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Durante años, Amelia Dyer se aprovechó de madres solteras y construyó un negocio criminal que terminó con cientos de recién nacidos asesinados. Fue ejecutada en Londres hace 130 años.
Cuando ya tenía la soga al cuello y antes de que le pusieran la capucha de rigor en la cabeza, le preguntaron a Amelia Dyer si quería pronunciar unas últimas palabras. “No tengo nada que decir”, respondió. Había hecho gala de la misma parquedad la noche anterior, cuando un capellán la visitó en su celda y le preguntó si tenía algo que confesar. La mujer tomó entonces cinco cuadernos que había escrito febrilmente durante las últimas tres semanas, mientras esperaba que le llegara la parca. Estaban titulados “mi última y única confesión”. Se los entregó al religioso y le pregunto: “¿No es suficiente?”. Esos cuadernos, junto a otras pruebas que permitieron condenarla, hoy se pueden ver en el Museo de Sulhamstead, Berkshire, donde hay un espacio dedicado a la mayor asesina en serie de la historia criminal del Reino Unido.
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Eran las 9 de la mañana del 10 de junio de 1896 cuando el pequeño cuerpo de Amelia Dyer quedó colgando inerte con la soga al cuello. Era una soga bastante más corta que las que habitualmente se utilizaban en el cadalso. “Debido a su peso y la suavidad de las texturas, se le aplicó una caída bastante corta. Resultó ser suficiente”, se puede leer en los expedientes de la Comisión de Prisiones del Reino Unido. Así, con esas pocas palabras, quedó registrada para siempre la ejecución en la horca de la cárcel de Newgate de esa enfermera de 59 años cuyo frágil físico contrastaba con la enorme magnitud de sus crímenes, con un récord de alrededor de trescientas muertes, todas de niños. Porque durante treinta años la enfermera Dyer asesinó con total impunidad a bebés recién nacidos dejándolos morir de hambre o asfixiándolos, con el único objetivo de hacer dinero.
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Los crímenes de “la Ogresa de Reading”, como se la llamó, no solo horrorizaron a la sociedad de la Inglaterra victoriana, sino que pusieron en cuestión de manera brutal la legislación de la época que marcaba el destino de los “hijos ilegítimos” o, como se los llamaba, “bastardos”. La ley buscaba disuadir el nacimiento de hijos extramatrimoniales mediante la eliminación de toda obligación financiera de sus padres hacia ellos, pero en la práctica lo que hacía era poner a las madres solteras en una situación imposible y a sus hijos en una total indefensión. Obligadas a dejar sus trabajos y sin ningún tipo de asistencia social, a esas madres se les presentaban tres alternativas: podían prostituirse, dejarse morir de hambre o deshacerse de algún modo de sus bebés. Esta última posibilidad era la que les ofrecía Amelia Dyer, aunque sin decirles que iba a matarlos.
Un negocio legal
Al recibir esos niños para cuidarlos, Amelia Dyer estaba realizando una actividad legal. La Enmienda de la Ley de Pobres – como se la llamó -, sancionada en 1834, abrió las puertas de un negocio siniestro que variaba según la condición social de las madres o de la disposición de los padres a pagar para solucionar el problema. Una de las “salidas” fue un emprendimiento conocido como cría de bebés, a cargo de personas que actuaban como agentes de adopción o de crianza a cambio de pagos regulares o de una tarifa única que debía abonarse por adelantado. Una vez nacidos, las madres dejaban en sus manos a sus bebes no deseados para que fueran criados por “madres nodrizas” o entregados a otras personas, en general matrimonios sin hijos que querían adoptarlos.
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Los ingresos que aportaba el negocio variaban según la clase social o las posibilidades económicas de los padres que querían deshacerse de sus hijos ilegítimos. Así, si un bebé tenía padres adinerados que deseaban mantener el nacimiento en secreto, la tarifa única podía ascender a ochenta libras esterlinas. Sin embargo, en la mayoría de los casos, las jóvenes madres eran pobres y habían sido abandonadas a su suerte por los hombres con quienes habían engendrado al niño o ni siquiera sabían quién era. Entonces debían reunir de cualquier manera la cifra de cinco libras para que les recibieran al recién nacido.
Había una hipocresía extrema en el asunto, porque era un secreto a voces que muchas veces el destino de esos bebés era la muerte. No era extraño encontrar cadáveres de neonatos en las calles de las ciudades británicas, un fenómeno que hoy sería un titular impactante en los medios de comunicación, pero que por entonces estaba tan naturalizado que ni siquiera era noticia.
Aun así, cuando se conoció la magnitud de los crímenes de Amelia Dyer y la impunidad con la que los había perpetrado durante tres décadas utilizando distintos seudónimos, estalló como una bomba que hizo temblar los cimientos de la sociedad victoriana. Ese impacto abrió el camino para que se dictaran leyes más estrictas para la adopción y la protección infantil, y ayudó a elevar el perfil de la incipiente Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad contra los Niños de Gran Bretaña.
Las “granjas de bebés”
Amelia Elizabeth Hobley – luego Dyer - nació en el año 1836 en Pile Mars, un pequeño pueblo al este de Bristol. Era la menor de cinco hermanos a los que Samuel Hobley, un zapatero, y su mujer, Sarah, pudieron mantener a duras penas. La muerte fue una presencia en su vida desde la infancia. Su madre enfermó de tifus cuando tenía diez años y Amelia vio como su vida se iba apagando lentamente durante cinco años. Sarah tenía erupciones en la piel, constantes episodios de fiebre alta, dolores de cabeza y, lo peor de todo, violentos delirios que espantaban a sus hijos.
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La de su madre no fue la única muerte que Amelia debió enfrentar: también perdió a dos hermanas, una a los diez años y la otra cuando apenas había cumplido diez meses. Poco después de cumplir 24 años se casó con George Thomas, un hombre 25 años mayor que ella. Cuando se casaron, ambos mintieron sobre sus edades en el certificado de matrimonio para reducir la diferencia de edad. George se restó once años y Amelia se añadió seis para que no se notara tanto. Con el matrimonio, la situación económica de Amelia mejoró y, aprovechando la experiencia que tenía por haber cuidado a los enfermos de su familia, se formó como enfermera y comenzó a trabajar como auxiliar con la partera Ellen Dane.
Conocer a Dane fue determinante en la vida de Amelia. Fue la partera quien le sugirió que utilizara su casa como alojamiento para mujeres jóvenes que habían concebido ilegítimamente y criaran a los bebés para su adopción o – llegado el caso – dejarlos morir por desnutrición. Además de acoger a mujeres embarazadas, anunciaba que amamantaba y adoptaba un bebé a cambio de un pago único sustancial y ropa adecuada para el niño. En sus anuncios y reuniones con clientes, les aseguraba que era una persona respetable y casada, y que les proporcionaría un hogar seguro y amoroso. Era una práctica bastante difundida y a esas casas albergue se las llamaba “granja de bebés”, un nombre sugestivo, porque en las granjas se suele matar o vender a los animales para obtener ingresos.
Dyer inició su emprendimiento en enero de 1896, cuando publicó en el diario Bristol Times & Mirror un anuncio que decía: “Pareja casada sin familia adoptaría un niño sano para vivir en agradable hogar en el campo. Precio: 10 libras semanales. Señora Harling”. Poco después nació su propia hija, Ellen y, casi al mismo tiempo, murió su marido. En 1872 volvió a casarse, esta vez con William Dyer, un obrero cervecero de Bristol, con quien tuvo otros dos hijos, Mary Ann y William Samuel. El matrimonio no duró mucho, porque William solía volver borracho del trabajo y maltrataba a todos.
Un cuerpo en el Támesis
Después de abandonar a su segundo marido, Amelia se quedó sola con tres hijos que vestir y alimentar. Decidió entonces ahorrarse los gastos y los inconvenientes de dejar que los niños que le entregaban para cuidar en la “granja” murieran por negligencia o de hambre y comenzó a asesinarlos con sus propias manos para embolsarse toda la tarifa.
No despertó sospechas hasta que en 1879 un médico se preocupó por la cantidad de certificados de defunción de niños a su cuidado que debía firmar. La detuvieron, pero en lugar de condenarla por asesinato o, en el mejor de los casos, por homicidio involuntario, la penaron con seis meses de trabajos forzados. Esa experiencia la desequilibró mentalmente y al salir en libertad fue internada en dos ocasiones en hospitales psiquiátricos, lo que terminó siendo un remedio peor que la enfermedad.
Cuando le dieron el alta porque estaba aparentemente recuperada, volvió a su casa y reabrió su “granja de bebés”. Había aprendido de la experiencia anterior y decidió no correr el riesgo de buscar un médico para que firmara los certificados de defunción de los niños que quedaban a su cuidado. Pasó a cobrar un pago único en vez de una cuota y se dedicó a estrangular rápidamente a los bebés con una cinta blanca o a matarlos con sobredosis de opio. Se deshacía de los pequeños cadáveres enterrándolos en su casa o tirándolos al río Támesis, con piedras para que se hundieran.
El 30 de marzo de 1896 un barquero recuperó un envoltorio con un cadáver del río a la altura de Reading. El paquete que Dyer había arrojado no tenía el peso adecuado para quedar hundido y no tardó en flotar. Contenía el cuerpo de una niña, posteriormente identificada como Helena Fry. Dentro del reducido equipo de detectives de la Policía del Municipio de Reading, el detective James Beatty Anderson realizó un descubrimiento crucial: además de encontrar una etiqueta de la comisaría de Temple Meads, Bristol, analizó el papel de regalo con un microscopio y descifró un nombre apenas legible, Mrs. Thomas, y una dirección, el 26 de Piggott’s Road, Caversham, en el oeste de la capital británica.
Cuando la policía se presentó en el domicilio escrito en el paquete, Amelia se había mudado, pero al revisar la casa halló montones de ropa de bebé, recibos de anuncios publicados por varios periódicos de todo el país y una cinta blanca idéntica a la que llevaba el cadáver de Helen Fry.
Amelia Dyer fue arrestada el 4 de abril en la casa de su hija mayor y, quizás por eso, su yerno, Arthur Palmer, fue acusado de complicidad. Durante ese mes, la policía dragó el Támesis y encontró seis cadáveres más, entre ellos los de Doris Marmon y Harry Simmons, las últimas víctimas de Dyer. Cada bebé había sido estrangulado con cinta blanca, lo que, como ella misma confesó después, “era la razón por la que se podía distinguir que era uno de los míos”.
Una confesión y una carta
Cuando la detuvieron, la enfermera asesina confesó un solo crimen, el de Doris Marmon, y eximió de toda culpa a su yerno y a su hija Mary Ann. Lo hizo en una carta dirigida al juez que debía procesarla: “Señor, ¿podría usted concederme amablemente el favor de presentar esto a los magistrados el sábado 18 del corriente? He hecho esta declaración, ya que puede que no tenga la oportunidad entonces debo tranquilizar mi mente. Sé y siento que mis días están contados en esta tierra, pero siento que es una cosa terrible meter a gente inocente en problemas. Sé que debería responder ante mi Creador en el Cielo por los horribles crímenes que he cometido, pero como Dios Todopoderoso es mi juez en el Cielo y en Hearth, ni mi hija Mary Ann Palmer ni su esposo Alfred Ernest Palmer, declaro solemnemente que ninguno de ellos tuvo nada que ver con esto, nunca supieron que contemplaba hacer algo tan malvado hasta que fue demasiado tarde. Estoy diciendo la verdad y nada más que la verdad, ya que espero ser perdonada, yo y solo yo debo presentarme ante mi Creador en el Cielo para responder”, decía.
En el transcurso del juicio se comprobó que, en los momentos de mayor actividad de su “granja de bebés”, Amelia Dyer llegó a recibir hasta seis recién nacidos por día. En los dos meses previos a su arresto le habían confiado por lo menos veinte. Además, su propia familia aportó pruebas y testimonió en su contra. En el proceso se hizo una estimación que los magistrados calificaron de conservadora: si se calculaban solo diez muertes infantiles por año, las víctimas podían llegar a ser unas 300 en un período de 30 años.
El jurado solo tardó cuatro minutos y medio en declararla culpable y condenarla a morir en la horca. Tuvo menos suerte que el otro gran asesino serial de la Londres victoriana, su contemporáneo Jack el Destripador, que nunca fue capturado y cuya identidad aún hoy se desconoce.