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Y entonces, entre todas las sensaciones íntimas desatadas por la partida del Indio, se cuela el sentido histórico.
Por Eduardo Fabregat
Para Página 12
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Hemos visto imágenes blanco y negro de las despedidas de Gardel, de Evita, de Perón. Recordamos el llanto incontenible, multitudinario, cuando se fue Néstor. Lamentamos el caos que ganó a la despedida del Diego. Y de pronto millones quieren estar en Villa Domínico, darle un último adiós sabiendo que jamás le diremos adiós, que el Indio vive en nosotros por siempre.
Es una masa incontenible, son kilómetros de fila de dolientes, de pueblo tironeado entre la pena y la felicidad de al menos saberse juntos, aliados, pasando de las mejillas bañadas y el nudo imposible al salto y al pogo, a la voz en cuello con esas frases que imprimió para siempre en nuestras mentes, los corazones, el alma. La potencia de lo que se vive en Avellaneda va haciendo más y más chiquitos, microscópicos, a los miserables de siempre que buscan roña en las redes, que apelan al pensamiento más rastrero para intentar el imposible de ningunear el dolor popular, de relativizar y ensuciar a una figura imborrable de la cultura argentina.
Lo dijeron varios por todas partes: que te odien los hijos de puta también te define.
Pero todo eso, lo racional, termina de venirse abajo al entrar a la capilla ardiente y que el ataúd sea el último cachetazo, la piña que nos manda a la lona, la imagen que obliga a caer la ficha, a darse cuenta que esto no es otra mala pesadilla de esta Argentina siniestra que nos toca vivir bajo el gobierno de los miserables. Un día el bote volcó, y el premio a pique se fue.
Pero eso también pasará.
Y el Indio no.
Las flores, las banderas, los pequeños objetos de enorme poder simbólico, son apuntes de una avalancha que queda en la historia, que se hace carne en nosotros para siempre. Somos miles y miles y somos uno sin diferencias ideológicas ni generacionales ni de clase, diluida toda contradicción y disidencia en el amor incondicional hacia un artista que nos hizo mejores. Nos acompañó, nos dio una contención emocional e intelectual, nos representó, nos convenció de que la vida merece ser vivida aunque te quieran obligar a anestesiarte.
El pensamiento poético nos convence de que este domingo eligió ser brumoso y gris porque no podía ser de otra manera. Y si hubiera sol cantaríamos Maldición, va a ser un día hermoso y también lo sentiríamos acorde. Estamos despidiendo al Indio y no estamos salando las heridas, estamos convirtiendo el dolor en fortaleza. Ya sabíamos de antes quién era y qué era el Indio: el país arrasado de pena, los kilómetros de personas expresando su amor, necesitadas de lanzarle un último beso y agradecerle, no hacen más que confirmarlo.
Y sí, seguiremos llorando. Seguiremos cantando. Seguiremos abrazándonos para no rompernos del todo. Con el alma hecha un amasijo. Y las banderas en el corazón.