Alan Ritchson encabeza el reparto de este thriller de venganza, dirigido por Potsy Ponciroli, en el que el diálogo se reduce a cinco frases escuetas y el peso dramático recae sobre la carne, el acero y el vinilo.
Por Antonio Trashorras
Para Fotogramas
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La premisa es tan fanfarrona como atrayente: un thriller de venganza donde el diálogo se reduce a cinco frases escuetas y el peso dramático recae sobre la carne, el acero y el vinilo. Un géiser de testosterona con coreografías de violencia que respiran sinfonismo y 'grindhouse' a partes iguales y donde un prota macizo cual carrocería retro se ve atrapado en la telaraña de un capo chungo. Todo exuda fetichismo estilístico: neones grasientos, cochazos, pelucones y una selección musical digna de un 'GTA' setentero. Tanto el problema como la virtud radica en cuanto de artificio transpira conscientemente.
Eliminada la cháchara, lo que queda es puro gesto y movimiento. A veces funciona como un armatoste viejo y fiable; otras, el vacío se llena de clichés cercanos a la parodia. Aun así, prima cierta pulsión bruta que no pide perdón por sus excesos ni por sus limitaciones. Como un single de rock 'garajero': ruidoso, primario y, a la postre, extrañamente liberador. No reinventa el género, pero lo hace rugir con una furia analógica que, aun desde su condición de sucedáneo, puede resultar catártica.
Para degustadores del pulp real, sin ironías.