La casta libertaria está en orden.
Por Eduardo Aliverti
Para Página 12
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Con la salida de un jefe de Gabinete grotesco, junto al ingreso de un gestor bien propio de “la casta” y algunos datos supuestamente esperanzadores del horizonte financiero, se traza en el mundillo político la impresión de que el Gobierno salió de su peor momento. ¿Es tan así o se exagera?
Por lo pronto, es veraz que los Milei recuperaron el control de la agenda. Colado entre la euforia, polémicas y temores masivos que despierta cómo juega la Selección, gracias si metió lo suyo el arzobispo de Buenos Aires desde el púlpito de la Catedral metropolitana.
Con el Presidente en primera fila y con cara impertérrita, como si Jorge García Cuerva estuviera hablándole a un alienígena, se escuchó la reivindicación de la justicia social. La crítica del “camino de la crueldad hacia los débiles”. El reclamo por la situación de jubilados, enfermos, desocupados y discapacitados. La necesidad de templanza en el diálogo y la denuncia de “las cuevas de corrupción, haciendo que los pobres sean cada vez más pobres y ellos escandalosamente más ricos”.
Todo en tono lógicamente eclesiástico, desde ya. Pero fue lo único que sobresalió en medio de un Caputo Toto anunciando que le alcanzan fácil los dólares para pagar vencimientos de este año y del que viene (como para que no lo sea, visto el ajuste bestial que se lo permite). Del jefe de Estado anunciando que se propone modificar la Carta Orgánica del Banco Central, para dejarlo al servicio de un manejo monetario en manos definitivas del “mercado”. De la próxima visita de Doña Kristalina, para avalar cuanto se hizo, hace y hará. Y de que todavía no están los votos para suspender las PASO, pero que ya lo estarán más adelante porque para eso sí habría plata, destinada a sensibles ex cambiemitas, gobernadores y legisladores, muchos, que tienen estos principios pero también estos otros.
La oposición manifiesta y la arropada con su disgusto por los modales de Los Hermanos (un poco menos contrariada, ya, siendo que el Colo Santilli es “alguien con quien se puede hablar”) corren detrás de ese diktat oficialista. Nunca adelante. Adorni ya fue. Duró unos meses la excusa de concentrarse en eso.
Entretanto, toda observación objetiva sobre la economía cotidiana de las mayorías señala que las cosas no marchan en positivo. Pero la subjetividad, a esta altura de cómo se maneja qué pensar o de qué se habla, tiene un rol igual de contundente.
Raúl Dellatorre, en su artículo en este diario del domingo anterior, reproduce una investigación del centro de estudios MATE (Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía). Es una organización con sede en Rosario, de bien ganado prestigio, que en este caso refiere a la pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores desde la llegada de Milei al gobierno.
Esa caída de ingresos, en los 30 meses de gestión libertarista, alcanza a 93,5 billones de pesos que significan, medido en valores de hoy, 62 mil millones de dólares.
Como aclara el colega, no sólo se trata de lo quitado al bolsillo de los trabajadores, sino también de los recursos restados a la seguridad social, las obras sociales y los sindicatos, activándose así una menor recaudación.
Para resumir y con respecto al nivel de ingresos cuando concluyó el gobierno del Frente de Todos, los trabajadores estatales perdieron 22 puntos en su salario real y los privados, en promedio, 8 puntos.
Como es obvio, o como debiera serlo, esa pérdida brutal de ingresos salariales fue a favor de “otros perceptores de renta”, de menor vinculación con el consumo interno y, usualmente, dueños de grandes fortunas que destinan sus mayores recursos a gastos o colocaciones en el exterior (fuga de capitales) como práctica habitual.
El concepto podría complementarse, sin necesidad de especialización en el área, con lo volcado a la timba financiera en general y a los mecanismos de reducción de impuestos a los ricos, agregado al plan de inversiones RIGI mediante el cual se llevan gastados más de 2 mil millones de dólares. Esto es: lo que el fisco deja de recaudar para favor de las grandes corporaciones.
Justamente en eso ahonda la nota contigua de Leandro Renou que, entre otros aspectos, aborda cómo está detonando la economía familiar.
Las cifras indican que el retraso en el pago de créditos excede a los bancos y billeteras virtuales para instalarse ya en el sistema bancario de los grandes supermercados, en el que hay moras superiores al 50 por ciento.
Las mismas tarjetas de los hipermercados, como añade Renou, no saben qué hacer para cobrarles a personas endeudadas a solos fines de comprar alimentos (son muy valiosos igualmente los datos que brinda Hernán Letcher, este domingo, también en Página/12, en su artículo “Arreglate como puedas”).
No hay mayor misterio, cuando en paralelo al desplome del bolsillo formal e informal se les suben las tarifas a los sectores medios y bajos. En efecto, la gente se endeuda porque después de pagar los costos fijos no le queda margen y usa los créditos para comprar alimentos que luego tampoco puede pagar.
Imposible no adherir a lo que asimismo adosa el colega sobre el contexto puesto en debate. Y que es, ante todo, lo que debería inquietar a una oposición deshecha en internas: la foto de una economía que no tendrá un sacudón repentino, sino que está mutando en un modelo que ya seleccionó ganadores y perdedores.
Tendría que ser inverosímil o indigerible, en un marco como éste, que sea el Gobierno quien permanece a la ofensiva, tras haberse sacado de encima al engendro que ocupó la jefatura de Gabinete.
Por un lado, es cierto que el Ejecutivo, como la propia palabra indica, dispone de las armas más aptas para fijar el conversatorio público y las acciones correspondientes. Este Ejecutivo o cualquiera. Es una ventaja natural, per se, que se aprovecha mejor o peor.
En ese usufructo para bien o mal, sin embargo, juega un papel decisivo lo que la oposición cultiva o desperdicia.
Esto último puede ser o parecer una obviedad, pero deja de serlo cuando se piensa en cómo administrar los tiempos. Y en esta etapa de nuestro escenario, eso implica un desafío mayúsculo.
La campaña electoral ya largó. Estaría claro que ultristas, disfrazados de modositos republicanos fastidiados con “las formas” de los primeros, y mandatarios provinciales con más peluca que pelo propio, terminarán acordando con la reelección de Milei.
Valijas, negocios, intereses de feudos y sectoriales, no sugieren que la derecha vaya a concurrir dividida. Se expresa en potencial porque la política argentina es una máquina de sorpresas.
Aclarado eso, en interpretación actual no hay Macri, ni Brito, ni Villarruel, ni algún pastor, ni cordobesistas, ni etcéteras, capaces de largarse a aventuras que podrían darle espacio al retorno kuka, populista, o el término que fuere para designar “la vuelta al pasado”.
Solamente Patricia Bullrich estaría en condiciones de encarnar al electorado gorila y fluctuante con chances efectivas, pero para eso debe romper. Difícil, siempre en tiempo presente, porque hay mileísmo sin Milei en cuanto a representación ideológica, pero no en su encabezamiento político.
El problema está en si enfrente cabe aguardar que los melones se acomoden solos, producto de que el modelo no hará más que profundizarse y que el rechazo a Milei crecerá de manera indefectible. O si es imperioso que se pongan de acuerdo cuanto antes.
Hasta ahora, lo que rige es una postura meramente contestataria. Falta construcción por fuera de eso. ¿Es temprano para articularla y sobra la ansiedad? Si se espera y continúa con los chiquitajes, ¿acaso no podría llegar a ser tarde porque las heridas internas quedarán inalterables?
La palabra del oficialismo ya está y hace rato, al margen de las tormentas que atravesó y de las que pudiera afrontar. No hay espacio para su retroceso. Ninguno. Es lo que se ve. Confiar en Trump o en la concepción neo-estratégica que Estados Unidos le confiere a la región, y en particular a Argentina como punta o vector de la tecno-oligarquía. Inflación controlada como significante de estabilidad. Economía de enclave energético y agroexportador como único elemento de expectativas, aun a costa de un mercado interno pauperizado. Punto. No hay más.
Si algo no les falta es sinceridad. Y no es de hoy. Ya ganaron dos elecciones generales con sus anuncios y procedimientos brutales, lo cual obliga a detenerse en la enorme incomodidad político-cultural significada por el estado de una gran parte de la sociedad (no sólo de la nuestra, ni de lejos).
La pelota, por ende, está mucho más en campo contrario y con las consabidas dos preguntas en una acerca de cómo avanzará la oposición, en el siguiente orden, viceversa o indistinto.
¿Con quiénes y para qué?