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Opinión y Actualidad

Crítica de "Hombres de acero"

Tom Blyth y David Jonsson son los jóvenes protagonistas que mantienen un tremendo duelo interpretativo en el espectacular debut en el largo de Cal McMau.

Hoy 07:14

Por Fran Chico
Para Fotogramas

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El impresionante debut de Cal McMau tras curtirse en la publicidad, el videoclip y el cortometraje presenta el sistema de prisiones como una burbuja sin escapatoria donde la violencia, la droga y los pequeños rituales de poder parecen ocupar el espacio que deja la ausencia de  futuro. Cuerpos jóvenes rechazados por la sociedad atrapados en  una lógica donde la masculinidad todavía se mide con amenazas e intimidaciones. McMau construye esa atmósfera opresiva sin necesidad de recurrir constantemente a grandes estallidos: la amenaza se filtra por los pasillos, las conversaciones aparentemente triviales y los silencios compartidos en una celda demasiado pequeña.

El uso del vídeo vertical, grabado con móviles, refuerza esa sensación de realidad cruda e inmediata, casi documental, como si estuviéramos accediendo a unas imágenes que nunca deberían haber salido de allí. Una decisión formal que borra la cómoda distancia entre quien mira y lo que está ocurriendo, y convierte al espectador en testigo involuntario de un mundo regido por el miedo.

Ahora bien, lo que termina elevando 'Hombres de acero' por encima del retrato carcelario más trillado es el tremendo duelo interpretativo de sus dos jóvenes protagonistas, Tom Blyth (31) y David Jonsson (32). Hay en ellos una tensión eléctrica, una mezcla de fragilidad y arrogancia, de miedo y desafío, que sostiene toda la historia por encima de sus maneras de película de mafia. Son personajes opuestos dentro de una suerte de buddy movie sin el menor atisbo de comedia. Dos hombres obligados a convivir y a reconocerse en el otro cuando hacerlo puede resultar peligroso. Blyth y Jonsson encuentran en los silencios, los titubeos y las miradas esquivas aquello que el guion no necesita verbalizar. Es precisamente ahí, en esa intimidad incómoda y siempre amenazada, donde aparece la mínima humanidad que todavía resiste —esperemos— bajo la brutalidad cotidiana.

Para perder la fe en el sistema penitenciario y en la reinserción.