Acerca del horror del asesinato de adolescentes.
Por Flor de la V
Para Página 12
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Mientras me preparo para ir al teatro, escucho en la televisión la noticia que no queríamos recibir. Confirma un periodista presente en la zona rastrillada durante la búsqueda de Agostina Vega que el cuerpo encontrado es el de ella. Una sensación de impotencia y profunda tristeza me invade. Parece mentira que en vísperas del 3J, el horror nos vuelva a sacudir. Esta semana una chica de 17 años fue asesinada y encontrada en una cámara séptica en Misiones. ¡Están matando niñas!
Un femicidio que se pudo haber evitado. Hubo antecedentes, alertas ignoradas, una justicia que llegó tarde. El imputado no era un desconocido para el sistema judicial. Había sido denunciado e investigado por privación ilegítima de la libertad a otra mujer. La pregunta es inevitable: cuando existen antecedentes de violencia, ¿el Estado no tiene la obligación de actuar con perspectiva de género y prevenir riesgos? ¿Qué hizo la justicia con esas señales previas? ¿Por qué continuaba siendo empleado municipal?
Aún no hallaron el cuerpo completo de Agostina y en algunos canales la siguen matando, contando supuestas historias o trascendidos de vecinos, compañeros de colegio, poniendo a la víctima en el lugar equivocado. Cuando una niña es asesinada, el foco debe estar en la violencia ejercida sobre ella, en las responsabilidades que permitieron que el hecho ocurriera y en el contexto de violencia contra las mujeres. No en las condiciones de la investigación o en la vida privada de la víctima: por eso es indigno que se hable de los perros que realizaron la búsqueda o en la historia personal de Agostina. Que tenga siete perfiles de Instagram no la vuelve responsable de su muerte. Además, detenerse a analizar el contexto precario familiar es relativizar una problemática social profunda de desamparo y olvido de muchos gobiernos. Estas familias son sobrevivientes de un sistema que los expulsó hace tiempo.
Once años se cumplen del primer “Ni una menos”, un movimiento que siempre se enfrenta a un resultado amargo. Lamentablemente, no podemos afirmar que la situación haya cambiado desde sus inicios, ya que los femicidios no disminuyeron. Tampoco ha menguado la violencia machista, porque las políticas públicas que tradujeron algunos reclamos y demandas pueden, a lo sumo, ser paliativas de un problema social que es muy profundo. No hay un programa serio y eficaz para terminar con los femicidios; no existe una ley que, con presupuesto adecuado, pueda cumplir su objetivo.
Este año pasa algo raro, tengo la sensación de que hay una especie de clima de indiferencia respecto a este tipo de crímenes y siento que sobrevuela la idea de que la violencia machista no era un problema tan extendido. Sospecho que mucha gente cree que las cifras de femicidios estaban infladas por las feministas que se habían pasado tres pueblos.
Este contexto de desinterés no se construye solamente a partir de los discursos de odio oficial, del negacionismo del Estado y sus funcionarios, sino que también colaboran, por un lado, el modo alienado en que la mayoría de la gente vive, poniendo toda su energía en la supervivencia cotidiana, y por el otro, las redes sociales y el silencio de los medios. Casi no se habla de problemas relacionados con la violencia machista. Casi no se habla de problemas que afecten a la mayoría de las mujeres y tampoco quedaron mujeres en los medios con voces que repliquen estas problemáticas. También creo que no podemos dejar de mencionar a tipos riéndose en la tele, como Mario Pergolini, que banalizó la noticia del asesinato de una mujer en su programa, o a personajes que tienen micrófono abierto en streamings, como Moreno cuando pregunta cómo viene de frente una candidata y nadie le cuestiona el comentario. Y solo menciono dos casos, pero es algo que está sucediendo con mucha naturalidad y más allá de las personas referidas. Lo que emerge es la impunidad que manejan muchos al sentarse frente a cámara y reírse. Ni hablemos de cuestionar, de preguntarse críticamente por lo que sucede.
Por este motivo, no está de más recordar que la violencia machista se reproduce en contextos que justamente están llenos de formas que no parecen violentas a primera vista, pero que colaboran muchísimo con reproducirla. Hay que tener presente que esto del humor, la cosificación, la misoginia y las humillaciones a las mujeres, quedó naturalizado y validado por medios y personas.
En lo que va del 2026, La Casa Del Encuentro, una ONG feminista, registró 87 femicidios. Que la cifra sea aportada por una asociación civil es, de por sí, un dato que dice mucho de cómo se aborda en nuestro país el asunto: no existen registros oficiales, es un número que se maneja por informaciones recopiladas de publicaciones en medios. El 29 de mayo, la Corte Suprema de Justicia de la Nación publicó el informe de 2025, cuando se registraron 200 femicidios. Hay que tener en cuenta que estos números representan un subregistro, ya que la Corte Suprema contabiliza únicamente las muertes violentas de mujeres cis y trans/travestis en las que se ha iniciado una causa judicial tipificada bajo esa carátula o en esa línea de investigación. Como sabemos, hay muchas causas en trámite que no se caratulan bajo esa perspectiva y un montón de femicidios ocurren sin llegar a ser denunciados.
El recorte de las políticas que atendían la violencia machista llega, con el presupuesto 2026, al 89%. La destrucción es total. El feminismo y sus demandas sigue siendo uno de los enemigos favoritos de la batalla cultural. No nos olvidemos de proyecto de ley de Carolina Losada, que busca deslegitimar las denuncias de abuso y violencia de género. O el proyecto de tratar de eliminar la figura de femicidio del código penal, que se baraja desde el principio de esta gestión.
El femicidio es la expresión más extrema de una cultura que naturaliza el control, la posesión y la violencia sobre las mujeres. No empieza con un asesinato, sino cuando se justifican las amenazas, cuando se minimizan las agresiones y cuando se duda de las víctimas. ¡Nos vemos el 3J!
Justicia por Agostina.