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Opinión y Actualidad

La Conjura de los Necios

La madre de John Kennedy Toole logró publicar esta obra cuando él ya se había suicidado. Por suerte logró que se imprimiera este libro, uno de los mejores que leí en mi vida. Le dieron el premio Pulitzer póstumo, y bien merecido.

Hoy 07:16

Por Mauricio Seigelchifer
Para Página 12

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Un texto lleno de seres mediocres que a veces dan bronca, otras dan ternura, con deseos y aspiraciones de medio pelo. Pero son seres sin poder; por esto tal vez hasta resultan simpáticos.

En Argentina pareciera que este tipo de seres se ha apoderado del gobierno. Las consignas que propugnan son simples y, a veces, indemostrables (o completamente falsas si uno se toma el trabajo de buscar en fuentes fidedignas, cosa que en la mayoría de los casos no se hace).

Se hacen comunes frases como “con la nuestra” (o “la mía”), refiriéndose tal vez a pobre gente sin trabajo que recibe subsidios miserables para, a gatas, comprar lo más básico, si es que alcanza.

Vengo de una familia que se podría calificar como antiperonista. Siempre me contaban que me llevaron, cuando era bebé, en mi cochecito a pasear por Avenida Santa Fe cuando fue la Libertadora. Y crecí con la anécdota de que, en época de Perón, “les regalaban casas a los pobres y hacían asado con el parquet”. Me parecía raro, pero de chico lo tomaba como verdad. Hoy en día, las premisas son muy parecidas.

Ayer fui a cenar a una parrillita, y el señor de al lado le decía a su compañero de cena que la Universidad de Buenos Aires es 450 en el ranking de universidades del mundo. Lo escuchó en algún canal, supongo. Traté de corroborarlo en varias fuentes. El valor que encontré es 84. En ese ranking están universidades como Oxford, Cambridge, Pensilvania, Chicago, etc. Muchas son privadas. Y la Universidad de Buenos Aires es pública y está mal pagada desde hace muchos años (fui ayudante de primera mientras hacía mi tesis doctoral). Y sin embargo, muchos profesores, doctores, científicos y alumnos la eligen o aspiran a ella porque es excelente y gratuita.

Y lo mismo se puede decir de la Universidad Nacional de La Plata, de Quilmes, de San Martín, de Córdoba y de tantas otras.

El señor también decía que, de los que se inscriben, cursa el 10% y se recibe el 1%. ¿De dónde lo sacó? ¿Cuál es su fuente?

Da pena y bronca que un mediocre comentarista deportivo, devenido en gurú político y absolutamente interesado en sus comentarios, afirme que “los estudiantes de las universidades públicas marchan para defender sus privilegios”.

Estudié en colegios primario y secundario públicos, y en la UBA. Luego me doctoré también en la UBA y realicé un posdoctorado en EE. UU. A la vuelta, empecé a trabajar en la industria privada. Participé con otros profesionales (todos de universidades públicas) en la formación de cinco empresas biotecnológicas. Todas siguen funcionando y contratan profesionales, técnicos y personal en general, todos argentinos.

Y resalto esto simplemente porque, si no existiera la educación pública en Argentina, mis padres nunca me hubieran podido pagar un estudio privado, pese a ser de clase media. Y creo que esto es extrapolable a una buena parte de la población. Obviamente, no a toda. Hay padres que ni siquiera pueden soñar con mandar a sus hijos a la universidad; apenas los pueden enviar al secundario. Pero no es privatizando o arancelando universidades públicas, hambreando a sus profesores al desfinanciarlas de manera brutal o cerrándolas como se ampliarán las posibilidades de acceso al estudio de las clases más humildes.

Entonces, una de las premisas de estos necios y mediocres es: ¿para qué estudiar una carrera?, como planteara en su momento una diputada que jerarquizaba el estudio de cosmetología y efectos especiales sobre el de Medicina. Idea ahora repetida por un chico de unos treinta años que, en un canal despreciado por el presidente, pero que aún así se esmera mucho por defenderlo, argumenta que solo aquellos que tengan una increíble vocación deberían dedicarse a la medicina porque es muy sacrificado y se gana poco. Quieren que todos seamos conductores de Uber, repartidores de paquetes o plomeros. Y se naturaliza que un médico no pueda ganar un salario digno. Y es tan digno ser plomero como médico, pero un gobierno no debería fomentar la pérdida de educación.

Efectivamente, un grupo de seres de poco vuelo, que deberían estar participando en los Comic Con, jugando al cosplay o sobreviviendo en concursos televisivos de destreza canina, hoy está en el gobierno. Ellos no tienen el poder. El poder lo tienen otros, más oscuros, más larvados, que se benefician de las prerrogativas que estos seres rastreros les dan. La entrega de los recursos naturales, hidrovías, petróleo, industria nacional beneficia a muy pocos. Solo unos pocos países tienen desarrollo nuclear; Argentina está entre ellos, y estos seres están en camino de desguazarla y malvenderla. Agreguemos el desarrollo en satélites, etc.

El presidente se autotitula candidato al Premio Nobel. Su coautor economista que argumenta que Argentina es un país lleno de riquezas, pero habitado por argentinos. Ese mismo filósofo dejó la dirección de una empresa estatal en la que tenía un sueldo exorbitante, luego de que se descubriera que se usaban las tarjetas empresariales para gastos privados por millones de pesos. Una ambición de Premio Nobel, pero una subestimación total por los científicos, académicos y verdaderos estudiosos o docentes.

En este ambiente de lógica mediocre, un periodista con veinte años de profesión privada, que apenas podía tomarse un taxi, es nombrado vocero presidencial y luego jefe de Gabinete. Y en dos años, como le ocurriría a algún superhéroe que de pronto adquiere un poder inesperado, decuplica su fortuna, viaja por el mundo en jets privados o en primera clase, compra varias propiedades y autos con préstamos de jubiladas, créditos, etc. En algún momento inventará una herencia o un milagro (estos seres son muy creyentes). Pero el origen ya está claro para todos.

Con el argumento de que el ajuste lo pagaría la casta (cosa que era imposible en el momento que se enunció, pero suena mucho más absurda ahora), han hambreado a todo el país. Así que tal vez debería ser un aprendizaje para todos nosotros que aquellos que dicen que van a ajustar a los empleados estatales, que van a “ordenar” y eficientizar la educación pública, que van a hacernos parecer a Irlanda, vienen a hambrearnos a todos, a hacernos pagar los ajustes, a destruir la educación pública y a rematar el conocimiento y la riqueza comunes al mejor postor. Ya lo vimos, y lo volveremos a ver si no lo tenemos en cuenta.

Y se podría decir que es un fenómeno mundial, que en EE. UU., Europa y en países de otros continentes proliferan este tipo de mandatarios. Pero a nosotros nos han tocado los más salvajes, los más despiadados, los más hambreadores e insensibles.

Pero ellos se irán porque van a perder elecciones. Y probablemente, cuando dejen el gobierno, se vayan a algún país sin extradición para evitar los juicios por corrupción que se les vendrán encima cuando no tengan el poder. Pero va a quedar la destrucción que dejaron.

Y será un esfuerzo de todos reconstruirla, desarmar la lógica del “sálvese quien pueda”, volver a tener solidaridad, educación, ciencia, vacaciones, salarios dignos, trabajo, derechos adquiridos. Será un esfuerzo de todos para que, si los Necios se conjuran, la gente normal los resista.