Más allá del dato demográfico ¿Qué nos dice una sociedad cuando el futuro empieza a ser imaginado como un lugar al que no vale la pena invitar a nadie?
Por Ivan Petrella, en el diario La Nación
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En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche recupera una antigua anécdota griega. Después de perseguirlo por mucho tiempo, el rey Midas finalmente logra capturar a Sileno, consejero de Dionisio, dios del vino. Entonces le pregunta cuál es el mayor bien para los seres humanos y Sileno responde con brutalidad: lo mejor es no haber nacido; lo segundo mejor, morir cuanto antes. Para Nietzsche, esa sentencia revelaba el fondo trágico de la cultura griega, la conciencia de que la vida está atravesada por el sufrimiento, el azar y la muerte. Pero lo decisivo no era solo que los griegos hubieran escuchado a Sileno. Lo decisivo era que habían construido una respuesta hecha de dioses, belleza, arte y tragedia. Sileno desafiaba. La cultura respondía.
La pregunta de nuestro tiempo es si todavía sabemos hacerlo. No porque el pesimismo sea nuevo; cada época tuvo el suyo. Tampoco porque haya personas que decidan no tener hijos por razones íntimas, legítimas y muy diversas. La novedad es que la baja de la natalidad se volvió masiva y persistente, y que tantas sociedades prósperas parezcan haber perdido el vocabulario público para responderle a Sileno. La caída de la natalidad no es solo una estadística demográfica ni una consecuencia automática de la economía moderna. Es, además, una señal cultural. Muestra que tenemos cada vez más recursos para calcular costos y riesgos, y cada vez menos palabras compartidas para afirmar que la vida vale la pena, que lo que vendrá merece ser habitado y que traer a alguien nuevo al mundo puede ser una forma radical de esperanza.
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Los números son elocuentes. Según estimaciones recientes de Naciones Unidas y Our World in Data, la tasa de fecundidad global cayó de casi cinco hijos por mujer en los años 50 a alrededor de 2,3 en la actualidad. Corea del Sur llegó en 2023 al récord de 0,72 hijos por mujer y, aunque repuntó levemente desde entonces, sigue lejísimos del nivel de reemplazo. Japón envejece desde hace décadas. China, que durante años limitó los nacimientos por ley, ahora ofrece incentivos para revertir una tendencia que ya no controla. En Europa del sur, en los países nórdicos y en América Latina, la curva apunta hacia abajo. En la Argentina, los nacimientos caen y la fecundidad ya se ubica por debajo del reemplazo generacional. El dato demográfico, por sí solo, no alcanza para entender lo que está ocurriendo. La pregunta no es únicamente cuántos hijos nacen. Es qué nos dice una sociedad cuando el futuro empieza a ser imaginado como un lugar al que no vale la pena invitar a nadie.
La respuesta más inmediata apunta a factores económicos. Es cierto que los hijos son caros, que acceder a una vivienda propia es difícil y que el mercado laboral es inestable. Las decisiones políticas importan, desde licencias parentales reales y compartidas hasta sistemas de cuidado accesibles. Cuando formar una familia empieza a parecer una hazaña nadie debería sorprenderse de que muchos desistan. La economía, sin embargo, explica solo una parte. Corea del Sur lleva años invirtiendo en incentivos pro-natalidad con resultados limitados, y los países nórdicos, con algunas de las políticas familiares más generosas del planeta, están por debajo del nivel de reemplazo. Las condiciones materiales pueden aliviar o empeorar el problema. Lo que no pueden hacer por sí solas es crear una cultura capaz de afirmar el valor de los hijos, la maternidad y la paternidad.
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En What Are Children For? On Ambivalence and Choice, las filósofas Anastasia Berg y Rachel Wiseman hacen una pregunta que los demógrafos y economistas no pueden responder del todo. ¿Por qué, en las sociedades más prósperas e igualitarias de la historia, tanta gente dejó de querer tener hijos? Berg y Wiseman no niegan las dificultades materiales ni romantizan la tarea de la crianza. Tampoco proponen volver a un tiempo en el que las mujeres no tenían alternativas reales fuera de la familia. Su punto es más interesante: cuando solo se puede hablar de los hijos en términos de costo y de riesgo se termina perdiendo algo esencial y esa perdida, aunque parezca intangible, tiene consecuencias demográficas.
A partir de Berg y Wiseman, la discusión puede formularse como un choque entre dos gramáticas: la del cálculo y la del don. El cálculo pregunta qué gano, qué pierdo, cuánto cuesta, qué parte de mi libertad resigno. El don nombra otra dimensión de la vida, lo que nos obliga a salir de nosotros mismos y vincularnos con algo que nos excede. Tener un hijo pertenece, en gran parte, a ese segundo registro. Ninguna planilla puede capturar del todo lo que está en juego. Sería absurdo negar el cansancio o los costos de la criar hijos. Pero sería igual de absurdo describir una amistad solo por el tiempo que consume, o el amor solo por los riesgos de rechazo que implica.
Esa reducción, hablar de los hijos solo en la gramática del cálculo, es el núcleo de la dificultad contemporánea. En el universo que analizan Berg y Wiseman, sectores educados, urbanos y seculares que moldean buena parte de la conversación cultural, los hijos se piensan y se hablan casi exclusivamente en términos de obstáculos: el cambio climático, el riesgo de guerras, la precariedad económica. Cada uno de estos factores existe y puede ser tomado en serio. El problema es lo que ocurre cuando ocupan toda la escena. Se produce una conversación extraña donde se habla de los hijos como activos financieros con alto costo de mantenimiento, como interrupciones de un proyecto de vida diseñado para ser libre o como víctimas anticipadas de catástrofes por venir. Queda poco espacio para hablar de ellos como un bien en sí mismo, una de las formas más exigentes de amor y compromiso que existen.
El vocabulario del don prácticamente desapareció de la conversación pública. Nos cuesta hablar de entrega, continuidad, gratitud o promesa. No porque esas palabras hayan dejado de significar algo, sino porque empezaron a sonar ingenuas, o peor, sospechosas. Ese lenguaje fue cedido, en buena medida, a tradiciones religiosas o conservadoras. Una vez cedido, se volvió difícil de usar para quienes no se reconocen en ese ideario. Del otro lado, la conversación pública secular defiende políticas de familia en términos de igualdad de oportunidades o sostenibilidad fiscal. Hay que invertir en la primera infancia, sostener la base demográfica, cuidar el sistema previsional. Todo eso es verdad y no alcanza. Una cultura que solo sabe justificar a los niños como inversión social o capital humano los reduce a su utilidad futura. Y eso no es tan distinto de hablar de ellos como carga.
El pesimismo civilizatorio como razón para no tener hijos tiene una genealogía larga. Tal vez el caso más extremo y más honesto es el de Imre Kertész. Sobreviviente del Holocausto y Premio Nobel de Literatura, Kertész escribió en Kaddish por el hijo no nacido una respuesta que se repite como letanía: “¡No!”. No a traer un hijo a un mundo capaz de Auschwitz. No a perpetuar una especie que produjo el genocidio a escala industrial. Kertész ha visto lo peor. Su “No” nace de la experiencia directa del horror.
Y, sin embargo, el “No” de Kertész, nacido del testimonio más extremo que puede dar un ser humano, es también una derrota. Dejarle a Auschwitz la última palabra sobre quienes podrían nacer es dejar que el horror defina el futuro además del pasado (esta es la postura de otro gran pensador judío, Emile Fackenheim). Si incluso el “No” de Kertész parece, en última instancia, una victoria póstuma del horror sobre la posibilidad de lo nuevo, entonces deberíamos mirar con más cuidado las formas contemporáneas en que el miedo al porvenir se transforma en argumento contra la natalidad.
Lo que cambió es la escala a la que el pesimismo adquirió el vocabulario de la virtud. No tener hijos ya no es una rareza ni una desgracia privada. Puede presentarse como un acto de responsabilidad moral: una forma de cuidar el planeta, de no exponer a nadie al sufrimiento, de no reproducir estructuras injustas. La realidad es que esa presentación depende de una condición que casi nunca se hace explícita. Solo si el futuro se reduce a una secuencia de emergencias, negarse a traer una vida puede parecer un gesto de cuidado. Es ahí donde el pesimismo se convierte en virtud. El horizonte se cerró tanto que ya no parece quedar nada bueno para ofrecerle a quien podría venir. Entonces la responsabilidad cambia de signo. Ya no consiste en mejorar el mundo que recibirán otros, sino en decidir que no haya otros para recibirlo. La decisión de tener un hijo parece cada vez más difícil de justificar porque el porvenir dejó de sentirse habitable.
Ahí también se quiebra el “sentido de nosotros”, esa ficción colectiva que el economista Ricardo Hausmann identifica como condición del desarrollo. Es una convicción frágil, siempre algo ficticia, y sin embargo, indispensable: navegamos juntos, los logros y los fracasos no son puramente individuales, y vale la pena hacer sacrificios por un mundo que otros van a habitar. Sin esa ficción, las democracias se vuelven más débiles, los sacrificios colectivos parecen imposibles y el horizonte de planificación se acorta hasta la parálisis. Por eso, aunque la natalidad no es idéntica a la democracia ni al desarrollo, toca la misma fibra. Cuando no hay horizonte creíble en común, se debilita la confianza en lo que, al fin y al cabo, es el proyecto más íntimo y más largo de todos.
Tener un hijo es, en ese sentido, un acto de fe práctica. No hablo de fe religiosa. Hablo de la esperanza de que el mundo en el que ese hijo vivirá tendrá suficiente bondad para justificar la apuesta; de que habrá otros dispuestos a cuidarlo junto con uno; de que su vida tendrá más valor que costo. Esa fe no elimina el miedo. Nadie decide ser padre o madre porque haya resuelto todas las incertidumbres. Lo hace, más bien, porque decide que no tendrán la última palabra. Esa fe no puede fabricarse con políticas públicas ni con incentivos económicos, aunque ambos importen. Requiere condiciones materiales, por supuesto. También exige la capacidad de articular por qué un hijo no es una carga ecológica ni una víctima anticipada del próximo colapso. Es, en cambio, algo más antiguo y más difícil de formalizar: una refutación encarnada e irrevocable de la sentencia de Sileno.
El desafío, entonces, no consiste en moralizar decisiones privadas ni en convertir la natalidad en una causa nacionalista. La decisión de no tener hijos responde a historias personales y no necesita justificarse ante nadie. Tampoco consiste en regresar a grandes narrativas afirmativas que muchas veces sirvieron para ocultar desigualdades o imponer modelos únicos de vida. Pero una cultura que solo sabe sospechar de sus afirmaciones termina indefensa frente al desafío de Sileno. Puede denunciar injusticias, calcular riesgos, proyectar catástrofes, diseñar incentivos y mejorar condiciones materiales. Todo eso importa, sin alcanzar. Hace falta un lenguaje capaz de decir que la vida vale la pena y que el mundo, con todo su peso, todavía puede ser amado. Y capaz de expresar, como proponen Berg y Wiseman, que tener un hijo no es recibir algo sino darlo, ponerse al servicio de una vida que no es la propia, sin garantías de retorno.
Tal vez la novedad sea esa. No que Sileno tenga más razón que antes. La novedad es que una parte creciente de la humanidad parece haber olvidado cómo responderle.