Cobertura especial
Mundial 2026
El misterio sobre su identidad. El 5 de junio de 1989, la plaza de Tiananmén sufría una violenta represión. Al salir los tanques, un joven desarmado desafió los blindados y desapareció.
Capturada en secreto desde los balcones del Hotel Beijing, una fotografía inmortalizó el choque entre la fuerza brutal del Estado y la dignidad de un hombre. Uno solo. En el encuadre, una columna de tanques blindados avanza por la avenida Changan con sus cañones apuntando al frente, pero la maquinaria de guerra se detiene ante una aparición casi fantasmal: un joven, vestido con camisa blanca y pantalones oscuros, plantado firme en medio de la calle con una bolsa de compras en cada mano. Su figura, aparentemente frágil, se convirtió en la contracara de los monstruos de acero que tenía a pocos centímetros.
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
Durante más de dos minutos, el “hombre del tanque” bloqueó el avance militar, moviéndose lateralmente cada vez que el primer vehículo intentaba esquivarlo. Pero no fue todo: hasta trepó sobre el tanque. Toda esa escena quedó registrada por reporteros gráficos y camarógrafos extranjeros que arriesgaron sus vidas para captarlo y para preservar las imágenes de las manos de la policía secreta del régimen: los rollos fotográficos tuvieron que ser escondidos en lugares insólitos, como la cisterna de un inodoro. La imagen sobrevivió y se transformó en el símbolo universal de la resistencia pacífica frente a la opresión.
Aquella icónica postal ocurrió el 5 de junio de 1989, en un Pekín sumido en el terror. Apenas horas antes, el gobierno chino había ordenado una violenta represión militar en la Plaza de Tiananmen para aplastar semanas de protestas estudiantiles que exigían libertad de expresión y reformas democráticas. La brutal opresión del ejército había dejado un saldo incontable de muertos. En ese escenario de censura extrema y miedo, la solitaria acción de este joven se transformó en el grito silencioso de un pueblo oprimido que desafiaba a un régimen que hasta hoy intenta borrar ese episodio de la historia.
Entre la noche del 3 de junio y la madrugada del 4 de junio, la paciencia del Gobierno se agotó y lo demostró de forma sangrienta. Unidades del Ejército Popular de Liberación, equipadas con tanques Tipo 59 y fusiles de asalto, avanzaron hacia el centro de Pekín con la orden de “limpiar” la plaza a cualquier costo. Los manifestantes intentaron levantar barricadas humanas y prender fuego a los blindados, pero fueron amedrentados con fuego real.
Las crónicas de los servicios diplomáticos internacionales y de la Cruz Roja estimaron que la represión causó cientos, e incluso miles de muertes civiles. Aquella masacre quebró el espíritu de la ciudad, dejando las avenidas principales teñidas de sangre e imponiendo silencio bajo el control absoluto de las fuerzas armadas.
Los hospitales cercanos colapsaron en pocas horas, con médicos trabajando a oscuras y bajo la amenaza de ser arrestados por atender a los manifestantes heridos. En los callejones cercanos a la avenida Changan, las ráfagas de ametralladora continuaron hasta el amanecer, persiguiendo incluso a civiles que intentaban recuperar los cuerpos de las víctimas. Para la mañana del 4 de junio, la histórica plaza estaba completamente desierta de estudiantes, ocupada únicamente por carpas aplastadas, restos de barricadas humeantes y los tanques del ejército estacionados en fila para intimidar a la población.
Los reporteros gráficos que lograron la fotografía del siglo
A la mañana siguiente, el 5 de junio, Pekín amaneció bajo un control militar absoluto. Los periodistas extranjeros tenían prohibido salir a las calles bajo amenaza de arresto. Su único refugio seguro era el Hotel Beijing, ubicado estratégicamente a unos 200 metros de la avenida Changan. En los pisos más altos de ese complejo, cinco reporteros gráficos se ocultaban de los servicios de inteligencia del Estado chino para documentar el horror que pasaba delante de sus ojos.
Uno de ellos era Jeff Widener, de la agencia Associated Press. Había sido herido al recibir una pedrada en la cabeza el día anterior y tenía síntomas de gripe severa. “Tras estar al borde de la muerte y sentirme como si tuviera gripe, dormí casi todo el 4 de junio. Pero al llegar a la oficina de AP en un complejo diplomático, tenía un mensaje de la sede de la agencia en Nueva York pidiéndome que fotografiara la Plaza de Tiananmen ocupada. Fui en bicicleta al Hotel Beijing, cerca de la plaza. Estaba aterrorizado. El trayecto, de unos 3,2 kilómetros, fue muy peligroso. Había vehículos calcinados en la calle y bicicletas destrozadas por los tanques. Oía disparos por todas partes y sabía, por otras fuentes, que agentes de la policía secreta, vestidos con monos blancos, estaban atacando a los periodistas con porras eléctricas“, contó durante una entrevista con el Blog do Acervo.
Luego contó cómo hizo para que no descubrieran que era reportero gráfico: “Escondí la cámara en mi campera y el rollo en mi ropa interior. Al acercarme al hotel, vi a cinco o seis policías de incógnito. En el oscuro vestíbulo, vi a un estudiante de intercambio estadounidense llamado Kirk Martsen. Fingí conocerlo y, susurrando, le expliqué la situación y le pregunté si podía llevarme a su habitación. Aceptó, y los guardias de seguridad que se acercaban pensaron que yo estaba con Kirk, así que se alejaron. En el ascensor, Kirk me dijo que había tenido suerte porque diez minutos antes un camión lleno de soldados había disparado contra los huéspedes del hotel en el vestíbulo. Sus cuerpos habían sido arrastrados de vuelta al interior del hotel”.
Imagen de Jeff Widener
Widener se quedó en la habitación con el estudiante y, por el cansancio y estrés, se quedó dormido. Mientras descansaba, como en sueños escuchaba los ruidos de afuera y corría al balcón para fotografiar algunas escenas impactantes. “Me quedé sin película y le pregunté a Kirk si podía conseguirme más de algún turista. Aceptó y regresó con un solo rollo de película Fuji de 100 ISO en color. Lo cargué en mi cámara, que tenía un fotómetro automático. Cuando oí la columna de tanques que bajaba por la calle, volví al balcón del sexto piso y preparé mi objetivo para la foto. De repente, apareció un hombre en la calle agitando bolsas de la compra. Me molesté y le dije a Kirk: ‘Va a arruinar mi composición’. Kirk gritó: ‘¡Lo van a matar!’. La escena estaba muy lejos, así que corrí a la cama y añadí un teleconvertidor, que duplicó la distancia focal de mi objetivo a un monstruoso teleobjetivo de 800 mm. Compuse la toma mientras se oían disparos en el bulevar Changan".
Hizo tres exposiciones manualmente y aún no se daba cuenta de qué tenía enfrente mientras inventaba técnicas para lograr la toma. “Me sorprendió ver que la velocidad de obturación era de 1/30 de segundo, increíblemente lenta para obtener una imagen nítida. La imagen saldría muy borrosa. Molesto por mi error, intenté averiguar qué había fallado. Cuando me di cuenta de que estaba usando una película con un ISO (sensibilidad) más bajo de lo habitual, el hombre fue arrebatado por los curiosos. Kirk me preguntó si había conseguido la foto, y le respondí que no. Pero algo en mi interior me decía que con una sola toma podría haber salido bien. A veces, los fotógrafos tienen una corazonada, y mi presentimiento era correcto. ¡Milagrosamente, una sola imagen fue suficiente! Después de todo, Kirk arriesgó su vida para pasar de contrabando la película a la oficina de AP, pasando junto a varios soldados en la calle. Las imágenes se transmitieron a Nueva York, y pude mostrar la increíble valentía de ese héroe anónimo", recordó.
El valor del “hombre del tanque” no se limitó a pararse firme frente al plomo. En los videos que luego fueron emitidos por las cadenas internacionales de televisión, se ve que además de esquivarlo moviéndose de un lado al otro, el joven corrió lateralmente para cortarle el paso. Muestra una agilidad sorprendente.
No fue todo: en un momento de extrema tensión, se trepó al primer tanque blindado y pareció increpar directamente al conductor del vehículo, exigiéndole que abandonara la ciudad y detuviera la matanza. Sus ademanes lo demuestran. Se quedó un rato y luego se bajó de un salto. Ágil. A los segundos, un ciclista advirtió su valor —también locura— para hacer lo que estaba haciendo y se acerca para hablarle. Otras dos personas vestidas de azul se acercan con más convicción de sacarlo de allí. Ya se había arriesgado demasiado: lo tomaron del brazo de un tirón y casi lo arrastraron de la escena.
Co el tiempo, comenzaron los análisis fotográficos para intentar saber qué lleva en las manos. Dedujeron que las bolsas contenían pan o verduras, lo que sugiere que era un vecino del barrio que simplemente había salido a comprar comida y se topó con el regreso de la columna militar.
Desde que lo sacaron del lugar —terminó entre la multitud que estaba a los costados—, no se supo de él. Su paradero se convirtió en uno de los secretos de Estado mejor guardados de todo el mundo. Los servicios de inteligencia del Reino Unido y la prensa de Hong Kong barajaron inicialmente el nombre de Wang Weilin, un joven estudiante de 19 años, pero esa identidad jamás pudo ser corroborada de manera científica o judicial.
En los años posteriores, el Gobierno chino utilizó las imágenes televisivas para realizar propaganda política interna, argumentando que el video probaba “la tremenda moderación” de su ejército al no aplastarlo. Cuando la periodista estadounidense Barbara Walters le preguntó directamente al líder chino Jiang Zemin por el destino del joven en 1990, el mandatario respondió de forma sarcástica: “Creo que nunca fue asesinado”. Su intérprete aclaró que el régimen no podía confirmar si el hombre había sido arrestado o no.
Pero se abrieron versiones y detalles entre quienes creen que fue ejecutado semanas después en prisiones clandestinas y quienes aún tienen la esperanza de que logró camuflarse en el anonimato rural de China.
La falta de registros oficiales o testimonios familiares directos alimentó diversas teorías durante todos estos años. Además, algunos analistas sugieren que las dos personas que lo retiraron de la avenida no eran ciudadanos rescatistas, sino agentes de seguridad vestidos de civil que procedieron a su arresto inmediato y discreto.
La imagen del “hombre del tanque” redefinió el lenguaje de la resistencia pacífica, lo que llevó a la revista Time a incluir a este hombre anónimo en su lista de las 100 personas más influyentes del siglo XX, mientras que el régimen chino desplegó una agresiva campaña de censura digital para borrar el episodio de la memoria de las nuevas generaciones.
Por otro lado, este impacto histórico también consagró el arriesgado trabajo de los fotorreporteros que capturaron la escena: Charlie Cole fue galardonado con el prestigioso premio World Press Photo del Año en 1989 por su captura de los tanques frenados, mientras que la icónica toma de Jeff Widener para Associated Press fue seleccionada como finalista del Premio Pulitzer en 1990 en la categoría de Fotografía de Noticias de Última Hora.
Ambas fotografías, junto con los registros de sus colegas, permanecen hoy en los museos y archivos internacionales como los máximos símbolos visuales de la lucha por los derechos humanos frente a la opresión estatal.