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Opinión y Actualidad

Derrota cultural mileísta

El Mundial dejó varias lecturas, tanto futbolísticas como políticas.

Hoy 06:51

Por Juan Carlos Junio
Para Página 12

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Resulta inevitable que el evento más multitudinario del planeta, cuyos principales protagonistas representan a naciones, sea caja de resonancia de la realidad geopolítica y la Historia. Aunque se lo pretenda negar, más allá de que la Copa del Mundo se ha ido transformando en un negocio inconmensurable, genera unión entre las naciones y sus pueblos, que va más allá de la personalidad de un presidente y la política exterior del país organizador. El Mundial desnudó la impunidad megalómana y despótica de D. Trump, el humillante destrato a la Selección Iraní, las denuncias del genocidio en Palestina, con banderas en calles y estadios, la reivindicación al asesinado líder anticolonialista africano Patrice Lumumba y la bandera de Malvinas desplegada por la Scaloneta, eludiendo en una patriótica gambeta tanto la prohibición de la FIFA como el dócil acatamiento a dicha medida del gobierno ¿nacional?

En un sentido político, se aprecia claramente que, durante el Mundial, el gobierno vernáculo no hizo más que meterse goles en contra. El mileísmo, en vez de aprovechar el aire distractivo, especulando que la población momentáneamente recibía un bálsamo de alegría frente a la malaria económica, no hizo otra cosa que estrellarse contra el muro de identidad nacional del pueblo argentino. No fue solo la bandera malvinense, sino también la declaración de “Licha” Martínez: “no le podíamos fallar al pueblo argentino”, en una expresión cargada de sentido. Por una parte, de afirmación: todo el pueblo tiene un sentimiento profundamente arraigado de que las Malvinas son argentinas; y, por otra, de negación a la potencia colonial que usurpa nuestro territorio. En la guerra infame, el dictador Galtieri y Margaret Thatcher consumaron un crimen, como el hundimiento del General Belgrano y la consecuente muerte de nuestros 323 tripulantes. A todo eso “no le podían fallar” los jugadores. Tampoco a la memoria de Diego, el rebelde del fútbol, y al recuerdo de sus dos goles a los ingleses.

Sorprende. Cualquier gobierno hubiese tenido la suspicacia de subirse a la Scaloneta o bien callar. Pero Milei no pudo ocultar su rabia, propia de su prothatcherismo, ante el gesto rebelde de la Selección Argentina, quizás el simbolismo político más importante de los últimos 40 años en torno a nuestro reclamo soberano. Batalla y derrota cultural de un presidente que jamás leyó a Gramsci. Por el clima malvinero anticipayo, el Gobierno debió posponer el tratamiento del proyecto eufemísticamente denominado “inviolabilidad de la propiedad privada”, que convoca a la extranjerización y concentración de la tierra en Argentina. No se engañen con justificaciones autocomplacientes. Los que voten esa ley infame serán partícipes de un acto de claudicación histórico ante los magnates extranjeros, ávidos por colonizar nuestras riquezas naturales. En esas tierras generosas, formarán enclaves con sus leyes, ejércitos privados y banderas. Enviarán a sus matrices lo extraído de las entrañas de nuestras tierras, que se usarán para fabricar los productos más modernos en materia de comunicaciones, armamentos, satélites, centros de datos, etc. Los dólares los remesarán a sus bancos, o bien a guaridas fiscales en sus islotes, que gozan de todo tipo de inmunidades. Capitalismo neocolonial en estado puro.

Pero habría mucha más batalla cultural. La bandera desplegada en el estadio fue vista por cientos de millones de habitantes del planeta, afirmando ante el mundo que esta causa es irrenunciable, arruinando la campaña inglesa, cuyo propósito es siempre instalar la idea de que la soberanía de Malvinas es un tema terminado.

Por estas latitudes, el Presidente declara que las Malvinas son inglesas y son los kelpers quienes deberían decidir de qué país quieren ser parte. En tanto, Patricia Bullrich, en su afán por diferenciarse de su propio gobierno, corrió a fotografiarse con un termo con la imagen de las Malvinas cuando en 2021 hizo lobby a favor del laboratorio norteamericano Pfizer, sugiriendo que se podía llegar a un acuerdo entregando las Malvinas a cambio. Para completarla, Milei, admirador de la criminal de guerra M. Thatcher, celebra el 4 de Julio norteamericano más que el 9 de Julio nacional y pretende que Argentina fabrique solo dulce de leche e importe todo lo demás.

La avanzada cultural que Milei y Trump necesitan para legitimar la entrega recibió un trompazo. La sobredosis de colonialismo esta vez fracasó. Cuando Milei reacciona en respuesta a nuestros jugadores, afirmando que “Las Malvinas se recuperan con diplomacia sabia y no con gestos de patrioterismo baratos, berretas”, se pone en contra de todo sentimiento nacional de la casi totalidad de los habitantes del país. La “diplomacia sabia” del Presidente no logra ni una mención en los medios ingleses. Sí lo hizo el gesto de la Selección.

Milei pregona el lema thatcheriano de “la sociedad no existe, solo existe el individuo”. En clave geopolítica significa que la nación no existe, solo el poder de las grandes corporaciones. De esa concepción nacen también las declaraciones del vocero Ravier, quien, continuando con la soberbia de Adorni, llega a la zoncera de decir que la morosidad de las familias argentinas se debe a que “no saben manejar sus propios ingresos y obligaciones”, ocultando que la imposibilidad de afrontar sus deudas en realidad se debe a las políticas del actual gobierno, que redujo los salarios, transformó las tarifas de los servicios en impagables y destruyó 30 mil empresas argentinas. El portavoz se propone instalar una de las principales ideas de la batalla cultural mileísta: todo es culpa de cada individuo. Si uno se queda sin trabajo es por su culpa; si gana poco o si está desempleado, no logra acceder a la salud, la cultura o la educación, también. Es ese individualismo extremo conceptual el que necesita que no haya una idea de nación como colectivo social y cultural, con sus inherentes conflictos sociales, que solo pueden resolverse con políticas públicas de redistribución del ingreso, a través de un proyecto de desarrollo productivo sustentado en el mercado interno, derechos laborales, salud y educación pública, con un Estado que administre nuestros valiosísimos recursos naturales. Ojalá que el Mundial haya contribuido a que las mayorías piensen en esta clave. Fue una gran derrota de los que intentan vaciarnos de identidad nacional y emoción colectiva.