No hay fatality que disimule la carnavalada de disfraces de baratillo, ideas a medio hacer y lugares comunes a los que uno se enfrenta en 'Mortal Kombat II'.
Por Ricardo Rosado
Para Fotogramas
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Que el hambre de palomitas no nuble nuestro juicio: por mucha gracia que nos haga ver en pantalla a personajes del salvaje videojuego de los 90, no hay fatality que disimule la carnavalada de disfraces de baratillo, ideas a medio hacer y lugares comunes a los que uno se enfrenta en 'Mortal Kombat II'.
Secuela directa del entretenido reboot que, en 2021, nos hizo pensar que la franquicia había encontrado su lugar dentro del cine espectáculo macarrónico, esta nueva entrega obvia el salto de calidad del arcade para repetir lo ocurrido con 'Mortal Kombat: Aniquilación' (John R. Leonetti, 1997) y, con el prometido enfrentamiento entre campeones como único aliciente, rinde cualquier intención técnica, artística y narrativa a una papilla de escenas que solo sirven como vehículo de referencias.
Nada queda de la funcional dirección de Simon McQuoid que, ahora, parece ausente en un metraje que comienza a asemejarse peligrosamente a lo que los gurús de la IA entienden como el futuro del audiovisual a la carta: una concatenación sin orden ni concierto de desalmados elementos conocidos.
Es extraño comprobar cómo el nuevo guionista, Jeremy Slater, firma en solitario un libreto que, en otra época, olería a múltiples despachos y plumas. Cuesta entender por qué un solo autor decidiría que casi la totalidad de los chistes de uno de sus protagonistas sea apodar a personajes con nombres de la cultura popular y que, a mitad de la película, uno de los secundarios comience a hacer exactamente lo mismo. De terminarse sabiendo que algunas de estas ideas salen de un chat algorítmico, la sorpresa será minúscula.
La vagancia a la hora de usar las herramientas como pilares –y no como utensilios– nos lleva a disparates como el sinsentido que rodea a Johnny Cage, personaje creado a partir de la nostalgia ochentera y presentado como si aún estuviéramos a principios de los 2000.
Pero el pobre Karl Urban ni siquiera es el peor tratado por una película que, mientras se olvida de que incluye a activos como Joe Taslim y ofrece la peor interpretación de la carrera de Jessica McNamee, solo plasma un informe "torneo" de normas mutantes que termina pareciendo una suerte de continuación de 'Power Rangers: la película' (Bryan Spicer, 1995).