Querido lector, esta vez escribo mi nota esperando que esté festejando el triunfo scalonético (con un aplauso para la dignísima Selección de Cabo Verde) y preparándose para enfrentar a Egipto (donde espero que pese la historia, y me refiero a la futbolística, no a la faraónica).
Por Marcelo Rudaeff (Rudy)
Para Página 12
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El 4 de julio, fue el Día de la Independencia. No el de la nuestra, sino el ID4 (¿se acuerda de esa peli en que los yanquis se hacen cargo de representar a todos los terráqueos y derrotar a los extraterrestres que venían a implantar totalitarismos, quedarse con nuestras hamburguesas y apropiarse del derecho de los norteamericanos a decidir qué pasaba y qué no en este planeta?).
O sea: Estados Unidos festeja la independencia; los demás, la dependencia. “Uy, Rudy, estás siendo ideológicamente incorrecto”, podría decir usted, y quizás no está mal que lo diga, mientras paladea una hamburguesa McCaputo con cuatro capas de grasa, toma una cerveza Trumpwaiser y apuesta 100 dólares –que pedirá prestados– a que la próxima propaganda va a ser de un jugador de nuestra Selección que explica que para ser campeón hay que comer productos con exceso de grasa, harinas y productos químicos disfrazados de cheddar o kétchup, y que tomar cerveza es la mejor manera de conservar la lucidez mientras se juega al fútbol. ¡Acertó, acertó!
Volviendo a Estados Unidos, pareciera que está haciendo con el fútbol lo que el Imperio romano hizo con la religión griega y con la cristiana: adaptarla a su gusto y después proponerla al resto del mundo como la verdad. Porque ellos, te guste o no te guste, te integran (bueno, no; si no te gusta, te desintegran).
Recuerde el lector, por ejemplo, que ya en el Mundial ’94 habían propuesto que el partido tenga cuatro tiempos en lugar de dos, para que haya más pausas en las que poder vender ¡hamburguesas, cervezas y apuestas! No tuvieron éxito esa vez, pero ahora sí. Las famosas pausas de hidratación sirven para que los jugadores consuman un poco de agua, y usted y yo un poco de publicidad.
También propusieron ser la sede del Mundial 2038, o sea dentro de 12 años, pero… si se llegara a designar otro país, por favor que avisen con tiempo, para poder invadir, destruir y reconstruir ese país (con algunos estadios de fútbol), que de esa manera formaría parte de los Estados Unidos. Quizás el mal recuerdo de aquel “yanquis go home” de los 60 obtenga como respuesta “the whole world is our home” (o sea, “todo el mundo es nuestra casa”), y al que no le gusta, lo reconvertimos.
Podrá decir usted que no me extralimite, que al fin y al cabo a Estados Unidos en este momento lo maneja un argentino (en fútbol, claro), y tendrá usted razón, pero también es cierto que a la Argentina –como ya dijimos con Daniel Paz– la maneja un norteamericano (no en fútbol, claro).
Y si usted separa el fútbol de la política, tiene razón, en parte y por suerte, porque si hiciéramos con el fútbol lo que hacemos con la política, nuestros adversarios mirarían azorados cómo nos hacemos una extraordinaria cantidad de goles en contra, no dejamos jugar a nuestros mejores jugadores, postergamos a los jóvenes habilidosos e intentamos “la individual”…, hasta que algún rival nos saca la pelota, que en realidad le cedemos gentilmente porque no queremos hacer un gol a favor, sino evitar que lo haga otro jugador de nuestro propio equipo. ¡Gracias, Scaloneta, por ser diferente a esto!
Mientras tanto, el multigastado exvocero en Jefe se ha retirado a sus aposentos, aunque no sabemos a cuál de los muchos que tiene.
Mientras tanto, un sector del oficialismo juega a ser opositor, y un sector de la oposición juega a quién la tiene más progre.
Mientras tanto, cada vez más gente llega más rápido a fin de mes.
Mientras tanto, cada vez más personas jubilan a su propia neurona en beneficio de la IA, las “redes sociales” y los prejuicios imperantes de todo signo.
Mientras tanto, se ejerce la violencia en nombre del derecho, y el odio se naturaliza.
Y todo eso, en los tres minutos de la pausa de hidratación, porque después ¡sigue el partido!