Pol Rodríguez e Isaki Lacuesta convierten en thriller la trepidante la historia de un restaurante del Raval que se ve abocado al cierre cuando un fondo inversor compra el edificio.
Por Laura Pérez
Para Fotogramas
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La historia que vivieron Pol Rodríguez y su familia cuando un fondo inversor compró el edificio donde habían tenido su restaurante, Can Lluís, durante 90 años, fue un auténtico thriller. Él mismo utiliza esta palabra cuando lo cuenta. Que lo haya convertido en un serión de tintes mafiosos, con tramas que siempre esconden una vuelta más de tuerca en la perversidad del negocio inmobiliario es toda una venganza cinematográfica. Tal vez no compense la sensación de injusticia, pero al menos puede explicar al mundo cómo se las gasta esta gente. Y por el camino nos ofrece seis capítulos de acción, corrupción, negocios turbios, dramas familiares y tensión impresionantes.
Una de las claves de un guion, que no flaquea ni en una sola de sus seis entregas, es el astuto manejo del conflicto moral que propone al espectador y a los propios personajes. Enric Auquer carga con este peso encarnando al hijo mayor de la familia y colocándonos ante la disyuntiva de hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar si somos David luchando contra Goliat. Ofrece, además, una mirada profundamente conocedora y nada maniquea sobre un asunto tan intoxicado informativamente como la okupación.
Detrás de 'Ravalear' están también Isaki Lacuesta, quien dirige alguno de los capítulos, e Isa Campo, guionista de 'Entre dos aguas', 'Maixabel' o 'Soy Nevenka'. Ambos conocieron a Pol Rodríguez precisamente en el restaurante de sus padres en El Raval, que antes fue de sus abuelos y, antes, de sus bisabuelos. Cuenta además con Eduard Sola ('Querer', 'Mi amiga Eva') como coguionista.
La trama está milimétricamente dibujada con el patrón del género thriller: adrenalina, sensación de peligro constante y necesidad de cumplir un objetivo a contrarreloj. A lo que se suma un villano cuya maldad va in crescendo, interpretado por un impresionante Sergi López. El actor consigue algo tan difícil como que un personaje detestable moralmente resulte también repulsivo físicamente, manteniendo una apariencia normal y sin agarrarse a prótesis, cicatrices, tics u otros trucos de caracterización.
Un rodaje hiperrealista llevado a cabo por todo El Raval –muchos peatones aparecen con el rostro pixelado– aumenta la sensación de asedio al tiempo que retrata un barrio en vías de extinción a causa del turismo y las políticas de vivienda de las que habla la serie. Rinde tributo así a sus habitantes y a sus movimientos vecinales.
Además, es un sentido homenaje al negocio familiar desaparecido, con un excelente grupo de actores secundarios dando vida a esos padres y hermanos que han vivido entre fogones. Muchas de las fotografías, el libro de firmas, el mobiliario de Can Mosques y hasta el impacto de una bomba en el suelo pertenecen al Can Lluís original, que gracias a esta serie pervivirá. También para eso deben servir las buenas series, además de para hipnotizarnos durante horas.
Para disfrutar de un thriller donde la realidad supera a la ficción.