Quedó con secuelas y aún no pudo volver al colegio. Su familia hizo un desesperado pedido.
La vida de la familia de T., una nena tucumana de 10 años, cambió de un día para el otro. El sufrimiento de la menor, que se desencadenó cuando tenía nueve, escaló y derivó en una sucesión de hechos que todavía no tienen solución.
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
T. iba al colegio como todos los días y su rutina era como la de cualquier chiquita de su edad. El año pasado, entre cambios y movimientos habituales dentro de la institución, hubo nuevas incorporaciones en su grado y la situación fue modificándose.
Paula, su mamá, contó que su hija se había hecho amiga de una nena que había sido cambiada de curso porque tenía problemas con otros chicos y que si bien al principio estaba todo bien, ella notó actitudes que no le gustaban y le pidió que se alejara.
Te recomendamos: Tucumán: una niña de 11 años murió por el choque entre un camión y una moto
Desde entonces, asegura, las cosas comenzaron a cambiar. “La nena se le puso en contra, se juntó con dos más y empezaron a hacerle de todo a T.”, lamentó Paula en diálogo con TN.
Las primeras pautas de alarma comenzaron cuando la nena dejó de querer ir al colegio. “Cuando la levantaba no quería ir o quería ir con el pelo suelto para que no se le vea la cara”, aseguró.
“Todos me decían que eran etapas, me daban consejos, pero ella siempre estaba cabizbaja, no quería hacer lo que hacía habitualmente, no podía sacarla de la cama porque no se quería levantar, era la lucha de todas las mañana”, insistió.
Al principio, extrañada por las actitudes de su hija, Paula habló con ella y de a poco, a veces por terceros, comenzó a enterarse de algunas situaciones que la menor estaba viviendo. “Hablé con las mamás de estas nenas, no soy de esas mamás que se quedan afuera conversando, yo la dejaba y me iba porque tenía que entrar al trabajo. Conocía a alguna que otra por el grupo de mamis, pero no a todas. Ahí empecé a buscar los nombres de los nenes, yo reclamaba por las mamás de las tres nenas, pero algunas no querían aceptar, decían ‘mi hija no es, no puede ser’”, agregó.
Con el correr de los días la situación no cesó, sino todo lo contrario. “Me enteré por una de las mamás que vende afuera de la escuela que cuando mi hija se compraba algo, las nenas se las quitaban y se iban corriendo. Cuando se los dije a los papás me dijeron ‘mi hija es re selectiva, no come cualquier cosa’”, recordó.
La situación no mejoró y ese viernes de septiembre de 2025 estalló todo. “El papá de T. fue a reclamarle al papá de una de las nenas porque ya era mucha la insistencia de mi hija para que habláramos. Nos contaba que le decían cosas feas y que le mandaban mensajes. Cuando el padre de T. finalmente encaró al hombre, en buen tono, le explicó que estábamos teniendo un problema y le pidió hablar para que no siga pasando. La insistencia era tanta porque el tema ya se había ido de las manos y mi hija aseguraba que la empujaban contra el armario y hasta la tiraban de la silla”, precisó Paula.
En medio del intercambio, el papá de la otra nena involucrada le preguntó a su hija, adelante de T., si ella la estaba molestando y la chiquita respondió que no. El padre también lo negó todo así que la situación terminó ahí. “Mi hija vino a casa y empezó a recibir un montón de mensajes en su celular que decían ‘ya sabes lo que te va a pasar el lunes’, como diciéndole que le iban a pegar, hasta la llamaron, hice que atendiera y eran gritos e insultos. Era mucho”, especificó la mujer.
“A mí no se me va más ese día de la cabeza porque fue de terror”, aseguró aun con la voz temblorosa.
Paula decidió sacarle el celular a T. para que no siguiera mirando los mensajes y se fue a llevar a su hija más chica al dentista. Mientras tanto, T. se recostó. “Cuando volví a las dos horas ella seguía acostada. Le pregunté si quería merendar y me dijo que no, que se sentía mal, que le dolía la cabeza. Al rato avisé que me iba a ir a comprar, que enseguida volvía”, explicó Paula.
Esa tarde agarró la moto, su celular, que no suele llevar cuando sale de compras, y se fue a cinco cuadras de su casa. Mientras esperaba a que la atendieran, el teléfono comenzó a sonar. “Mi hija más chica me empezó a mandar mensajes que decían ‘T. se encerró en el baño’, después me dijo que agarró papeles y que seguía ahí”, detalló la mujer.
Para ese entonces, Paula ya había salido rápido hacia su casa. “Estaba a dos cuadras cuando me volvió a llamar y me dijo ‘mi hermana no respira’. Yo quedé en shock. Llamé al papá, que estaba trabajando, y le dije que vaya urgente a casa. Esas dos cuadras y media se hicieron eternas, sentía que no llegaba más. Llegué, dejé la moto en la vereda con la llave puesta, entré y le pregunté a la más chica dónde estaba su hermana. Me señaló el baño. No sabía ni cómo reaccionar, empecé a gritar y salí corriendo a buscar ayuda”, recordó entre lágrimas la mujer.
Un vecino, que habitualmente no solía estar en ese horario, justo se encontraba en la vereda con su auto. Paula le pidió ayuda y entre los dos llevaron a T. al hospital de Avellaneda de la capital tucumana. “Fue de terror”, insistió.
En el centro de salud estuvieron más de una hora intentando reanimarla hasta que lograron que reaccionara. “La primera noche nos hicieron entrar a despedirnos porque no le daban esperanza de vida”, lamentó Paula. Pero pese al mal panorama, T. permaneció internada en terapia intensiva durante 14 días y finalmente pasó a sala común.
“Tuvo que aprender a hablar, había que darle de comer y no caminaba. Así estuvo casi un mes. Hoy habla, camina con dificultad, pero lo hace, y está medicada todo el día”, especificó.
Paula siente que su vida dio un giro total y que su hija fue quien cambió por completo. “Ella era una nena feliz”, insistió.
La menor permaneció casi tres meses internada y aunque hoy está en su casa, no va a la escuela y convive con secuelas. “Todavía no escribe, pero lee aunque desordena las palabras. Es difícil, el día a día cuesta mucho”, aseguró la mujer.
Sobre la posibilidad de que la chiquita vuelva al colegio, su madre señaló: “Al principio me decía que no quería volver, que no quería que le vuelvan a decir cosas o que se burlen de ella. Decía que tenía miedo de jugar con otros niños”.
“Tratamos con el papá de que se le vaya esto de que todos los niños son malos, de decirle que lo que le pasó fue horrible, pero no va a volver a pasar. Tratamos de inculcarle eso, de que va a tener nuevos compañeritos y hay días que quiere y días que no quiere saber nada”, agregó.
Desde que empezó a hablar, la pequeña nombra solo a estas tres nenas como un recuerdo que en realidad no quiere recordar. Cuando estuvo internada, sus propios compañeritos fueron quienes comenzaron a contar las situaciones que ella padecía y de las que sus padres no estaban al tanto.
Acerca del accionar del colegio, Paula remarcó que en su momento T. intentó buscar ayuda, pero no la encontró.
“Yo creo que somos los papás los que tenemos que guiarlos y enseñarles. Salieron 20 casos más atrás del de mi hija. Hasta el día de hoy se nos cambió por completo la vida, son muchas cosas. En el colegio realizaron talleres con el grado de T. y la situación terminó ahí. La causa por lo ocurrido, luego de una breve investigación, está cerrada. Fui por la parte civil, pero hasta el día de hoy no tuve respuesta de nada, porque en lo penal ya está archivado. Nos duele porque no sabemos que más hacer y los problemas están en todos lados. Sumado a eso, T. ella nació con un problema en los riñones y hoy en la salud publica en Tucumán no hay urología infantil, ella necesita un especialista porque empeoró en ese tema y no hay”, sumó.
Sobre el final, Paula reflexionó: “Hoy me duele en el alma tener a mi hija así, que no pueda ir a la escuela, son muy fuertes todas las cosas que vengo viviendo. Hoy no puedo trabajar, hago muy poco porque nos dividimos con el papá para poder estar con ella. Pido que esto no vuelva a pasar, no le deseo a nadie vivir lo que estoy viviendo, les pido que eduquen con amor a sus hijos”.