Entre el 3 y el 4 de noviembre de 1943, por orden de Heinrich Himmler, las SS y la policía de la Polonia ocupada masacraron a miles de hombres, mujeres y niños en los campos de concentración.
El nombre en clave de la operación sonaba inocente, alegre, productivo y hasta festivo: Erntefest, que traducido al castellano significa “Festival de la cosecha”, pero esa denominación era en realidad una suerte de broma siniestra, porque no se trataba de recolectar granos o frutos, sino muertes en la mayor ejecución masiva de judíos en la historia de los campos de concentración nazis. Todo fue muy rápido, llevado a cabo con la eficiencia de una aceitada maquinaria de exterminio: en apenas 48 horas, entre el 3 y el 4 de noviembre de 1943, unos 43.000 prisioneros en los campos de concentración de Majdanek, Poniatowa y Trawniki, en la Polonia ocupada, fueron asesinados por tropas de las SS, batallones de la Policía del Orden y colaboracionistas ucranianos. Tan solo en el campo de Lublin, 18.000 prisioneros fueron ejecutados en una docena de horas en una masacre perpetrada al son de música a todo volumen para ahogar los gritos de las víctimas.
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Las matanzas fueron ordenadas en forma directa por Heinrich Himmler a mediados de octubre de 1943 como represalia después de varias insurrecciones de judíos en diferentes guetos y campos de concentración. En la primavera y el verano de ese año, los ocupantes alemanes fueron resistidos con armas en los guetos de Varsovia y Bialystok, mientras que el 2 de agosto se produjo una rebelión en el centro de exterminio de Treblinka, a la que el 14 de octubre se sumó una insurrección en el de Sobibor, del que se fugaron más de trescientos prisioneros.
El máximo jefe de las SS puso la tarea final del exterminio en manos de Friedrich-Wilhelm Krüger, el más alto responsable de las SS y de la policía en el Gobierno General de Polonia, y este la delegó en su segundo, Jakob Sporrenberg, que la puso en marcha. El 2 de noviembre llegaron a Lublin entre dos mil y tres mil efectivos de las SS y de la policía procedentes de Cracovia, el Regimiento de Policía 22, el Regimiento de Policía 25, que se sumaron a la Policía de Seguridad de Lublin.
Las matanzas que tuvieron lugar a comienzos de noviembre de 1943 fueron ordenadas en forma directa por Heinrich Himmler
Desde varios días antes los prisioneros de Majdanek, Trawniki, Poniatowa y de otros campos más pequeños estaban cavando zanjas, mientras corrían rumores de que iba a suceder algo especial. Casi nadie pensó que estaban preparando sus propias tumbas porque una semana antes la Schultz Company, en Trawniki, y la Többens Company, en Poniatowa, que utilizaban el trabajo esclavo de los campos, habían hecho nuevos pedidos.
La noche del martes 2 de noviembre, Sporrenberg reunió a su estado mayor con los comandantes de los tres campos de concentración para precisar los últimos detalles de la masacre. La matanza, que debía comenzar al amanecer del día siguiente, se planificó como una operación militar. Al terminar la reunión. Sporrenberg llamó al despacho de Himmler para consultarle si debían violar la Convención de Ginebra ejecutando a los prisioneros, porque entre ellos había también soldados soviéticos. La respuesta del ayudante del jefe de las SS Werner Grothmann fue tan precisa como terminante: “Todos los judíos sin excepción están sujetos a la liquidación”, le dijo. Esperaron las primeras luces del día para comenzar.
Un raid exterminador
Al amanecer del miércoles 3, tropas de las SS y de la policía rodearon los campos de Majdanek y Trawiki. A las 5.30 de la mañana, se pasó revista a los prisioneros y se separó a los judíos de los no judíos, que recibieron la orden de volver a las barracas. En Majdanek los presos judíos fueron llevados al campo número 5, donde ya estaban cavadas las zanjas cerca del crematorio. Al mismo tiempo comenzaron a llegar otros prisioneros judíos de los campos más pequeños, como el del Aeródromo de Lublin, el de Lipowa, donde estaban concentrados los soldados de origen judío, y el de Sportplatz.
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Los llevaron a un barracón donde los obligaron a desnudarse y entregar los objetos de valor que todavía conservaban. Luego los agruparon en grupos de cien, los hicieron caminar hacia las zanjas que ellos mismos había cavado, los hicieron acostarse bocabajo y los ejecutaron con disparos en la nuca. Mientras tanto, en altavoces distribuidos por todo el campo sonaban a todo volumen valses de Strauss.
Cuando promediaba la matanza, hubo un conato de rebelión. Algunos prisioneros se arrojaron sobre los guardias e intentaron quitarles las armas, pero fueron rápidamente abatidos. Otros intentaron escapar y hubo también quienes se suicidaron en la barraca, antes de ser trasladados a las zanjas. Para las cinco de la tarde, cuando se detuvo la matanza, cerca de 18.400 prisioneros yacían asesinados. Toda la operación fue supervisaba por Sporrenberg desde un avión que sobrevolaba el campo.
No los mataron a todos, un grupo de cerca de cuatrocientos hombres y mujeres fueron seleccionados para la siguiente etapa de la operación: las mujeres debieron clasificar las pertenencias de las víctimas, los hombres fueron obligados a examinar los cuerpos, extraerles los dientes de oro y llevarlos al crematorio, donde fueron incinerados.
En el campo de trabajo Trawiki la mecánica fue similar, aunque como el centro se encontraba en una zona más poblada, antes de comenzar la operación la policía evacuó a los vecinos más cercanos y obligó a permanecer en sus casas, sin salir, a los que vivían más lejos. A las 5 de la mañana del miércoles se agrupó a los prisioneros seleccionados, se les ordenó desvestirse, se los llevó al campo de entrenamiento de las SS donde ya estaban cavadas las zanjas y se los fusiló, primero a los hombres y luego a las mujeres y los niños. El número de víctimas llegó a diez mil.
“Equipos” de la muerte
La noche del miércoles 3, muchos de los soldados de las SS y de la policía que participaron de la matanza de Majdanek se dirigieron hacia Poniatowa, a unos 50 km de distancia. Allí los prisioneros fueron despertados a las 4.30 de la mañana del jueves 4 para el recuento y la mayoría fue retenida en la nave 3, a excepción de doscientos en buenas condiciones físicas que el comandante del campo, Gottlieb Hering, reservó para que luego “limpiaran” los restos de la masacre.
Como en los campos, se ordenó a los hombres, mujeres y niños que se desnudaran, se les quitaron todos los objetos de valor y luego se los hizo caminar en grupos de cincuenta, empezando por los hombres, hasta dos zanjas situadas junto a la entrada del campo. Allí, un soldado armado con un látigo los obligaba a acostarse dentro de la zanja, donde dos tiradores iban disparando alternativamente sobre ellos. Cada soldado disponía de una botella de aguardiente y de un ayudante que recargaba su arma. Esos “equipos” de la muerte eran reemplazados cada media hora. Muchas de las víctimas no morían de inmediato y quedaban heridas en la zanja mientras se amontonaban más cuerpos encima.
Un centenar de prisioneros judíos consiguió unas pocas armas e intentó resistir incendiando un depósito y luego atrincherándose en una barraca. Los SS la incendiaron. A las 17, cuando terminó la matanza, había más de 14.500 muertos en el campo. Los cadáveres fueron rociados con cal y cubiertos con ramas de árboles.
Testimonios de la masacre
Sobrevivieron tres mujeres, que esa noche salieron de la zanja, donde habían quedado ocultas entre los muertos y pudieron escapar del campo. En su trabajo El Holocausto, el historiador Martin Gilbert recoge el testimonio de una de ellas. “Nos desnudamos rápidamente y, con los brazos en alto, entramos en las zanjas que nos habíamos cavado. Los fosos, que tenían dos metros de profundidad estaban llenos de cuerpos desnudos. Mi hija pequeña temblaba de miedo, y me pidió que le cubriera los ojos. Abracé su cabeza; mi mano izquierda la puse tapándole los ojos mientras que con la derecha le sostuve las manos. Empezó el tiroteo. Sentía un dolor agudo en mi mano, y una bala perforó el cráneo de mi hija. Oía los tiros muy cerca. Oí el gemido de una mujer, pero cesó después de algunos segundos”.
El judío polaco Peter Sedgman sobrevivió a la masacre de Majdanek porque fue seleccionado para las “tareas de limpieza” después de las matanzas. “Éramos unos sesenta los que nos metieron en un barracón en Majdanek. Nos dieron provisiones y, para nuestra sorpresa, incluso algunas botellas de alcohol. Nos dieron la terrible noticia de que el resto de la gente, incluido mi hermano Cadok, había sido ametrallada en los campos y los prisioneros ya la estaban incinerando. Nosotros, mientras tanto, estábamos bien alimentados y esperábamos ansiosamente saber el motivo de nuestra selección. Al tercer día nos ordenaron salir del barracón. Tres camiones del Ejército nos esperaban afuera. Y veinte de nosotros fuimos subidos a cada camión. Bajo una fuerte vigilancia, salimos de Majdanek. No sabíamos adónde nos llevaban”, contó.
Les asignaron el trabajo de deshacerse de los cadáveres de otro campo. “Teníamos que exhumar y cremar cadáveres. Un grupo los exhumaba. Otro grupo los transportaba en bandejas metálicas para la cremación. La mayoría de los cuerpos eran reconocibles y aún no se habían descompuesto. Nuestro grupo los cremaba. Nos llamaban Heizer, los que queman cosas. El método que usábamos para la cremación era el siguiente: construíamos una pirámide con filas de troncos y filas de cuerpos y los rociábamos con gasolina. Después la quemábamos. Luego de cremar los cuerpos, rociábamos las cenizas con agua y llevábamos los restos a la ‘mezcladora de cemento’. En realidad, era una máquina trituradora”, relató. Poco después, Sedgman pudo escapar y se unió a la resistencia polaca.
Por la cantidad de muertos, el Festival de la Cosecha fue la mayor matanza de judíos cometida por las fuerzas alemanas en un solo episodio durante el Holocausto. Superó el asesinato de más de 33.000 judíos en Babi Yar, en las afueras de Kiev, y solo fue superada por la masacre de Odesa de más de 50.000 judíos en octubre de 1941, cometida por las tropas rumanas.
Terminada la guerra, su máximo responsable en el terreno, el SS Jakob Sporrenberg, fue juzgado por un tribunal polaco y ejecutado. La Aktion Erntefest fue el último acto de la Operación Reinhard de la Alemania nazi, cuyo objetivo era lograr la “Solución Final a la Cuestión Judía”, que se cobró las vidas de cerca de dos millones de personas en Polonia, la mayoría de ellas judíos.