron en calificar de "proteccionista" la política aplicada por el Ejecutivo, en tanto complica el intercambio comercial.
Antes de esta medida ya había fracasado el mecanismo establecido de limitar las importaciones automáticas, el tener que exportar un dólar por cada uno importado y las postergaciones de los pagos de importaciones.
Es que en el fondo de todo el planteo se busca enfrentar el serio problema del sector externo y de tipo de cambio que tiene la economía argentina. La clave está en el proceso inflacionario que vive el país y que se profundiza a partir del 2007. A medida que la inflación avanza deteriora el tipo de cambio, perjudicando a quienes exportan y beneficiando a quienes importan. Así, el país necesita cada vez más dólares para pagar importaciones crecientes, en un escenario donde se le van divisas por el pago de los vencimientos de la deuda externa, su errática política energética lo obliga a importar cada vez más gas y la presión compradora de los argentinos que recurren a ahorrar en
dólares ante la evidente desvalorización del peso.
Los países que crecen tienen baja inflación, reglas más o menos estables y sus economías abiertas lo máximo posible a la competencia internacional, es lo que hace Brasil exitosamente y que ha elevado el nivel socioeconómico de sus habitantes como nunca antes en la historia. Aquí intentamos transitar el camino contrario.
Se está poniendo un nuevo parche al problema de fondo de la economía argentina, que es pretender gastar muy por encima de sus posibilidades a nivel Estado y fomentar una poco sólida fiesta de consumo a nivel de habitantes insostenible en el tiempo.
La “morenización” del estado es una medida probadamente ineficiente y sólo puede llegar a ser efectiva si es que la intención apunta a ganar unos meses de tiempo para impulsar un nuevo plan económico verdaderamente sustentable en el tiempo.
Es imprescindible entonces comprender que se ha agotado una etapa y que urge comenzar a construir otra. El no entenderlo conducirá a una economía de menor crecimiento, desabastecimiento, mayores presiones cambiarias, alta inflación, caída del poder adquisitivo de los
salarios y pérdida de puestos de trabajo.