El 25 de mayo de 1810 empezó a nacer nuestra patria, y con ella una pregunta que todavía nos persigue: quién decide sobre esta tierra, sobre su riqueza y sobre nuestro destino. Aquella decisión política no nació del orden, sino de su crisis. La invasión napoleónica había herido la autoridad de la monarquía española y el orden imperial mostraba sus grietas.
Por Carlos López López, Braulio Silva Echevarría y Martín Villaverde (Del OPEIR).
Para Página 12
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En el Río de la Plata, un grupo de patriotas tomó ese vacío de poder y se animó a gobernar lo propio, a trazar un camino sin permiso. Desde entonces, la Argentina avanza y retrocede en una disputa que nunca termina del todo. Ante esa misma encrucijada nos encontramos en la actualidad, cuando se pone en juego ser una voluntad común o apenas el nombre hermoso de una tierra administrada por intereses que no la reconocen como propia.
Hoy vemos que un viejo orden también cruje. Las promesas de la globalización se apagaron entre guerras comerciales, disputas tecnológicas, sanciones y una competencia cada vez más dura por la energía, los alimentos, los minerales críticos y las rutas estratégicas. En ese escenario, países como el nuestro vuelven a ser mirados por lo que tienen antes que por lo que son. La verdadera tragedia empieza cuando aceptamos esa mirada como propia. Una Nación no se realiza porque posee riqueza bajo el suelo. La soberanía se vuelve real cuando un país convierte sus recursos en capacidades, sus capacidades en desarrollo y su desarrollo en un destino común que valga la pena vivir.
Aquellos patriotas eligieron. Hoy nos toca elegir a nosotros entre dependencia o soberanía. De un lado, una Argentina capaz de reconocer en su pueblo, en su trabajo, en sus provincias, en su producción y en su conocimiento la base material de un proyecto compartido. Del otro, una Argentina como territorio ofrecido a la renta, donde los recursos, los salarios, la política exterior y hasta la vida cotidiana se ordenan según la ganancia de actores sin arraigo ni responsabilidad histórica con el país. En esa mirada, la mayoría de la población deja de ser pueblo y pasa a ser recurso, costo o sobrante. Por eso, nuestro presente vuelve a mostrar que detrás de cada medida late una definición más profunda sobre qué vidas cuentan, qué territorios importan y quién tiene derecho a imaginar un futuro.
Entre los avances y retrocesos de nuestra historia hay una tradición que hizo de la defensa de la patria su razón de ser. El peronismo nació cuando los trabajadores coparon la plaza aquel octubre del 45 y pusieron al pueblo y al trabajo en el centro de la Nación. Volvió a ocurrir cuando, otro 25 de mayo, Néstor Kirchner tomó un país quebrado por la deuda y le devolvió autoridad democrática, autonomía y autoestima. Cada vez que esa Argentina gobernó, construyó capacidades propias en la industria, la ciencia y la tecnología, al servicio de su gente; cada etapa de entrega, en cambio, dejó la Nación en manos de quienes la miran desde afuera, aunque hayan nacido adentro.
No es casual que hoy se persiga y se condene ilegítimamente a Cristina Fernández de Kirchner, que encarnó como pocos esa defensa de lo propio. Mientras tanto, en la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof sostiene ese mismo camino: el de la Argentina que cuida. Frente a un poder nacional que abandona, ajusta y mira hacia afuera, su gestión insiste en estar presente, producir, proteger a su gente y construir soberanía. Allí, más que en una consigna oportuna, se adivina el rumbo de país que debemos construir.
Por eso este 25 de mayo vuelve a convocarnos. La patria sigue siendo una voluntad común, una tarea histórica y una esperanza organizada. Defenderla exige volver a confiar en aquello que nos hizo pueblo: el trabajo, la producción, la educación y el coraje para decidir nuestro destino. El desafío es construir una alternativa política capaz de ponernos otra vez en ese sendero. Porque hay otro futuro y depende de nosotros.