La mediática confesó su problema con el alcohol y su adicción a las cirugías. “Todos los postoperatorios los hacía con mi mamá y me sentía como de vuelta chiquita, contenida”.
No comer durante todo el día para llegar flaca al boliche. Esa era la consigna de Marian Farjat a los diecisiete años. El sábado era una cuenta regresiva de ansiedad y privaciones, deporte, entrenamiento, cero calorías. La noche terminaba siempre igual: “Después me comía todo”, admite Marian. El domingo era el reverso del sacrificio, un festín de pan árabe, dulce de leche y ese alfajor prohibido de la infancia. Las restricciones no tenían pausa, ni siquiera en la casa familiar, donde la vigilancia sobre el cuerpo era una tradición heredada.
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La infancia y adolescencia de Marian Farjat, nacida el 5 de diciembre de 1994, se desarrolló en una familia numerosa y unida, en un entorno de clase media acomodada del conurbano norte bonaerense. Al colegio durante la semana; los fines de semana, salidas y fiestas. “Era una chica muy deportista, familiera también, iba al colegio, muy sociable. Era tipo de mi colegio, mi aula, era el payaso del aula”, recuerda.
La Marian de los diecisiete años era, como ella misma dice, “muy de salir, muy de la joda, de ay, salir a bailar”, con la sonrisa fácil y la complicidad de una hermana mayor que prestaba el documento para entrar en boliches donde la edad no alcanzaba. “Justo el otro día nos estábamos acordando de eso con unos amigos, que íbamos a un boliche que era increíble, que era muy feliz yo ahí con mis amigas, La Colmena se llamaba, en Pilar, y me acuerdo que esperaba con ansias a que sea sábado para salir ahí, o sea, y con el documento de mi hermana”.
Marian Farjat
El control sobre el cuerpo, sin embargo, no era solo una elección adolescente. Era, también, una herencia familiar. “Mi mamá no me dejaba comer un alfajor O, ¿viste? El de la O, ni ahí me dejaba. Lo tenía que comer a escondidas”, dice, entre risas que hoy suenan a distancia. Esa vigilancia de la alimentación respondía a una época y a una generación marcada por los fármacos para adelgazar y los modelos extremos. “La generación de mi mamá sufrió mucho…”, recuerda.
La presión por la delgadez se instalaba en frases y gestos cotidianos. “Sí, sí, siempre. Estás gordita…”. “Bueno, pero a mi mamá la amo igual, no la vamos a juzgar, pobre. También capaz ella mamó eso. Y bueno, pero sí, obviamente yo ni ahí haría eso con mi hija. O sea, si bien uno siempre quiere lo mejor para su hijo, yo ni loca le diría a mi hija estás un poquito excedida o lo que sea, aunque sí, pero bueno”.
El salto a la exposición máxima: el reality y la fama
En 2015, Marian Farjat se convirtió en una figura reconocida a nivel nacional tras su ingreso a Gran Hermano. La exposición televisiva la catapultó a la fama y la ubicó en el centro de la cultura de la imagen de la década en Argentina, donde el reality y las redes sociales potenciaban la vulnerabilidad emocional.
Al mirar en retrospectiva, define esa etapa como una montaña rusa. “Si me preguntás, una definición, yo digo una montaña rusa. Pero bueno, ahora estoy en un buen momento, la verdad, eso es lo importante, destacar. Después de siempre yo digo después de la tormenta sale el sol, como que se acomoda todo. Y la verdad que sí, con treinta y uno ya estoy, siento que estoy como más madura, como, ¿viste? Haber procesado muchas cosas que me pasaron, muchos procesos míos, internos, de crecimiento”.
Marian Farjat
El salto a la notoriedad, sin embargo, tuvo un costo alto en términos de autoimagen y confianza. La mirada ajena y la propia se confundían en el espejo deformante de la pantalla y las redes. “La presión también del ambiente y todo eso como que sí”, admite cuando habla de su relación actual con el cuerpo y la imagen. “Estoy pesando ahora sesenta y cinco…”, reconoce.
El mandato de la perfección y el ciclo de la culpa
La obsesión con la delgadez fue acompañada desde temprano por el ejercicio y la restricción. “Todo el día entrenando…”, resume sobre sus rutinas adolescentes.
El domingo era, entonces, el reverso del sacrificio: “me comía todo”. Me levantaba y en mi casa encima que mi mamá si algo que hace es comer, cocinar rico, toda comida árabe, esto, tabulé, no sé qué, todo, dentro de todo sano, pero le metía el pan árabe como duro. Todo rico, pero fuerte. Y después agarraba capaz dulce de leche con, ¿cómo se llama, viste? El vigilante, tipo con el, no sé si el vigilante, con queso crema, tipo queso cremoso. Con dulce de leche arriba”.
La culpa acompañaba cada transgresión alimentaria, y la autopercepción fluctuaba entre el control extremo y el desborde. “Siempre lo tóxico a veces es rico”, explica Marian.
Adicciones, soledad y el secreto de la “granja”
Durante la adolescencia, Marian atravesó una relación problemática con el alcohol y las drogas. “Tenía un grave problema con el alcohol”, admite.
La decisión de buscar ayuda fue solitaria y secreta. “Fui sola a una granja de rehabilitación”. “Quería ver… sabía que algo estaba mal”, recuerda.
El cuerpo de Marian fue campo de batalla y refugio frente a las crisis emocionales y las rupturas sentimentales. El quirófano, un escenario repetido en su vida adulta. “Entrás y te hacen lolas. Yo lolas me hice dos veces, nariz tres. Después lipo, licúan tu sangre y te la inyectan. Y también me gustaba todo el tema del postoperatorio. Todos los postoperatorios los hacía con mi mamá y me sentía contenida”, narra Farjat.
Marian Farjat
La cirugía era, en ocasiones, una respuesta automática al dolor emocional. “Todas las relaciones que terminé… terminé en el quirófano”, reconoce. El quirófano apareció como una forma de llenar los vacíos, de buscar en el cambio físico una solución a la insatisfacción interna. “Querés llenar los vacíos… pero dura un rato”.
El riesgo de la perfección y las consecuencias de la exposición
El precio de la búsqueda de la perfección fue alto, a nivel físico y emocional. Las operaciones se sucedieron, a veces en combo. “Al quirófano entré tres veces… de la nariz tres… lolas dos veces…”, enumera.
A la insatisfacción estética se sumó el daño físico y el riesgo. “Me dejé influenciar por un entorno donde lo correcto era la perfección”, admite.
Marian reconoce haber tocado fondo en varias oportunidades. “Hasta el año pasado”, dice. El ciclo de cirugías, rupturas y recaídas se volvió constante.
La espiritualidad, la familia y los cambios de hábito fueron el ancla en el proceso de recuperación. “Me refugié en Dios… empecé a quererme”.
El vínculo con la familia volvió a ser refugio. “Estuvieron ahí, me acompañaron”, cierra.