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Opinión y Actualidad

Santiago en julio: tiempos, contextos y elecciones

En la vida cotidiana, atravesada por historias entrelazadas y experiencias de trabajo, alimentación, salud y educación, es necesario pensar en contexto.

Hoy 09:00
Padre Marcelo Trejo.

Por el Pbro. Dr. Marcelo Trejo
En el invierno santiagueño, cuando julio vuelve a encender los días de celebración provincial y resonancia popular, suele escucharse por doquier el recitado de don Julio Argentino Jerez en Añoranza: “¿Qué tiene la chacarera? ¿Qué tiene que hace alegrar? … Es tristeza, es alegría, es danza, es canción. Ella es rara melodía nacida del corazón”.

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Julio resulta inevitable en Santiago, porque —como dice la hondura popular de Peteco Carabajal— “lo cotidiano se vuelve mágico”. Acaso allí se abre una clave para mirar este tiempo no como un simple mes del calendario, sino como una escena donde la historia, la celebración compartida y el sentido de arraigo se entrelazan.

Julio en Santiago tiene algo de instante suspendido: acumula historia y recuerda autonomía; retumba en los bombos, se enciende en los colores, convoca al baile, a la música y al encuentro. Lo que parecía rutina se vuelve signo de pueblo; lo común adquiere espesor; la vida diaria brilla de otro modo.

Se trata de una especie de “realismo mágico” —expresión tomada de una corriente literaria latinoamericana— donde lo extraordinario aparece como parte natural de la vida cotidiana. Lo extraño no sorprende a nadie: es parte del mundo. Aquí lo mágico no se explica ni se justifica; simplemente ocurre y se acepta.

Por eso vale preguntarse: ¿qué transforma a julio en una experiencia tan singular para Santiago? ¿Qué fuerza convierte sus calles, sus celebraciones y sus gestos populares en una vivencia compartida? Tal vez la respuesta esté en esa continuidad profunda entre pasado y presente, entre autonomía y destino común, entre celebración y conciencia política.

Sin embargo, también conviene preguntarse qué sucede después del julio mágico santiagueño; qué ocurre cuando el encanto de lo que simplemente acontece se desvanece y la realidad decanta con todo su denso espesor, su ambigüedad y sus sospechas. Allí donde lo extraño, los extraños y las cosas extrañas sí incomodan, sorprenden y abren un realismo distinto, dispuesto a la duda, a la pregunta por el porqué.

“Julio te prepara y agosto te lleva”, dice un refrán habitual. Es posible. Los tiempos, los lugares, los personajes en escena y los propios contextos geosociales son, en muchas ocasiones, performáticos, porque habilitan —o no— el sentido de oportunidad y relevancia.

En la vida cotidiana, atravesada por historias entrelazadas y experiencias de trabajo, alimentación, salud y educación, es necesario pensar en contexto.

De eso también se trata este recorrido: reconocer cómo el Santiago del encanto puede dar lugar al Santiago de la pasión, no por un momento ni por un mes, sino desde la conciencia del derecho al buen vivir. “Julio te prepara, pero agosto no necesariamente te lleva”; por el contrario, bien puede lanzarnos hacia un horizonte de “casa común” (Francisco).

Así pues, en Santiago del Estero, lo cotidiano puede volverse mística; y esa mística, cuando se organiza, también puede transformarse en construcción y militancia de un proyecto popular, dado que elecciones y destino común se implican mutuamente.

Así, los procesos electorales nacionales, provinciales y, en otra escala, los municipales pueden leerse desde este encuadre: activan, en muchos, una intensidad común capaz de movilizar el contexto inmediato.

No solo porque se ejerce el derecho al voto, sino porque también puede sostener el tono y el pulso de una forma de convivencia política. Vista desde esta perspectiva, la institucionalidad democrática encuentra su nombre compartido: Pueblo y asume un desafío mayor: popularizar el Estado.

A esta orientación popular no le basta el formalismo legal: se funda en los intereses, las necesidades y la realización concreta de la comunidad ciudadana en la materialidad de su vida cotidiana. Desde esa base se define la tarea de sus representantes: expresar esa centralidad, proyectarla en las instituciones y resguardarla frente a toda forma de desplazamiento. Por eso, el pueblo es verdadero sujeto, supuesto y garante de la democracia: no afirmada solo en leyes o instituciones, sino encarnada en la participación viva de quienes la hacen posible: demos-kratos. (Cf. León XIV, Congreso de Diputados, España, 8 de junio de 2026).

Santiago del Estero tiene memoria de su historia: a sus alegrías y tristezas las convierte en cantos, rezos y bailes; a sus resignaciones y triunfos les pone relatos y leyendas.

Pero conviene que, como en otro tiempo no tan lejano, se active la memoria del bienestar. Organizar la espera es imperativo, sobre todo en una democracia liberal que sigue amparando jugarretas particulares de intereses muy lejanos al pueblo mismo.

¡Pues bien! Que la memoria santiagueña de bienestares se ponga en movimiento; que se vuelva mística y que esa fuerza común madure en militancia. Cuando mística y militancia se encuentran, “autonomías y federalismo” dejan de ser solo consignas o referencias aisladas: se transforman en ejes dinámicos de un proyecto largamente añorado y, al mismo tiempo, esperado en el presente: un modelo de Estado nacional, inclusivo, disruptivo y popular.