En poco más de un mes, cuatro elecciones trascendentales, que tendrán lugar en cuatro escenarios completamente distintos, definirán el actual pulso político de la ultraderecha global, de sus proyectos, sus argumentos y, sobre todo, del respaldo con el que todavía cuentan en la ciudadanía.
Por Daniel Kersffeld
Para Página 12
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Pese a sus diferencias, estas cuatro elecciones podrían comenzar a marcar el rumbo político de la extrema derecha y, sobre todo, de sus agendas reaccionarias y retardatarias por los próximos años, en un proyecto que luce cada vez más coordinado, no solo desde Estados Unidos, sino también, de manera descentralizada, entre gobiernos, candidatos y foros en constante retroalimentación.
La primera elección será en Brasil, donde el balotaje que disputarán el presidente Lula da Silva y Flávio Bolsonaro el próximo 25 de octubre expresa, quizás como ninguna otra contienda electoral, el contraste entre dos modelos plenamente antagónicos de comprender y ejercitar la política.
De manera explícita, la Casa Blanca sostiene la postulación de la ultraderecha, cuyo referente triunfó gracias a un mayor despliegue mediático, una mejor operatividad en redes sociales y en plataformas, y un discurso efectivo sobre el combate a la inseguridad y a la exaltación del beneficio económico individual. Nada nuevo en el clásico ideario de la ultraderecha neoliberal.
Como si se tratara de un kingmaker modelo 2.0, para Trump el eventual éxito de Flávio Bolsonaro significará el triunfo de un modelo político construido exclusivamente en torno a su propia persona. En todo caso, el apoyo a la extrema derecha será fundamental para el acceso libre a las enormes riquezas naturales de Brasil que, comenzando por el agua del Amazonas, incluye además petróleo, gas, hierro, oro y, naturalmente, los cada vez más codiciados uranio, litio y tierras raras. Por su parte, un hipotético triunfo de Lula abriría enormes escenarios de confrontación con la ultraderecha en el Congreso y con capacidad para incidir en la conformación del poder judicial.
Con el retorno de la familia Bolsonaro al poder, la principal economía de la región correría el riesgo severo de abandonar cualquier impulso soberanista y retornar al más sombrío y claudicante neocolonialismo. Se confirmaría la completa alineación de Brasil con la política exterior estadounidense y, en definitiva, constituiría la coronación de la “Doctrina Donroe” en Sudamérica.
El 27 de octubre, dos días después del balotaje en Brasil, tendrán lugar las elecciones generales en Israel, donde se definirá el futuro político de Benjamin Netanyahu, pero donde también se prestará especial atención a las ultraderechas religiosas referenciadas en sus principales aliados: el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, y el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich.
La elección, convertida ya en un referéndum, girará sobre dos ejes centrales: quién puede garantizar la mejor política de seguridad (más aún, después del atentado terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023) y si Netanyahu puede continuar al frente del gobierno. También cobran un creciente peso las denuncias sobre corrupción del primer ministro y su familia, el avasallamiento a la independencia del sector judicial y el rechazo cada vez más amplio hacia la guerra en Gaza.
Frente a la alianza de ultraderecha gobernante, se ha construido una coalición, desde el centro a la derecha, en torno al exjefe del ejército Gadi Eisenkot. Pero para obtener mayoría, necesitará forjar algún tipo de acuerdo con los partidos de origen árabe, una meta difícil de alcanzar en medio de la desconfianza y del recelo mutuo. En tanto que una minoritaria izquierda podría volver a crecer en medio de los llamados a la paz y al diálogo y a la construcción del Estado palestino.
Aun si no le alcanza para obtener una mayoría de escaños, Netanyahu y sus socios buscarán entorpecer cualquier posibilidad de ampliación de la alianza opositora, si fuera necesario, trabando el funcionamiento del Parlamento para, de ese modo, convocar a nuevas elecciones en un corto plazo, sin abandonar su posición de poder y sin resignar una agenda solo sustentada en la guerra.
Las del 3 de noviembre en Estados Unidos, sin duda, pueden ser caracterizadas como la madre de las contiendas electorales, aquella de la que dependerá, en buena medida, la suerte de los gobiernos ultraderechistas de la región. Las previsiones para Trump y su administración no son alentadoras: con una imagen positiva de cerca de 30%, todo hace suponer que el Partido Republicano vivirá una sonora derrota a manos del Partido Demócrata que, posiblemente, recupere el control de la Cámara de Representantes y, si los números lo favorecen, también del Senado.
Una economía próspera solo para unos pocos y una guerra sin final contra Irán que, además, repercute en los precios de la gasolina, operan como disparadores del malestar de una clase media que, si ayer se ilusionó con el regreso al poder del político-empresario por antonomasia, hoy, en cambio, se lamenta por su menor capacidad de consumo. A lo que se agrega también el malestar creciente por las medidas antimigrantes y las deportaciones masivas, y el rechazo a la corrupción de una camarilla de ultrarricos que se adueñó del Estado para su propio beneficio.
Aun sin certezas sobre cómo Trump podría aceptar su eventual derrota, el retroceso de la ultraderecha indudablemente repercutirá en la política local, promoviendo el rápido empoderamiento de los demócratas, el debate por las próximas candidaturas presidenciales para 2028 e, incluso, la posibilidad de convocar a juicio político al mandatario. Más de un demócrata buscará protagonizar esta nueva etapa, por lo que se agudizará la competencia entre moderados, donde se destaca el gobernador de California, Gavin Newsom, y radicales, bajo la impronta de la representante Alexandria Ocasio-Cortez, casi segura aspirante a la Casa Blanca.
Desde el gobierno, y frente a la inevitable pérdida de poder, posiblemente veremos a un presidente aún más autoritario y personalista que promueva cambios en el gabinete, con un reordenamiento político con mayor predominio del trumpismo y de MAGA, y con un incremento en la disputa, no siempre visible, entre los principales contendientes por la corona: el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Estado (en caso de que aún permanezca como funcionario) Marco Rubio.
Por último, las elecciones generales en España el 29 de noviembre marcarán el cierre de este breve pero trascendental ciclo político. Serán, de hecho, los primeros comicios a realizarse luego de las elecciones de medio término de Estados Unidos: aunque las derechas españolas mantienen su propia dinámica, más cerca del espíritu de Bruselas que de Washington, es factible que una eventual derrota de Trump impacte también en los resultados que finalmente alcance Vox, más allá del indudable crecimiento del extremismo político en estos últimos años.
Frente a las dificultades crecientes de gobernabilidad y por sostener en el tiempo una efectiva mayoría parlamentaria, el primer ministro Pedro Sánchez adelantó las elecciones generales con la expectativa de que, pese a su evidente desgaste, sea el PSOE el interlocutor elegido para dar respuesta a la crisis social y, fundamentalmente, de la vivienda que hoy se vive en ese país. Fue también una medida audaz para centrar las elecciones al margen de la crisis migratoria en Ceuta, que posibilita a la derecha y la ultraderecha crecer a partir de propuestas xenófobas y restrictivas.
Hasta el momento, las encuestas no favorecen al socialismo ni a sus aliados, los partidos de izquierda, que resentirían una evidente pérdida de votos. Sin embargo, el PSOE aspira a alcanzar una nueva mayoría, fundamentalmente con apoyo de organizaciones de izquierda junto con partidos regionalistas, nacionalistas y autonomistas, apelando además a las contradicciones y diferencias entre el Partido Popular y Vox para que no logren conformar un bloque mayoritario.
Las cuatro contiendas permanecen abiertas y sin respuestas concluyentes sobre el desempeño de las ultraderechas, si bien una pregunta crucial sobrevuela su futuro inmediato: ¿cómo reaccionarán ante la posibilidad certera de una eventual derrota de Donald Trump el próximo 3 de noviembre?
Nada asegura que las expresiones locales de la ultraderecha también deban sufrir los efectos de una potencial crisis del trumpismo, pero las resonancias externas serán, a la larga, inocultables, ya sea por efectos ideológicos, por consecuencias políticas o, como ocurriría en el caso latinoamericano, por la debacle de su principal referente a nivel internacional.