Hay hechos que no se cuestionan. Darya Shipilova, una investigadora de 28 años del instituto, falleció el 2 de octubre. Unas 200 personas que tuvieron contacto con ella están bajo observación médica.
Los rumores que surgieron parecían el comienzo de un thriller. Una joven investigadora de un laboratorio siberiano rompe, supuestamente, un tubo de ensayo que contenía un patógeno letal de la peste. Fallece en un plazo de 48 horas. Las autoridades se apresuran a controlar la situación. Las preguntas superan a las respuestas, lo que alimenta sospechas de conspiración. Es posible que los temores resulten infundados: tal vez no hubo ninguna fuga en el Instituto de Investigación contra la Peste de Irkutsk, en Rusia. Sin embargo, es comprensible que el mundo reaccione con un interés teñido de pánico.
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Hay hechos que no se cuestionan. Darya Shipilova, una investigadora de 28 años del instituto, falleció en un hospital regional el 2 de octubre. Unas 200 personas que estuvieron en contacto con ella han sido puestas bajo observación médica, lo que sugiere que las autoridades consideran la posibilidad de que haya muerto a causa de una enfermedad infecciosa. No obstante, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), no se ha confirmado oficialmente la causa del fallecimiento. El organismo federal ruso de control sanitario afirmó no haber hallado “ninguna evidencia de microorganismos relacionados con sus actividades profesionales” y declaró que la causa de la muerte fue una “neumonía de etiología desconocida”.
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Más allá de confirmar el fallecimiento, las autoridades rusas han ofrecido escasa información, aunque están implementando medidas de control regional con urgencia. El lunes, Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos, declaró que su gobierno está “observando y monitoreando la situación de cerca”. Con el recuerdo reciente de la pandemia de covid, no es de extrañar que el mundo haya mostrado un gran interés. Inevitablemente, ha surgido la pregunta de si el incidente guarda relación con el programa de guerra biológica de Rusia, el cual, según los servicios de inteligencia occidentales, sigue activo.
La bacteria Yersinia pestis, conocida comúnmente como el agente causante de la peste, se manifiesta de dos formas. Cada año se producen miles de casos de peste bubónica de manera natural, cuando las personas se contagian tras entrar en contacto con animales salvajes, como los roedores. La peste bubónica es tratable con antibióticos si se detecta a tiempo; sin embargo, si no se trata, puede derivar en peste neumónica, la cual se transmite a través de gotículas respiratorias. Esta variante es más difícil de tratar y conlleva una tasa de mortalidad más elevada. Existen motivos legítimos para estudiar este patógeno, como comprender cómo provoca la enfermedad y desarrollar vacunas y tratamientos.
No obstante, Filippa Lentzos, experta en bioseguridad del King’s College de Londres, señala que la falta de transparencia en torno al incidente de Siberia resulta preocupante. La peste forma parte de un grupo de patógenos de alto riesgo —entre los que se incluyen el carbunco (ántrax), la viruela y fiebres hemorrágicas virales como el ébola— caracterizados por su fácil transmisión y elevada mortalidad. La proliferación de laboratorios de bioseguridad en todo el mundo aumenta la probabilidad de que se produzcan accidentes.
Estos patógenos también se consideran candidatos idóneos para su uso como armas biológicas. La bacteria de la peste puede dispersarse en forma de aerosol para facilitar su transmisión a los humanos y modificarse genéticamente para hacerla resistente a los antibióticos. A pesar de haber ratificado la Convención sobre Armas Biológicas en 1975, la Unión Soviética llevó a cabo un amplio programa encubierto de armas biológicas. En 1992, Borís Yeltsin, entonces presidente de Rusia, reconoció la existencia del programa y acordó desmantelarlo. Sin embargo, en tiempos más recientes, Rusia ha mantenido en secreto sus instalaciones de investigación biológica militar. Imágenes satelitales de una de estas instalaciones, situada a las afueras de Moscú, muestran una expansión significativa desde que Rusia invadió Ucrania en 2022. En 2023, un informe del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre el cumplimiento de tratados concluyó que Rusia mantiene un programa de armas biológicas ofensivas.
Según la información no oficial disponible actualmente sobre la situación en Irkutsk, la OMS considera que el riesgo para la población general es bajo. No hay pruebas que sugieran que el instituto de Irkutsk esté vinculado a actividades relacionadas con armas biológicas, y Rusia insiste en que sus instalaciones militares secretas solo llevan a cabo investigaciones de carácter defensivo. Sin embargo, Rusia afirmó lo mismo respecto a sus investigaciones sobre armas químicas antes de intentar asesinar a Serguéi Skripal —un desertor ruso residente en el Reino Unido— con un agente nervioso de grado militar en 2018. Es posible que los rumores sobre una fuga del laboratorio carezcan de fundamento, pero, dada la escasa transparencia, resulta difícil creer en la palabra de Rusia.