Lo que ocurre en Perú en los últimos días, especialmente luego de transcurrir la primera vuelta electoral el domingo antepasado, parece más bien un retorno a lo que ha sido este país los últimos años.
Por Ociel Alí López
Para RT
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
Después de un interinato de casi cuatro años en el que gobernaron tres presidentes, la situación política parece no haber variado mucho. Los actores siguen siendo muy similares, incluso los mismos. La confrontación tiene características semejantes, los grupos sociales en pugna poseen un equiparable y marcado carácter histórico.
Como se sospechó desde el primer momento, la destitución reiterada de presidentes (haciendo especial mención a los que fueron elegidos por voto popular), la judicialización de partidos que han ocupado el mayor número de escaños, como es el caso de Perú Libre, y el constante "terruqueo" —como se dice en el país andino a la criminalización de los sectores progresistas y de izquierda que pulsan por una transformación de las estructuras coloniales que se mantienen— no han cambiado mucho el panorama social y político del país.
Así las cosas, la tensión que se vive en medio del conteo a cámara lenta y la imprecisión sobre el momento en que se darán los resultados definitivos solo recuerda tiempos previos que no cesan de volver de manera reiterada.
Déjà vu a la peruana
La situación parece la misma debido a varias razones. Primero, porque la candidata de derecha, Keiko Fujimori (Fuerza Popular), heredera del fujimorismo —ese movimiento populista conservador que gobernó desde 1990 hasta el 2000—, pasaría al balotaje por cuarta vez. Es decir, tenemos tres presidenciales donde la hija predilecta de Alberto Fujimori pasa a la segunda vuelta; sin embargo, hasta ahora siempre ha perdido en la misma.
Esto se explica porque su movimiento posee un nicho sólido, muy duro y efectivo, pero de la misma forma cuenta con un alto grado de rechazo que hasta ahora ha sido mayoritario y permite el triunfo de sus competidores, cualquiera sea el signo político de estos.
Pero el déjà vu no se circunscribe a Keiko. Una situación similar vive el movimiento popular, cuyo candidato, el psicólogo Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) —que aparecía relegado en todas las encuestas—, sorprendió como en 2021 lo hizo el presidente depuesto y encarcelado, Pedro Castillo, un maestro desconocido que se impuso montando a caballo, con un lápiz en la mano y un sombrero campechano en la cabeza.
En la segunda vuelta de aquel año, Castillo necesitó más de un mes para que reconocieran su triunfo, que fue escamoteado desde el día uno hasta su destitución, la cual lucía inminente semana tras semana en su accidentada y corta gestión. A pesar de las vejaciones, persecución y represión contra sus seguidores, Sánchez, un miembro de su gabinete, decidió tomar las mismas banderas, no escondió en ningún momento su simpatía por Castillo y logró arrasar en el territorio de confort del movimiento indígena y campesino, en el sur del Perú, para así pasar por encima de otros 33 candidatos, muchos de los cuales contaban con un ingente poder mediático y financiero.
Todo esto ocurrirá si el Jurado Nacional de Elecciones corrobora su pase. Aunque aún falta por contabilizar alrededor de un 7% de las mesas, según los datos oficiales divulgados, el izquierdista va al frente, aunque por poco, dilatando ventajas en la medida que el lejano voto rural es contabilizado. Este segundo puesto puede permitirle ganar la presidencia ya que, si bien su resultado actual ronda los 12 puntos, en su momento Castillo aumentó su votación en más de 30 puntos entre la primera y segunda vuelta, mientras Fujimori tiene un "techo bajo" debido al grado de antipatía que ha demostrado en el electorado en cada evento electoral.
La derecha extrema también se repite
En todo caso, lo que se está mostrando aquí —y este es un retornelo ya histórico— es la separación existente entre el mundo rural y el mundo urbano de Perú, entre los sectores excluidos y las clases incluidas. Lo que le está sucediendo a Rafael López Aliaga (Renovación Popular) también pareciera un "eterno retorno".
Como en 2021, en esta ocasión López quedó de tercero con un porcentaje muy similar (en torno al 10 %), a pesar de que durante los últimos años viene de ser alcalde de la ciudad de Lima y ha contado con un formidable apoyo mediático y financiero. El ultraconservador mantiene sus votos duros en las clases medias y altas, que suelen tener una influencia exagerada en la opinión pública, pero luego en las urnas termina demostrando mucha debilidad.
Otro elemento que recuerda el histórico choque de fuerzas es la manera como ha respondido López, quien ha desconocido el resultado. Sin ningún tipo de pruebas, ha denunciado fraude y ha ofrecido una altísima cantidad de dinero (5.000 dólares) a los funcionarios que den alguna muestra de ello. Aquí, lo similar a la coyuntura de 2021 es la forma reaccionaria como las clases medias y altas responden a la posibilidad de triunfo de un líder que reivindica el mundo de lo popular.
De hecho, el candidato derechista ha planteado que los votantes rurales "no tienen los medios para formarse bien", como una forma de otorgar más valor a sus votos que a los de los sectores rurales donde ha perdido. Durante la campaña había llamado "gente de mierda" a los electores de la provincia de Andahuaylas, donde no fue bienvenido. Muchos de los 'influencers' que le siguen han disparado andanadas de exclamaciones racistas contra los votantes del sur del país una vez han sido sorprendidos por la votación de Sánchez.
Lo que no es igual
Si algo ha cambiado en esta coyuntura electoral, en comparación con las anteriores, es la fragmentación de las opciones electorales, que llegaron a batir récords (35 candidatos a presidente), pero sobre todo, la fusión del malestar en los votos en blanco y nulos, que superaron cómodamente al resultado del primer lugar.
En lo que puede evidenciarse como un mensaje político de hartazgo, el electorado envía un "mensaje a García" que da cuenta de que la pugnacidad no solo no ha muerto, sino que parece prolongarse hasta tanto no haya cambios de fondo en la política peruana.
Otra cosa que no ha sucedido en esta ocasión han sido las grandes movilizaciones populares y la consecuente represión militar y policial como la que hubo en 2022, 2023 y 2024, en la que decenas de manifestantes murieron en su protesta contra el derrocamiento del presidente Castillo y la imposición de un gobierno interino que se prolongó de manera excesiva usando la fuerza.
Esperemos que en esta oportunidad la institucionalidad democrática dé pasos en firme para respetar la voluntad del pueblo peruano y que estas movilizaciones de protesta no tengan que repetirse.