"Supergirl" cumple, pero lo hace por debajo de lo deseado, emulando a los títulos que dilatan franquicias sin destacar por nada demasiado bueno ni malo.
Por Ricardo Rosado
Para Fotogramas
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
Mientras el pantagruélico universo vecino sigue expandiéndose en busca de su inevitable autodestrucción, un jovencísimo sol amarillo templa los corazones de los fanáticos de DC. O al menos así lo sentimos quienes recuperamos fuerzas con la presentación que James Gunn, responsable de esta nueva era de dioses y monstruos, hizo del obligado cabeza de cartel. Su 'Superman' fue una declaración de intenciones metanarrativa, una producción que no se escudaba en la ambigüedad de un héroe intocable para, obligado por el contexto en el que se estrenó, tomar partido y atreverse a convertirse en el mejor humano posible.
Por el camino, su autor entregó una obra que respiraba, ofreciendo no solo una pieza para construir un mecanismo más complejo, sino una historia que abordaba un tema para desarrollarlo hasta hacerlo pasar por su propia alma. Esa sensación, la de volver a ver uno de esos artilugios que en el cine comercial antes conocíamos como "películas", resultó tan refrescante que pensamos que sería difícil desviarse de un camino que, una vez descubierto, parecía tan claro. Y sin embargo, 'Supergirl' parece empeñada en buscar una vieja senda que ya demostró no llevar muy lejos.
Una estupenda Milly Alcock se entrega en la mejor encarnación del personaje, una versión de Kara Zor-El que, imaginada por Tom King en 'Supergirl: la mujer del mañana', actualiza la figura de la prima del penúltimo hijo de Krypton para convertirla en una joven que, trauma mediante, se bebe la galaxia buscando soles rojos que le permitan adquirir una vulnerabilidad con la que embriagarse a placer. La suerte quiere que se cruce en su camino Ruthye (Eve Ridley), una joven que busca vengar la muerte de su padre a manos de Krem de las Colinas Amarillas (Matthias Schoenaerts), violento pirata espacial que, en su huida, envenena al peludo Krypto.
Esa carrera a contrarreloj en busca de represalias y antídotos sirve de excusa a Ana Nogueira, principal guionista, para fundamentar una trama que nunca termina de encontrar otro propósito que llegar a su propio final. De motivaciones cambiantes, sus desdibujados personajes funcionan cuando el espectador decide asirse a las convenciones del género más conocidas, pero se desmoronan si se pregunta si las acciones de unos y otros están justificadas por algo más que la inercia narrativa. Algo parecido ocurre con el uso de la kryptonita, clásica solución perezosa para debilitar narrativamente a Superman que, a lo largo de este metraje, reitera su dinámica hasta en cuatro ocasiones, marchitando y recuperando a la protagonista cada media hora.
Esta desidia argumental llega hasta los atropellados flashbacks kryptonianos y al fan service con forma de Lobo, el brutal cazarrecompensas encarnado por Jason Momoa convertido en un llamativo parche en un libreto que, por forzar estos elementos, hace que luzcan a metraje extendido de una edición que (todavía) no habíamos pedido.
Una lástima que esto ocurra en una obra supervisada por Gunn, autor que supo hacer en su trilogía de 'Guardianes de la galaxia' todo lo que Craig Gillespie pretende emular a medio gas. Pese a lo entretenido de la propuesta, a la agradecida colección de alienígenas y al acierto absoluto que suponen Alcock, Ridley y Schoenaerts en sus papeles protagonistas, 'Supergirl' cumple, pero lo hace por debajo de lo deseado, emulando a los títulos que dilatan franquicias sin destacar por nada demasiado bueno ni demasiado malo.
Para fans de la ciencia ficción colorista que cuenten con voluntad de acero.