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Un estudio reveló un posible vínculo entre la pastilla anticonceptiva y el aumento del apetito

La investigación analizó a más de 400 mujeres y encontró un patrón que reabre el debate sobre los efectos secundarios del anticonceptivo hormonal.

Hoy 10:32

Hay un efecto secundario de la píldora anticonceptiva que casi nunca aparece en el prospecto ni en la consulta médica: la tendencia a comer más cuando aparecen emociones negativas.

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Ahora, un estudio publicado en JAMA Network Open encendió una alarma discreta pero importante sobre este vínculo que venía siendo ignorado por la ciencia durante décadas.

La investigación fue dirigida por Kelly L. Klump, doctora en psicología de la Universidad Estatal de Michigan, Estados Unidos, y siguió durante 49 días consecutivos a 422 mujeres de entre 15 y 30 años. Cada noche completaron cuestionarios sobre:

  • su alimentación
  • su estado de ánimo
  • y su preocupación por el peso y la imagen corporal.

Los resultados fueron consistentes: durante los días en que tomaban las pastillas con hormonas activas, las participantes reportaron comer de forma significativamente más frecuente por razones emocionales que durante la semana de pastillas inactivas o placebo.

La explicación que proponen los investigadores tiene que ver con la combinación de estrógenos sintéticos y progestina que contiene la píldora combinada —el tipo más común— y su efecto sobre los sistemas de recompensa del cerebro.

Esos circuitos controlan los antojos y el placer asociado a comer. Cuando ambas hormonas están elevadas al mismo tiempo, como ocurre en la fase posterior a la ovulación del ciclo natural, estudios en animales de hace más de cuatro décadas ya mostraban un aumento en la ingesta de alimentos.

Las pastillas combinadas reproducen artificialmente ese estado hormonal durante toda la fase activa del blíster. “Las hormonas sintéticas presentes en las píldoras anticonceptivas combinadas pueden activar los sistemas de recompensa del cerebro de forma que aumenten los antojos”, señalaron los autores, aunque aclararon que se trata todavía de una hipótesis que requiere más estudio.

Un dato que los investigadores se encargaron de aclarar: el aumento en la ingesta emocional no se debió simplemente a que las mujeres se sintieran peor durante los días activos. Las emociones negativas fueron controladas en el análisis y el patrón se mantuvo de todas formas. Tampoco hubo cambios en la preocupación por el peso o la imagen corporal, según el tipo de pastilla tomada.

Comer por emociones —es decir, recurrir a la comida frente a estados de ansiedad, tristeza o estrés, más que ante el hambre real— es uno de los factores de riesgo reconocidos para el trastorno por atracón. Este trastorno, que implica consumir grandes cantidades de comida en poco tiempo con sensación de pérdida de control, es uno de los más frecuentes entre mujeres y se relaciona con depresión, consumo de sustancias y complicaciones físicas serias.

El estudio también incluyó a 51 mujeres con episodios de atracones clínicamente definidos. El patrón general fue similar, aunque el subgrupo era pequeño y los autores advierten que ese resultado debe considerarse exploratorio.

Uno de los hallazgos más llamativos del trabajo no estaba planeado. Durante el segundo ciclo de seguimiento, los niveles de alimentación emocional bajaron respecto al primero, a pesar de que la exposición hormonal era exactamente la misma. Los investigadores sospechan que el simple hecho de completar cuestionarios diarios —una técnica conocida como automonitoreo— pudo haber generado más conciencia y frenado la impulsividad a la hora de comer.

El automonitoreo ya se usa como estrategia inicial en programas de tratamiento para los atracones. Klump y su equipo plantean que podría valer la pena que médicos y pacientes discutan esta dinámica de forma directa, algo que hoy casi no ocurre en los consultorios.

Las pastillas anticonceptivas se encuentran entre los medicamentos más usados en el mundo. Para la mayoría de las mujeres, la conversación sobre efectos secundarios gira en torno a dolores de cabeza, cambios de humor o presión arterial. Este estudio sugiere que quizás habría que sumar una pregunta más a esa lista.