Recientemente, la organización Human Rights Watch (HRW) presentó su informe sobre la situación de las democracias liberales en el nivel global.
Por Guido Risso, en diario La Nación
El organismo señala que el debilitamiento de las democracias es de tal magnitud que nos lleva a la misma situación de 1985. Esto que informa HRW no es ninguna novedad, al menos para quienes hace décadas venimos estudiando y publicando investigaciones sobre la erosión democrática; sin embargo, entre las variables y causas que se mencionan no aparece un dato que es fundamental para entender el proceso de desgaste que condujo hacia una crisis de representatividad nunca vista. Veamos.
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Desde hace décadas, el contexto global de los sistemas políticos está dominado por la frustración social, que impacta directamente sobre las democracias. Sucede que la falta constante de respuestas y soluciones concretas por parte de la democracia liberal a (incalculables) reclamos y necesidades de todo tipo ha generado que los pueblos descrean de los sistemas políticos tradicionales y observen a sus democracias como un conjunto de prácticas e instituciones obsoletas; en definitiva, en la actualidad millones de personas son absolutamente conscientes que sus vidas y las de sus familias se deterioran sostenidamente ante el mármol brilloso de las democracias.
Estamos frente a una crisis de legitimidad que no es nueva y que se observa tanto en el desarrollado norte global como en el hemisferio sur; sin embargo, hay un punto de quiebre en la historia reciente que incrementó exponencialmente el descontento social y los niveles de fastidio democrático. Ese episodio fue la crisis financiera de 2008, cuando esos cientos de millones de personas que estaban librados a su suerte, y a los cuales permanentemente se les oponía como argumento oficial la falta de recursos y medios necesarios para asegurarles un mínimo plan de vida, vieron cómo ese mismo sistema, ante el descalabro financiero mundial, la quiebra en serie de bancos internacionales, de empresas y corporaciones, reaccionó inmediatamente y habilitó todos los mecanismos y recursos posibles para que los Estados desembolsaran cifras de dinero impronunciables para rescatarlas; es decir, tenderles esa misma mano que a millones de personas se les venia negando.
En consecuencia, esas mayorías de composición heterogénea –que van desde las clases medias europeas y latinoamericanas hasta aquellas que directamente se lanzan al mar en el norte de África para intentar sobrevivir en otro continente– observaron impávidas cómo es institucionalmente posible “salvar” a un mega banco internacional o una automotriz, pero no a una familia que perdió su casa por la crisis de las hipotecas. Lo sucedido en 2008 fue la estocada final a partir de la cual la sociedad global se desconectó de la vieja democracia liberal, dejando solo una estela de confianza que, como la espuma en el agua, va desapareciendo gradualmente.
Mientras tanto, nosotros –como generación contemporánea a los acontecimientos– nos debatimos en una transición hacia no sabemos dónde. Por el momento sucede lo esperable, lo típico de las salidas por frustración. Por todo esto, debemos asumir el agotamiento natural que el paso del tiempo genera sobre las instituciones y poder reflexionar libremente, no solo sobre los clásicos sistemas políticos y formas de gobernanza, sino también sobre el Estado mismo, y pensar una audaz reforma estructural de los viejos Estados nación antes de que la IA se ocupe de ello por nosotros.