La pregunta que dejó flotando la tragedia escolar de San Cristóbal.
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En la mesa están los tres. La comida servida, los celulares dados vuelta, una rutina que intentan sostener. “¿Cómo te fue hoy?”, pregunta la madre. “Bien”, responde Beltrán, sin levantar demasiado la vista.“¿Tenés tarea?”, insiste el padre. “Sí, después la hago”. La conversación no avanza mucho más. “A veces siento que vivimos en piloto automático. Le preguntamos cosas, pero no sabemos si de verdad lo estamos escuchando”, dice Mariana, madre de este adolescente de 15 años. “No sé cómo entrar. No sé cómo hacer para que nos cuente lo que le pasa. Lo vemos bien, pero en realidad, sabemos poco sobre cómo se siente, sobre quién es en su grupo”, dice la mamá.
Durante años, esa escena fue leída como parte del paisaje cotidiano de esta etapa de la vida. Una adolescencia que responde poco, adultos que insisten con preguntas prácticas, una convivencia que se organiza en torno a horarios, obligaciones y acuerdos mínimos. Pero en la última semana, el impacto por lo ocurrido en San Cristóbal, Santa Fe, donde un estudiante entró armado al colegio y mató a un chico de 13 años e hirió a varios más, esa dinámica empezó a mirarse con otros ojos. ¿Cómo nos comunicamos? ¿Cómo leemos esos síntomas de que algo no anda bien, cuando sólo nos responde con monosílabos? Estas son algunas de las preguntas que atormentan a los padres.
“Cuando pasan estos hechos tan extremos, aparece la pregunta incómoda: ¿qué sabíamos de ese chico?, ¿qué lugar tenía para hablar?, ¿qué adultos estaban disponibles para escucharlo?”, plantea la psicóloga Marina Manzione, especializada en adolescencia y miembro del Equipo Pionero de San Isidro, que durante la pandemia realizó un monitoreo sobre el estado emocional de los adolescentes. Y agrega: “Es una etapa crítica, y lamentablemente el diálogo de padres e hijos está debilitado o muchas veces es inexistente. Hay que reconstruir la conexión emocional, que es lo que hace que el vínculo sea funcional y permita salir al mundo de una forma saludable. Lo difícil en esta etapa es generar ese diálogo con los adolescentes. Hay que crear la distancia óptima, ni muy lejos ni muy cerca”.
Esa distancia, explica, supone un equilibrio delicado. “Que el adolescente sienta la posibilidad de crecer, generar autonomía, diferenciarse de los padres, pero a la vez sentirse lo suficientemente cerca para pedir ayuda”. No siempre es sencillo. “Si en la infancia no se generó esa conexión emocional es más difícil, pero no imposible”, advierte.
Lo que sí parece haberse vuelto frecuente es que el diálogo quede reducido a un plano operativo. “Hoy los horarios y las tareas dejan el diálogo en un plano organizacional y funcional. Sirve para coordinar. Incluso cuando se ponen límites se habla de horarios, de tiempos, pero no se va más allá. No se los ayuda a pensar en las consecuencias en las decisiones que toman cuando están solos. La conexión implica otra cosa”, dice Manzione. Y pone un ejemplo concreto: “Cuando son chicos, implica que el padre deje las pantallas y todo y se tire a jugar. Pero cuando son más grandes, también. Ese es el lugar donde se crea la conexión”.
“Se sienten juzgados”
La escena que describe Mariana, la madre de Beltrán no es una excepción. Según un estudio de Unicef sobre crianza y vínculos, menos del 40% de los adolescentes sienten que pueden hablar con sus padres de los temas que realmente les preocupan. “La presión social, las relaciones con otros, son temas que dan vueltas en sus cabezas, pero no tienen la conexión y la seguridad para hablar con sus padres. Se sienten juzgados, y eso es malo porque evitan abrirse”, señala Manzione.
Esa sensación de estar bajo juicio por lo que dicen o piensan, aun cuando los adultos creen estar actuando desde el cuidado, puede ser una barrera invisible. “Siempre miramos desde el amor, pero a veces, cuando se sienten juzgados, ese amor no llega”, resume.
En ese punto, el diagnóstico se amplía. Gala Díaz Langou, directora del Panel Internacional para el Progreso Social (IPSP) y ex directora ejecutiva de Cippec, considera que lo ocurrido en Santa Fe no puede leerse como un hecho aislado. “La violencia que estamos viendo es la punta más visible de un problema mucho más profundo: el deterioro del tejido social. Los vínculos están en crisis”, afirma. Y agrega: “Lo que aparece como episodios extremos es, en realidad, la manifestación de un proceso más amplio de desafiliación, de pérdida de pertenencia y de debilitamiento de los lazos que nos sostienen como sociedad”.
En ese proceso, advierte, están fallando las instituciones primarias de socialización. “La familia y la escuela”. En la familia “están cambiando, tanto en su morfología como en su naturaleza”. Hoy las familias son más chicas, más gente vive sola y menos personas quieren ser padres. Y aunque no hay evidencia sistemática sobre la evolución de los vínculos en los años en los que bajó la natalidad, sí hay indicios claros: “Distintos estudios sugieren que su calidad está fuertemente asociada a las condiciones socioeconómicas: a mayor vulnerabilidad, mayor fragilidad de los vínculos”.
La escuela, por su parte, también atraviesa tensiones. “Su rol excede lo académico: es un ámbito central para la construcción de vínculos, de normas compartidas y de sentido de pertenencia. Sin embargo, asistimos a una crisis de legitimidad y a una pérdida de prestigio de la función docente”, explica. También a un aumento del abandono escolar.
Un lugar para sentirse seguro
En el medio, los adolescentes intentan encontrar respuestas a preguntas que nadie hace en voz alta. “Cómo encontrar un lugar entre los pares para sentirse seguro. Cómo los pares se pueden convertir en una amenaza”, describe Manzione. Y advierte: “El que hace bullying y el que lo sufre son dos expresiones de un mismo problema. La carencia, el descuido, la desconexión emocional entre el mundo adulto y los adolescentes”.
Tomás tiene 16 años y lo explica con otras palabras. “A veces no querés contar cosas porque sentís que no te van a entender o que te van a retar. Entonces te lo guardás o se lo contás a un amigo”, cuenta. Y agrega: “Hay temas que ni da hablarlos en casa. Tipo si te peleaste con alguien o si te sentís mal con tu grupo. Es como que no sabés por dónde empezar”.
Ese silencio no siempre es leído como un problema. Pero puede serlo. “Los padres hablan estas cosas solo en momentos de crisis, pero no antes. A veces las crisis pueden llegar a ser muy terribles, muy extremas, de mucho vacío existencial. Cuando se toman decisiones terribles, ahí hay algo que no se vio, no se percibió a tiempo”, advierte Manzione.
Para la psiquiatra infanto-juvenil Juana Poulisis, la dificultad es estructural. “La realidad es que en las familias, los adultos no hablan, no se conectan, no miran a los ojos a los chicos. Hay una gran falta de comunicación, en las familias en general. No hay tiempo, el acelere manda”, señala. El ritmo acelerado en el que se vive conspira directamente contra la posibilidad de construir un diálogo en intimidad. “Cuando uno no tiene tiempo para sentarse, y es todo un trámite, es muy difícil abrir emociones”, dice. Y propone algo simple: “Si vos tenés un hijo que no lo ves bien, hacé un programa, andá a tomar un helado, andá a hacer una caminata, sacalo de la casa. No es necesario hacer un gran plan. Puede ser ‘¿me acompañás a hacer las compras?’”.
La clave, coincide, está en generar espacios donde el diálogo pueda aparecer sin presión. “El diálogo con los chicos y la comunicación se va construyendo. Si vos hacés preguntas cerradas, vas a obtener respuestas cerradas. ¿Cómo te fue? Bien. ¿Te tomaron lección? No”, grafica. Y agrega un punto central: el rol del adulto como modelo. “¿Alguna vez expresás algo que no te salió bien y te sentís frustrado y lo ponés en la mesa? Mostrar cómo yo me regulo”.
Pero hay otro factor en ese diálogo roto. En muchas familias, apunta Poulisis, incluso cuando se produce ese diálogo y un chico que sufre bullying logra contárselo a sus padres, muchas veces se encuentras con otra barrera: “El diálogo también está roto con la escuela. Los padres y los chicos piden ayuda para poner fin a esa situación que causa tanto dolor, pero no encuentran respuestas sino evasivas. Eso es muy doloroso”, dice.
En ese aprendizaje cotidiano de trabajar en abrir el diálogo, hay momentos que no se pueden desaprovechar. “Ese momento cuando el adolescente nos viene a contar algo, es sagrado. En general, los adolescentes no están preparados para hablar siempre y cuando logran acercarse, ese es el momento. Hay que dejarlo todo”, subraya Manzione.
Para que eso ocurra, plantea tres condiciones. “La presencia real: no mirar el celular, dejar todo, escuchar con todos los sentidos. Preguntar antes de opinar. Y generar continuidad con el diálogo, no solo en los momentos de crisis”. A eso lo define como “profilaxis de problemas”.
¿Qué hiciste hoy en internet?
El mundo digital suma otra capa de complejidad. “Hoy necesitamos agregar una pregunta clave: ¿qué hiciste hoy en internet?, ¿qué te enojó, qué te preocupó?”, plantea Roxana Morduchowicz, especialista en adolescencia y usos de internet. Y aclara: “Sin invadir su privacidad”.
El desafío, explica, es acompañar sin controlar. “Los chicos saben mucho en términos instrumentales, pero carecen de sentido crítico”. Y advierte sobre prácticas que pueden afectar el vínculo: “Evitar equipar la habitación con pantallas. Eso supone más horas de uso y más en soledad, algo que conspira contra el diálogo familiar”.
Nada de eso, sin embargo, suplanta lo esencial. “Nada reemplaza el buen diálogo familiar”, insiste Morduchowicz.
Otro día, en la mesa, Mariana cuenta que intentó cambiar la dinámica. “Le pregunté algo distinto. Le dije: ¿hubo algo que no estuvo bueno hoy? Y se quedó pensando. No habló mucho, pero fue diferente”, cuenta. No hay fórmulas ni respuestas rápidas. Pero hay, al menos, una convicción: ese puente no se construye en el momento de la crisis. Se construye todos los días.