Película escrita y dirigida por Nathan Ambrosioni con una brillante Camille Cottin, que interpreta a una mujer que debe hacerse cargo de sus sobrinos abandonados.
Por Blai Morell
Para Fotogramas
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En las películas con criaturas, especialmente cuando se trata de un drama, lo verdaderamente difícil no es provocar emoción, sino encontrarla sin forzarla. Y aquí, Ambrosioni consigue ese pequeño milagro, observando las relaciones afectivas desde un lugar incómodo, lleno de contradicciones y alejado de cualquier idea preconcebida sobre cómo deberían comportarse quienes se quieren. A sus 27 años, el cineasta galo demuestra una sorprendente madurez para capturar esa zona en la que el amor puede convivir con el agotamiento, la responsabilidad con el deseo de escapar y el cariño con cierta inevitable sensación de fracaso.
Su puesta en escena rehúye el subrayado y encuentra buena parte de su fuerza en los detalles: una mirada que se prolonga, una conversación que cambia de tono, un silencio que dice más que diez líneas de diálogo. Porque entiende que sus personajes no necesitan ser seres ejemplares para resultar cercanos, y esa ausencia de juicios la convierte en un retrato especialmente humano. Un drama sensible e inteligente que nunca pierde su delicadeza ni su capacidad para conmover sin manipular.
Para espectadores que prefieren las emociones contenidas a las lágrimas.